Epidemia por realimentación

La guerra se está alargando y ya quedamos pocos.

Las tropas enemigas destruyeron todo a su paso. La ciudad natal del jefe de la rebelión, mi marido, no podía quedar sin castigo. Nuestras casas fueron arrasadas y quemadas, dejando en nuestras almas una impronta de rabia y desolación.

Caminamos varios días, montaña arriba, mientras que atrás quedaban nuestras vidas. El fuego que ardía por doquier, calcinó todas nuestras esperanzas de sobrevivir.

Incendio

Va para dos meses que llevamos en esta cueva camuflada en un mar de maleza. Los más fuertes salimos a cazar y a recolectar frutas y semillas. Tenemos que conseguir comida como sea, en caso contrario, el duro invierno acabará con nosotros.

Hace meses que no tenemos noticias de lo que está pasando fuera, aunque me imagino lo peor. El ansia de libertad y de una vida igual para todos, que proclamaba mi marido, probablemente se haya estrellado contra las metralletas del poder. La mayoría del grupo pide a Dios una muerte rápida y sin sufrimiento. Es lo único que nos queda por soñar.

Las mujeres no se alejan mucho de la cueva por miedo a las alimañas, yo en cambio voy cada día más lejos. No tengo miedo. La compañía de mi perrita mastín Hera, me da seguridad y protege de una forma admirable a todo el grupo. Gracias a ella pudimos salvarnos de una manada de lobos hambrientos, que se aproximaron una noche sigilosamente mientras dormíamos, otro día nos alertó de una víbora que estaba escondida debajo de una piedra dentro de la cueva y todos los días nos ayuda en la búsqueda de comida para subsistir. El noble animal nos protege como si fuéramos su camada, con ella a mi lado, vivir sigue teniendo algún sentido.

Hera

El invierno y la muerte se aproximan al unísono. Mi desesperación va en aumento y mis nervios no me dejan dormir. Empiezo a alejarme cada vez más de la cueva y Hera viene conmigo. Le regaño para que se quede cuidando al grupo pero ella hace oídos sordos y nunca se separa de mi. En el fondo de mi ser, es lo que más deseo, su presencia me tranquiliza mucho. Somos dos cuerpos con una misma mente. Tal es nuestra compenetración, que un gesto, un sonido o un movimiento, es detectado al unísono por la otra parte.

Recorremos largos trayectos y habitualmente regresamos al anochecer con alguna presa para la cena. Es raro que volvamos de vacío, de hecho si no logramos cazar nada, conseguimos casi siempre, alguna raíz comestible que Hera me ayuda a desenterrar con sus grandes zarpas.

Un día, cerca de un camino, la faz de Hera me alertó. Presa de una descarga de adrenalina me escondo detrás de un árbol mientras ella mira sin parpadear, a un par de soldados que empujan cuesta abajo una vieja furgoneta, cuyo viejo motor posiblemente los había dejado tirados.

No tuvimos que mirarnos siquiera, sabíamos cual era nuestro papel en este juego. Me erguí muy despacio con la honda en una mano y la piedra en la otra, mientras Hera se aproximaba lentamente a la parte de atrás del vehículo. Fallé el primer tiro. La piedra dio de lleno en el cristal del parabrisas, volando miles de pequeños cristales por los aires, ante la mirada perpleja y aterrada de los soldados. Antes de que pudieran desenfundar sus pistolas, una piedra certera dio de lleno en la frente del soldado más alto, mientras que Hera se encargaba del otro. En esos momentos, la dulce y tranquila perrita se transformaba en una fiera, rápida, sagaz y sanguinaria.

Paso al lado de los soldados sin mirarlos porque sabía que lo que acababa de hacer, me iba a pasar factura en forma de remordimientos y pesadillas aquella noche, cuando de repente noto una mano agarrándome el tobillo. ¡Dios mio no estaba muerto! Pensé que el impacto de la piedra en la cabeza lo dejaría fuera de juego para siempre, como hizo David con el gigante Goliat. Al instante y emergiendo como un resplandor blanquecino a mis espaldas, veo a Hera saltando encima del soldado, pero él ya la esta esperando con una navaja en la mano. La daga atravesó certeramente su corazón. La pobre perrita cayó a mi lado como un peluche desgarrado y sin vida. En ese momento, la rabia, la furia y las lágrimas me obnubilaron. No recuerdo como fui capaz de quitarle la navaja de la mano al soldado, pero nunca olvidare los cientos de cuchilladas que le metí al desdichado. Una tras otra, no era capaz de parar, parecía una loca, una posesa.

La soledad y el miedo atenaza mi alma, ¿Qué va a ser de mí sin tí, Hera?

Histérica y desesperada, agarro el cuchillo y rasgo la piel de mi muñeca.

- ¡No te dejaré sola, siempre estaremos juntas, Hera!

Quiero romper de una vez por todas el hilo que me agarra a la vida. Llorosa y dolorida, me desplomo en el suelo y pierdo el sentido.

No sé cuanto tiempo estuve inconsciente. Cuando desperté tenía la boca seca y un gran vacío en mi interior. Como un autómata abro la puerta trasera del coche en busca de armas y de alguna prueba que me diga que está pasando ahí fuera, un periódico, una carta, no sé cualquier cosa. Cual sería mi sorpresa cuando veo que el coche está cargado de víveres: Latas de conservas, patatas, cebollas, fruta, leche… Era un milagro, aquello bien racionado nos mantendría con vida todo el invierno.

La alegría se instauró en la cueva, mujeres y niños recibieron con euforia y alegría la comida que les llevé. Hicimos varios viajes para transportar toda la mercancía. En el grupo se respiraba optimismo y aquel día se hizo un pequeño banquete para celebrarlo.

¡Como cambia el ánimo de una persona cuando un tenue rayo de esperanza se asoma en su vida! Las fuerzas y el optimismo reaparecen e incluso se habla de planes de futuro, cuando hace pocas horas todo estaba cubierto de negras sombras.

La noche fue maravillosa para todos excepto para mi. No quería probar bocado, estaba destrozada. Me hicieron tomar a la fuerza un plátano del que solo pude comer la mitad. Solo quería morir, pero no era valiente para consumarlo.

De madrugada, como si fuera una pesadilla, empecé a oír un coro de quejidos y llantos procedentes del interior de la cueva. Como una bala corro hacia el interior y el espectáculo que contemplo es dantesco. Tres mujeres que eran las que tenían más edad estaban muertas y los demás, ancianos, mujeres y cuatro niños estaban hinchados, respiraban con dificultad y se fatigaban con un mínimo esfuerzo.

¡Dios mío! La comida estaba envenenada. Tenía que hacer algo, no podía quedar de brazos cruzados, veinte personas moribundas necesitaban ayuda y no podía abandonarlas.

Corrí durante horas colina abajo hasta que noté como resbalaban mis pies. Todo a mi alrededor empezó a darme vueltas y de repente mi vida al completo pasó por delante de mis ojos. Una mínima parte consciente sabía lo que me estaba pasando, me moría.

Desperté en un camastro frío de un hospital de campaña, rodeada de multitud de heridos. Me imaginé que estaba con los nuestros ya que en caso contrario, estaría en un calabozo. Al verme consciente, una enfermera me pregunta como me encuentro y me pone al día con las últimas noticias: Los rebeldes se habían hecho con todas las provincias estratégicas y el gobierno dictatorial tarde o temprano no tardaría en rendirse. No faltaría mucho para que fuéramos un país libre. El general, así era como le llamaban a mi marido sería recibido en la capital con honores de jefe de estado.

Mi convalecencia  fue muy corta sobre todo al darme cuenta que en el mismo barracón estaban todos mis compañeros de la cueva, camino de estar completamente recuperados. Respiré aliviada cuando me dijeron que no fue un envenenamiento aunque bien podíamos decir que sí lo fue. Se trataba de una patología con un curioso nombre, “Síndrome por Realimentación”. Tras varios días sin apenas probar bocado, la ingestión de una cantidad considerable de comida, aunque no excesiva (en condiciones normales probablemente hubieran comido mucho más), tuvo efectos nefastos en sus delicados organismos.

Bueno, un final feliz o mejor dicho un sueño feliz porque estoy segura de que estoy soñando. La navaja en mí muñeca llegó a cortar mis venas. Soy en realidad un espíritu errante que recorre los bosques en medio de la niebla, acompañada por mi dulce y querida perrita Hera,  hasta el final de los tiempos.

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El Síndrome de Realimentación consiste en una serie de trastornos bioquímicos que se dan durante los primeros días de ingesta alimenticia en personas con ayuno prolongado (enfermedades, falta de recursos, etc.), en alcohólicos crónicos y en anorexia nerviosa.

El Síndrome de Realimentación presenta desajustes analíticos importantes como hiposfosfatemia, hipopotasemia, hipomagnesemia y déficit de tiamina, además de alteraciones en el metabolismo de la glucosa e intoxicación hídrica.

Esta patología se manifiesta tanto si la alimentación es por vía oral, enteral (sonda colocada en alguna parte del aparato digestivo) o parenteral (vía intravenosa).

El ingreso de alimentos tras un período de ayuno es el pistoletazo de salida para que toda la maquinaria celular que estaba ralentizada, recupere poco a poco su ritmo. La insulina se eleva, y como buen ama de casa que es, distribuye y envía los nutrientes al interior de la célula para comenzar a fabricar todos aquellos componentes corporales que se desgastaron y no se repusieron durante el ayuno.

Este flujo de sustancias hacia el interior de la célula produce un desequilibrio electrolítico entre el ambiente intracelular y extracelular. El caso más representativo de este hecho es la hipofosfatemia que se desarrolla cuando el anabolismo proteico intracelular demanda gran cantidad de fósforo quedando este deficitario en sangre.

El fósforo es un anión eminentemente intracelular, con muchas e importantes funciones. Es necesario para formar enlaces de alta energía como el ATP, interviene en una gran variedad de reacciones químicas dentro de nuestro organismo, forma parte de las membranas intracelulares y regula los niveles de calcio dentro de la célula así como la afinidad de la hemoglobina intraeritrocitaria por el oxígeno.

Fósforo

El fosfato lo aportamos a nuestra dieta con la ingesta de carne, pescados, huevos y legumbres. La ingesta diaria recomendada es de 800 mg/día fácilmente cubierta con una dieta equilibrada. Se absorbe en el intestino delgado, concretamente en el duodeno y en el yeyuno, dependiendo de la vitamina D para absorberse.

En nuestro organismo la mayor parte del fósforo está localizado en hueso, aunque en menor cantidad lo encontramos en músculos sobre un 10%, en otros tejidos un 5% y un 1% en el compartimento extracelular.

La hipofosfatemia es muy peligrosa pudiendo llegar a ser letal. Se manifiesta con valores de fósforo por debajo de 1,0 mg/dl (0,32 mmol/l). Va acompañada de una serie de patologías que pueden llevar a la muerte.

Igual que si fueran perdiendo chispa, uno por uno los órganos corporales van perdiendo efectividad. La musculatura del corazón se debilita; aparecen episodios de destrucción muscular; se desarrolla una encefalopatía metabólica que puede acabar en convulsiones y coma; los músculos respiratorios claudican, llegando a producir una insuficiencia respiratoria y en la sangre, se dan fenómenos de destrucción de eritrocitos y alteración de las defensas inmunitarias. Un cuadro muy grave que puede ser fácilmente prevenible.

El proceso de realimentación tras de un período de malnutrición, debe ser lento, sobre todo las primeras 72 horas. La dieta en estos días debe contener, justo la mitad de las necesidades calóricas que necesita el individuo e ir progresivamente aumentando en cantidad. Es necesario también suplementar con vitaminas y controlar puntualmente los niveles de electrolitos en sangre y orina para evitar una descompensación metabólica. Asimismo es de vital importancia la prudencia y la monitorización rigurosa de este tipo de personas.

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XXV Edición del Carnaval de Química que organiza ISQCH-Moléculas a reacción.

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Un virus estable

Isaac Asimov decía que “El aspecto más triste de la vida hoy en día es que la ciencia recopila conocimientos más rápido de lo que la sociedad recopila sabiduría”.

Nos cuesta creerlo o mejor dicho admitirlo que cuanto más sabemos más cosas ignoramos y deseamos que en un futuro no muy lejano todo cambie.

Imagínense que se diseñe una mini tarjeta de memoria externa para insertar en una parte de nuestro sistema nervioso y que nos permitiera acceder a todas las bases de datos de medicina que existen hasta el momento. ¿Sería ideal o no?

Aún así, ¿quién nos dice a nosotros que un personaje siniestro no pudiera insertar un virus en nuestra tarjeta e incrustar información poco fiable en ella con datos no demostrados o incluso inventados? Sería un desastre, ¿verdad? Veríamos enfermos con cáncer tomando productos sin utilidad, muertes por enfermedades infecciosas fácilmente prevenibles con vacunas, enfermedades psiquiátricas tratadas con exorcismo… Sería casi, como una vuelta a las cavernas y aunque les pueda causar repulsión, mucha gente asimila ese tipo de información, potencialmente peligrosa de forma activa y voluntariamente, sin darse cuenta que ponen en peligro a toda su familia.

Para demostrárselo, vamos a entrar por un momento en la habitación 207 de un sanatorio infantil, donde conoceremos a un niño cuyo dolor podía haber sido evitado si sus padres estuvieran mejor informados y fueran conscientes del peligro de tomar decisiones en materia de salud sin fundamento científico.

Shhhhh… Vamos a entrar:

 - ¡Abrázame fuerte osito! ¡Tengo miedo! Mi mamá hace horas que se fue y no tengo noticias de ella.

¿Y sí la atropelló un coche? ¿Y si el doctor ogro la atrapó y la tiene secuestrada? ¿Y si al abuelo le pasó algo? ¿Y sí…?

Quiero apartar estos pensamientos de mi mente, pero no soy capaz.

La última gota de suero está atravesando el tubo en dirección a mi vena y pronto entrará la enfermera a cambiármelo.

Mi compañero de habitación hace un rato que está dormido, de todas formas, aunque estuviera despierto y quisiera decirle algo, no valdría de nada porque no me escucha. Cuando le hablo, me mira sorprendido, pone cara triste y se gira hacia otro lado.

La primera vez que lo vi, pensé que era sordomudo, hasta que lo oí chillar llamando a su mamá, una tarde que se cayó de la cama. Al verlo en el suelo con aquella cara de tonto y el pijama todo abierto, enseñando el pajarito, yo no podía parar de reír. Al oír los gritos, dos enfermeras vinieron corriendo para ayudarlo. El niño se fue incorporando lentamente, a la par que un mar de lágrimas se deslizaban silenciosamente por sus mejillas.

Pensé que iba a recibir una buena regañina, pero no fue así. La enfermera más joven me dijo con voz dulce que no me debía reír de las desgracias ajenas, sobre todo porque mi compañero de habitación lo estaba pasando muy mal. Ambos habíamos sido infectados por el mismo virus, pero con él se ensañó especialmente, dejándolo sordo y con alguna dificultad intelectual de por vida.

A partir de aquel día lo miré con otros ojos.

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Fuente: Cortesía de la autora

 - ¿Osito, por qué no viene de una vez por todas mi mamá?

Me duele la tripa, la cabeza me estalla. No soy capaz de encontrar una postura en cama que me relaje. Además, falta muy poco para que entre a verme el doctor ogro. Lo llamo así, porque la primera vez que me llevó mi madre a urgencias, estaba él. Aquel día, yo me encontraba muy enfermo, tenía mucha fiebre, me lloraban los ojos y no soportaba la luz. El doctor ogro me pidió que abriera la boca y cuando lo hice, su cara cambió completamente, transformándose en un monstruo malvado que con sus gritos hizo llorar a mi madre. Hablaba muy rápido y con un tono que me daba miedo, no sé que decía de vacunas, falta de responsabilidad, ignorancia, etc. Me agarré con fuerza a mi madre, escondí mi cara detrás de su abrigo y no dejé que el monstruo malvado se acercara por segunda vez. Ante mi reacción tampoco lo intentó, ya que según él, lo que había visto en mi boca era suficiente para hacer el diagnóstico sin equivocarse: Sarampión.

A los pocos días me puse peor, un cúmulo de manchas rojas invadió todo mi cuerpo. Primero empezaron por el borde del pelo y por detrás de las orejas para ir extendiéndose por toda la piel.

Estaba muy molesto y me ardía el cuerpo, pero a pesar del malestar que sentía, estaba feliz. No tenía que madrugar para ir al cole, no tenía que hacer deberes, nada. Sólo jugar, jugar y divertirme con mi abuelo.

El abuelo tenía muchos años pero se comportaba como un niño grande. Se sentaba a mi lado y me contaba historias maravillosas de cuando él era pequeño, de sus travesuras, de sus juegos, de sus novias, del hambre que pasaba, de la guerra… Me encantaba su compañía a pesar del olor que desprendía. Tenía un agujero en la barriga por donde salía la caca en dirección a una bolsa que guardaba en la parte de atrás de su camisa, como si fuera un petate. Tenía que llevarla siempre con él, ya que un maldito cáncer le comió un trozo de tripa.

Los días pasaban tranquilos y divertidos hasta que mi abuelo empezó a ponerse muy enfermo. Tenía mucha fiebre y no paraba de toser.

No sé si fue el hecho de verlo tan mal lo que me impactó, lo que sé es que al día siguiente, me empezó a doler mucho la cabeza. El dolor era insoportable, no podía mirar hacia la luz y una marea de frío y debilidad recorría mi cuerpo, desde el dedo gordo del pie hasta la cabeza. Mis ojos se cerraban a pesar de que yo los intentaba abrir. Mi cerebro proyectaba imágenes tenebrosas de personas desconocidas gritándose unas a otras. Yo quería llamar a mi mamá pero no me salía la voz. El miedo y la angustia atenazaban todos mis músculos. La sensación de ahogo y opresión inundaba mi cuerpo hasta que de repente, todo desapareció.

Me desperté en esta cama de hospital, sin saber que me había pasado. Intenté saltar al regazo de mi madre pero no me podía mover. Mi brazo izquierdo tenía una aguja clavada enganchada a un tubo que comunicaba con una bolsa de líquido amarillo.

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Fuente: Cortesía de la autora

- Ya es de noche osito, tengo miedo. La auxiliar me trajo la cena pero no quiero comer, solo quiero ver a mi mamá.

Por debajo de la puerta entra la luz del pasillo que muestra las sombras de la actividad nocturna de la planta del hospital. Me adormezco lentamente, observando este escenario, cuando de repente un resplandor inunda la habitación y una figura negra avanza hacia mi. Quiero chillar, pero no soy capaz de articular palabra, mis músculos se tensan en actitud defensiva, mi mente se acelera… Estoy paralizado y al mismo tiempo estoy temblando, hasta que todo da un giro de 360º cuando percibo la cara de mi madre al lado de la mía.

Al verme despierto, me abraza muy fuerte, mientras me moja la cara con sus lágrimas. No hacía falta que me dijera lo que había sucedido, su llanto, su ropa negra y el olor a flores de iglesia lo decían todo. Le di la espalda a mi madre y empecé a llorar en silencio.

Tras un largo rato llorando, me doy cuenta que mi compañero de habitación no para de mirarme. Al ver que yo también lo miro, empieza a saltar y hacer piruetas encima de la cama hasta que de repente se cae al suelo y empieza a reírse. Yo al principio me incorporo sobresaltado, pero después hago lo mismo. Como dos tontos, saltamos, nos tiramos abajo, peleamos con las almohadas, nos empujamos.. Todo sin parar de reírnos. Me dolían las rodillas, la espalda se quejaba, pero me sentía vivo y tenía ganas de jugar.

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Fuente: Cortesía de la autora

-Todo acabó osito, nos volvemos a casa. El doctor ogro dice que ya estoy curado. El intenta ser amable conmigo, pero yo lo odio. Cuando me viene a ver y habla con mi madre, me interpongo entre los dos para que no vuelva a reñirle nunca más.

Mi madre me explicó que todos estos sufrimientos se podrían haber evitado si ella me hubiese vacunado contra el sarampión. Si no lo hizo, fue porque se alarmó al leer en algún sitio que las vacunas podían producir efectos secundarios graves y ella por nada del mundo quería que me pasara nada malo.

¡Pobre mamá! No para de decir que ella era la que merecía morir y no el abuelo.

Mi compañero de habitación está cada vez más triste y me duele mucho dejarlo así.

Osito, sé que piensas lo mismo que yo. Contigo a su lado no se sentirá solo.

¡Adiós osito!

INFORME MÉDICO

Niño de 9 años atendido el día 2/3/2010 en su centro de salud por presentar fiebre, lagrimeo, fotofobia y manchas de Koplik, diagnosticándosele sarampión y pautándole paracetamol cada 6 horas.

No estaba inmunizado contra el virus del sarampión por negarse sus padres a vacunarlo.

El 12/3/2010 acude al servicio de urgencias de este hospital por un episodio de pérdida de conciencia acompañado de convulsiones.

Se le diagnostica encefalitis vírica sarampionosa. La evolución fue satisfactoria, no quedando secuelas de la misma.

Nota: Su abuelo falleció a consecuencia del contagio del virus del sarampión al estar en contacto con su nieto, debido a la inmunodeficiencia secundaria a su proceso neoplásico.

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El sarampión es una enfermedad vírica causada por un virus RNA monocatenario perteneciente al género Morbillivirus de la familia Paramyxoviridae.

Los viriones del sarampión son estructuras esféricas pleomórficas que miden 100-250 nm de diámetro. El genoma viral que cuenta aproximadamente con 15.894 nucleótidos codifica 6 proteínas virales, tres en la cápside interna y tres en la cubierta externa.

La variabilidad genética del virus natural (se han identificado 23 genotipos) permite identificar las cepas endémicas de un sitio particular donde han surgido casos de sarampión.

Los únicos huéspedes del virus son los humanos y no existen infecciones asintomáticas. El contagio es directo de persona a persona a través de secreciones nasales y faríngeas.

Una vez dentro de nuestro cuerpo, el virus infecta a las células epiteliales de las vías respiratorias y a las células dendríticas, monocitos y linfocitos de los ganglios adyacentes. El virus se fija a las proteínas de membrana CD46 y CD150 expresadas en estas células.

Morbillo

Fuente: Wikipedia

La sintomatología del sarampión durante los primeros días se caracteriza por la presencia de fiebre, tos y conjuntivitis. Síntomas inespecíficos que nos pueden hacer confundir con otra enfermedad vírica cualquiera, sino fuera, por unas manchas blanquecinas en la boca que lo delata. Estas manchas, similares a granos de sal, son las manchas de Koplik, patognomónicas de la enfermedad.

Las manchas de Koplik son lesiones inflamatorias de las glándulas submucosas bucales que aparecen sobre un lecho púrpura al lado del segundo molar, preceden al exantema maculopapuloso del sarampión y desaparecen dos días después de su aparición.

El exantema se va propagando desde el nacimiento del pelo y detrás de las orejas hasta afectar todo el cuerpo, acompañado de una fiebre muy intensa que puede llegar a alcanzar los 40ºC.

Morbillivirus_measles_infection

Fuente: Wikipedia

Tras cuatro días, si no hay complicaciones, la infección remite y va desapareciendo en el mismo orden que empezó.

La confirmación diagnóstica del sarampión se lleva a cabo con el aislamiento del virus, identificación de los antígenos virales y determinando la presencia de Inmunoglobulina M (IgM) específica.

El sarampión es una enfermedad exantemática que se manifiesta en ondas epidémicas cada 2-5 años. Aparentemente es una enfermedad benigna, pero no debemos infravalorar su potencial letal, ya que puede producir complicaciones muy graves, sobre todo, si el individuo presenta algún fallo en su inmunidad. Otitis, laringitis, laringotraqueobronquitis, úlceras corneales, neumonía etc., son muchas de las complicaciones que pueden acompañar a esta patología de origen vírico. Las más temidas, son sin duda, las que involucran al sistema nervioso. Una de ellas es la “encefalitis postsarampionosa” que afecta a 1 de cada 1.000 niños infectados por el virus, matando al 15 % de los mismos y dejando al 25 % de los restantes con alguna secuela neurológica, por ejemplo: una sordera permanente.

Más mortífera incluso que la anterior es la “encefalitis por cuerpos de inclusión” que se manifiesta en inmunodeprimidos, meses después de la infección y los lleva la mayoría de las veces a un desenlace fatal, como lo hace también la “panencefalitis esclerosante subaguda”. Esta última es una complicación extremadamente rara que se da incluso 30 años después de la infección, en personas inmunocompetentes, es decir, sin problemas de inmunidad.

La infección por el virus del sarampión afecta a personas no vacunadas o en aquellas que presentan algún fallo en su sistema inmunitario, como puede ser el caso de pacientes con SIDA, con leucemia linfoblástica o a tratamiento con fármacos inmunosupresores.

Antes de que se dispusiera la vacuna, la práctica totalidad de los niños contraían la enfermedad antes de ir a la escuela y de estos, 2.6 millones morían al año. Las altas tasas de mortalidad se deben a las complicaciones en sí de la enfermedad y a la inmunosupresión acompañante, haciendo al individuo más sensible a otras infecciones por gérmenes oportunistas.

 En la guerra contra los patógenos no debemos dar tregua al enemigo y debemos utilizar nuestros recursos defensivos al máximo y de forma efectiva. El rechazo a las vacunas, así como el abuso y la mala utilización de los antibióticos permiten que enfermedades que teníamos más o menos controladas como la tuberculosis y el sarampión resurjan otra vez.

Aunque el virus del sarampión es un virus estable, no debemos bajar la guardia, la posibilidad de que se desarrolle una mutación más agresiva, no es tan descabellada. De hecho, ya se han descubierto virus altamente mutados, como el IFF95, sin potencial invasivo. Por eso, la erradicación del sarampión es una oportunidad que no debemos dejar escapar. Tenemos todas las cartas a nuestro favor, ya que los humanos somos sus únicos reservorios, la enfermedad tiene un fácil diagnóstico y contamos con vacunas eficaces, seguras, asequibles y con una eficacia protectora del 95 %. ¿Qué más podemos pedir? ¿O es que tenemos que sufrir las consecuencias de su infección para darnos cuenta de su potencial dañino?

La eliminación del sarampión de la faz de la tierra es un objetivo viable que no debemos demorar. La Organización Mundial para la Salud (OMS) ha propuesto que en el 2015 se disminuya la mortalidad por sarampión a nivel mundial en un 95 % y que en el 2020 sea erradicado de al menos 5 regiones de la OMS.

 Mª Jesús

Bibliografía

  • Microbiología de Lansing M. Prescott, John P. Harley, Donald A. Klein. Ed. McGraw-Hill (4ª Edición)
  • El Sarampión (7ª Monografía de la Sociedad Española de Epidemiología). Coordinadoras: Ángela Domínguez García y Eva Borràs López. Edita EMISA (2008)
  • Harrison-Principios de Medicina Interna de Fauci et al. Ed. McGraw Hill (17ª Edición 2009)
  • Cecil-Tratado de Medicina Interna de Goldman et al. Ed. Elsevier (23ª Edición 2009)

Este post participa en el Carnaval de Biología edición especial micro-BioCarnaval, en la sección de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), categoría “d” que hospeda @ManoloSanchezA  en su blog Curiosidades de la Microbiología.

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Estómago engaña a cerebro

La obesidad es un problema de salud pública a nivel mundial. La búsqueda de una solución satisfactoria que ponga freno a su aumento exponencial, ha sido hasta ahora un camino infructuoso.

Somos metabólicamente ahorradores y lo demostramos ya en el momento de nacer. El bebé humano ocupa el nº 1 del ránking de reservas grasas, seguido muy de cerca por la cría de foca.

El establecimiento de sistemas complejos de señales químicas intra y extracelulares a lo largo de nuestra historia evolutiva permitieron el aprovechamiento y la utilización de nutrientes de forma ágil y eficiente. Todos los procesos digestivos, absortivos y metabólicos están bajo control milimétrico para que el combustible que ingerimos se aproveche de manera óptima y eficaz.

El problema surge cuando hay un desequilibrio entre la ingesta y el gasto, a favor de la primera. Este exceso energético se acumula en forma de grasa que invade e infiltra tejidos, minando poco a poco, el normal funcionamiento de los distinto órganos de nuestra economía.

Quizás la evolución, tras varias generaciones, sea capaz de potenciar las señales de saciedad con el fin de limitar la ingesta, de forma proporcional al incremento de los depósitos grasos. Pero este futuro está todavía muy lejano, a no ser que… Utilicemos algún pícaro ardid, digno del pequeño Lazarillo de Tormes:

Lazarillo

El hambre o la sensación de apetito se genera en el hipotálamo cerebral, pero paradójicamente no se percibe en esta localización, sino que la notamos en nuestro estómago, como si una mano invisible lo estuviera apretando y retorciendo para sacar su última gota de jugo nutritivo.

Si el cerebro nos engaña haciéndonos creer que es el estómago, el que nos pide comida, ¿por qué nosotros no entramos en el mismo juego y engañamos al cerebro, haciéndole creer que nuestro reservorio gástrico está lleno o que tiene poca capacidad?

Parece imposible, sobre todo partiendo del hecho de que es el cerebro, el que elabora las tácticas y no es tan tonto para engañarse a sí mismo. A no ser que, le atemos un cinturón al estómago para que no le quepa tanta comida; se cosa para hacerlo más estrecho y pequeño; se le aplique una descarga eléctrica para confundirlo o incluso se rellene con algún material.

Esto último es lo que parece a simple vista lo más práctico, ya que no necesitamos acceder al estómago por cirugía. Sería ideal, tragar una pastilla que al llegar a la cavidad gástrica, se hinchara como un globo y ocupara parte de su luz. Pero, aún en el caso de que existiera esta píldora mágica, no puede obstruir la salida del estómago, debe ser resistente al ambiente ácido, no puede tener bordes ni ángulos que lesionen la pared gástrica, debe degradarse con el tiempo y es necesario que sea radiopaca, para que en caso de tener complicaciones, la podamos visualizar con una radiografía.

Hoy en día, lo que más se asemeja a esta estratagema es el balón gástrico, un dispositivo que ocupa parcialmente la luz gástrica y reduce, por compromiso de espacio, la ingesta de alimentos. Se introduce en el estómago por vía endoscópica y una vez allí se hincha, flotando en el mismo durante un período de 6 meses a 1 año, hasta que se retira.

Existen en el mercado distintas variedades de balón: Esféricos, cilíndricos, ovales, de silicona, de elastómero, rellenos de aire o de líquidos, etc.

La elección de uno u otro depende de la experiencia del cirujano.

La forma de implantarlo es sencilla. Se introduce deshinchado en el estómago del paciente sedado, mediante endoscopia digestiva. Una vez allí, se puede rellenar con aire, pero la mayoría de las veces se hace con un líquido azul compuesto por suero fisiológico y un colorante, el azul de metileno.

El motivo de teñir su contenido, no es más que un sistema de aviso en caso de rotura del mismo, así una orina con un alarmante color azul nos alertará de que el balón se ha roto.

La tolerancia es buena a largo plazo, pero en los primeros días son frecuentes las náuseas y los vómitos repetidos. Para minimizar este efecto indeseable, se rellena el balón de forma progresiva y se acompaña de medicamentos como inhibidores de la secreción de ácida y procinéticos que disminuyen las náuseas y la sensación de pesadez.

Este tipo de dispositivos deben evitarse en pacientes con patología gastrointestinal previa, en personas a tratamiento con fármacos gastrolesivos como antiinflamatorios no esteroideos, corticoides y aspirina; en pacientes psiquiátricos y en aquellos en los que su Indice de Masa Corporal (IMC = Peso / Talla2) sea menor de 30 kg/m².

El balón es una buena técnica para bajar de peso durante 6-12 meses. Se utiliza como paso previo a una cirugía de obesidad u otra cirugía de cualquier órgano, con el fin de que el abordaje quirúrgico se haga en mejores condiciones.

Si queremos utilizar el balón gástrico como método de adelgazamiento único, no es buena opción. No debemos olvidar que con él engañaremos al cerebro durante el tiempo que esté insertado en nuestro estómago, pero una vez extraído, volvemos a estar en la situación de partida. Corregimos un síntoma durante una secuencia temporal sin abordar la causa que originó nuestro desajuste ponderal.

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Si queremos que la bajada de peso sea algo más permanente, podemos recurrir a un pequeño arreglo de modista y con un par de costuras o unos cuantos grapados le hacemos un apaño al estómago, dejándolo más pequeño. Esta técnica se denomina “gastroplastia” y consiste en crear dos cavidades estomacales comunicadas entre sí por un orificio de más o menos 1 cm, para permitir el paso del bolo alimenticio.

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En sus comienzos, esta técnica se realizaba cosiendo o mejor dicho, suturando el estómago en horizontal, dejando un pequeño agujero que comunicaba las dos bolsas gástricas creadas. El problema surgía cuando las potentes contracciones del estómago conseguían dilatar el primer reservorio y/o el orificio de comunicación. Esta dificultad se solucionó, suturando la pared del estómago en vertical, paralelo a su curvatura menor, insertándose además un anillo de silástic en el orificio de salida.

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Es una técnica sencilla que puede ser fácilmente reversible, pero no está exenta de riesgos. La rotura de las líneas de sutura, la obstrucción o el estrechamiento del orificio o estoma y la aparición de intolerancias alimentarias múltiples, pueden ser algunos de los efectos adversos que pueden surgir.

Una técnica similar que no necesita costuras es el bandaje gástrico que bien podíamos llamarlo “cinturón de saciedad”. Es una banda de silicona rellenable con suero fisiológico que aprieta literalmente el estómago, dividiéndolo en dos cámaras gástricas comunicadas entre sí. El paso entre estas dos cámaras está regulado por el grado de presión que apliquemos al cinturón.

Aunque es una técnica relativamente simple que se hace por vía laparoscópica, puede presentar complicaciones, como infecciones, hernias, dilataciones y roturas estomacales, además de inclusiones de la banda en la pared gástrica.

Bandaje

Todas estas técnicas descritas hasta ahora, son restrictivas, es decir, tienen como función reducir el volumen de la cavidad gástrica de una forma mecánica. El estómago se llena con menos cantidad de comida, activándose antes la sensación de saciedad.

Si, por el contrario, somos de los apasionados por las nuevas tecnologías y queremos engañar a nuestro cerebro de forma más sofisticada, al estilo del agente 007, podemos interferir las señales eléctricas del estómago, tomando nosotros las riendas de su funcionamiento y así manipular a nuestro gusto el apetito. El estómago, en su pared, tiene una capa muscular encargada de los movimientos de batido y de vaciado del mismo. Igual que el resto de músculos de nuestro cuerpo, este tejido muscular gástrico responde con una contracción, ante una estimulación eléctrica generada por los nervios que lo inervan. Un electrodo externo implantado en esta capa muscular puede alterar el ritmo y el vaciado gástrico, haciendo que la digestión se enlentezca y tardemos más tiempo en tener apetito. Es lo que se llama el “marcapasos gástrico”.

Marcapasos

Este electrodo no puede situarse en cualquier zona del estómago, ya que los efectos pueden ser totalmente opuestos. Si situamos el electrodo en la parte superior del estómago en lo que se llama marcapasos anterógrado, aumentamos el vaciado gástrico, es decir, el estómago queda libre de su carga y pide más comida. La implantación en esta zona es útil para patologías como la gastroparesia, es decir, ausencia de contracciones gástricas, pero no para tratar la obesidad.

Si en lugar de implantar el electrodo en la parte superior, lo implantamos en su parte inferior o distal, retrasamos su vaciamiento, prolongándose en el tiempo la sensación de saciedad, siendo útil en este caso como tratamiento de la obesidad.

El marcapasos gástrico está contraindicado en personas con arritmias cardíacas, embarazo y lactancia, en padecimientos gástricos como úlceras y gastritis o con la toma de medicamentos, como la aspirina o los antiinflamatorios.

Todas estas técnicas existen y se practican en la actualidad. Son los procedimientos quirúrgicos “mínimamente invasivos” para el tratamiento de la obesidad realizados por cirujanos experimentados.

No existen técnicas mejores ni peores. Es el médico especialista el que tiene que decidir el tratamiento adecuado de forma individualizada y acompañarlo siempre de un abordaje multidisciplinar.

Mª Jesús

 

“Este post participa en el XXIII Carnaval de Biología edición especial micro-BioCarnaval, que hospeda @ManoloSanchezA en su blog Curiosidades de la Microbiología

Dr. Homunculus en: Primavera

La primavera había llegado una vez más. Su luz, sus aromas y sus sonidos se reflejaban en todo lo que me rodeaba. El bullicio reinaba en la ciudad, como si por arte de magia todo volviera a la vida después de un largo sueño.

Las calles se llenaban de mercadillos que vendían infinidad de productos: Telas, alfombras orientales, ropa, calzado, animales exóticos, alimentos, etc. Creando todo el conjunto un ambiente festivo y colorido que invitaba a unirse a la algarabía de las compras.

mercadillo

El público curioseaba por todos los puestos, pero el que vendía infusiones, pócimas, productos naturales y curas milagrosas para todo tipo de males era el más frecuentado. Sigue leyendo