Primera entrega de “Daniela, crónicas de una niña obesa”



Hoy hace 15 años, después de todo lo vivido, sentado encima de la hierba, sentía la misma sensación que entonces, la incógnita atenazante del ¿qué puedo hacer?
El no saber bastante y no poder controlar la situación, me generaba angustia, incluso deliraba entre sueños con una posible solución.
Estar allí, sentado, viendo los pinos mecerse con el viento me traía a mi mente los años de mi niñez, en los que casi como una obsesión, estaba siempre presente la idea de ayudar a mi amiga Daniela, para evitar que sufriera. Me sentía su protector, su guardaespaldas profesional.
Nacimos los dos en un barrio de viviendas unifamiliares en el extrarradio de la ciudad. La mayoría de los vecinos eran gente joven con profesiones liberales y buen nivel cultural.
Nuestras madres eran muy buenas amigas y así pasábamos muchas horas juntos.
Yo era un niño muy inquieto y mi madre perfeccionista al 100%. Se volvía loca conmigo, se quejaba de que no comía, de que no paraba ni un minuto quieto, de que cuando lloraba levantaba a los muertos y de que estaba tan delgado que no tenía ropa que ponerme, porque ni la de 4 tallas menos se me ajustaba a la cintura .
Recuerdo el aburrimiento de aquellas tardes que tenía que estar delante del plato hasta que comiera todo, cosa que nunca conseguía. Se me ponía un nudo en el estómago y una bola en la garganta que a veces me hacia sentir náuseas.
Mi madre probó muchas técnicas después de leer cantidad de libros y de tener múltiples charlas con casi todo el mundo. Lo lógico era que consultara con mi pediatra o que lo comentara con su madre, cosa que hacía muy a menudo, pero no, tal era su obsesión (pobrecita, pensaba que me estaba muriendo desnutrido) que toda persona conocida con la que se tropezaba le contaba la dramática situación que estábamos viviendo y que no podía aguantar más.
Cuándo era bebé me cantaba, me hacía carantoñas, se disfrazaba, jugaba y yo lo pasaba bomba, pero no comía. Con el tiempo, la desesperación materna iba en aumento y las carantoñas y los juegos dieron paso a los gritos y a los zarandeos. La hora de la comida se transformó en una verdadera pesadilla, incluso en el parque me perseguía amenazante con un plátano en la mano. Este suplicio no acababa al acostarme, sino que a veces me despertaba medio ahogado por la tetina de un biberón que me enchufaba en la boca a altas horas de la madrugada.
Recuerdo estos años como duros y tristes, tan pequeño e indefenso. Sólo con rememorarlo siento mucha pena por aquel niño. No sentir que te comprende la persona que más quieres en este mundo es muy duro, sobre todo por la idea que crees que tiene ella de ti, el que tu propia madre considere que no comes porque eres malo o porque quieres fastidiarla.
Viéndolo ahora con la distancia de los años, me doy cuenta de que yo no era el único que sufría. Mi madre descargaba en mí su impotencia y su frustración por no ser la madre ideal que siempre soñó. Se autocastigaba pensando que yo era el fruto de su sobrecarga familiar, social y laboral, se culpaba por no poder estar todo el día conmigo, por llegar cansada y con poca paciencia, por no poder disfrutar de la maternidad como ella siempre había soñado, por sentirse inútil e impotente. Consideraba que cualquier persona lo haría mejor que ella.
Mis primeros años de vida hicieron de mi un niño reflexivo y muy sensible a los problemas ajenos. Estas características se agudizaban más al estar con mi amiga Daniela. Ella era el prototipo de bebé perfecto, tranquilo y regordete, con algo de comida siempre en la boca. Parece que lo que hace más felices a los mayores era dar besos y comida a un bebé, como la típica corteza de pan cuando aún no masticas, o caramelos y otras chucherías cuando ya tienes los primeros dientes.
Daniela no era como yo, no despreciaba ningún alimento y me costaba entender la cara de deseo que ponía ante mi plato de comida frío y repugnante que ya llevaba dos horas encima de la mesa sin que le hiciera caso. Cuando jugábamos ella siempre le metía un bocado o más a mi bocadillo, que yo agradecía enormemente y no sabía si Daniela lo hacía por ayudarme o era porque solo pensaba en comer.
Pasó el tiempo y mi situación en casa era la misma, aunque eso sí, cada vez nos afectaba menos emocionalmente a mi madre y a mí. Ella se iba relajando al ver que yo no era más sensible a infecciones o enfermedades por el hecho de comer poco, y se consolaba o se autoengañaba al pensar que lo poco que comía debía ser suficiente para mi menudo organismo.
La situación de Daniela evolucionaba de una manera totalmente diferente e imprevisible. Su madre siempre se jactaba con la mía de lo bien que comía y de que usaba tallas de 1-2 años mayores que la correspondiente a su edad.
Daniela era capaz de comer dos platos de comida como su abuelo y después tomarse el contenido de un biberón cargado de leche y cereales. Como comía tan bien, sus padres fueron despreocupándose del control de su alimentación y permitieron que comiera a demanda, así en cualquier momento podías verla cargada de chocolatinas, bollos y chucherías.
Llegué a la conclusión de que los padres sólo se preocupan y controlan a los niños si no comen, en vez de controlar si están bien alimentados o no.
Yo admiraba a Daniela, me gustaba mucho su compañía y me transmitía alegría y vitalidad. Jugábamos a todo tipo de juegos y parecía que nunca se cansaba Era una niña muy corpulenta, me llevaba una cabeza y media y pesaba 30 Kg de peso más que yo. Viéndonos juntos parecía que ella era por lo menos 3 años mayor que yo. En el colegio se reían de nosotros llamándonos “la gorda y el flaco” pero nosotros no les hacíamos ni caso, estábamos muy bien en nuestro mundo y, aunque no nos gustaban las burlas, no le dábamos importancia.
Pasaron los años acrecentándose nuestra amistad y complicidad, pero cuando cumplimos los 12 años empezó la tortura para Daniela.
El pediatra ya les venía advirtiendo a sus padres que tenían que controlar la alimentación de su hija, porque tanto en altura como en peso, salía mucho de los percentiles normales para su edad. Pero en vez de preocuparse, sus progenitores se chuleaban por tener una hija tan bien desarrollada y crecida, lo que consideraban mérito propio debido a la buena dotación genética que le legaban.
En la última visita al centro de salud el pediatra sometió a Daniela a una serie de pruebas y le diagnosticó Síndrome Metabólico. Sólo con el nombre los padres de Daniela se alarmaron mucho y el médico les dijo que si no bajaba 15 Kg de peso, podía tener problemas muy graves tanto a corto como a largo plazo, ya que presentaba niveles altos de triglicéridos y glucosa, así como grasa en el hígado. Aparte de esto, estaba desarrollando una pubertad precoz que provocaba un aceleramiento del cierre del cartílago de crecimiento óseo, es decir, parón del crecimiento mucho antes de lo que marca su edad biológica, y aparición muy temprana de los caracteres sexuales secundarios.
Daniela se asustó mucho, grabó toda aquella información en su mente, hasta que llegó a mi lado y me contó, entre lágrimas, todo lo que había pasado, incluida la discusión de sus padres camino a casa culpándose mutuamente por haber descuidado la alimentación de Daniela. Al final, padre y madre atacaron a la niña diciendo que era una tragona y no tenía ningún control sobre la comida.
Después del susto inicial y una vez calmados los ánimos, los padres de Daniela se pusieron manos a la obra, llevaron a la niña a una clínica especializada en trastornos nutricionales, cerca de su casa y decidieron que toda la familia colaborase. Tenían que ayudar a Daniela en la difícil tarea de desengancharse de la dependencia que tenía de la comida.
A partir de aquí se marcó un antes y un después. Todo cambió de repente. El tiempo se contaba de semana en semana, que era cuando Daniela tenía que pasar la difícil prueba de la balanza.
Cada vez pasábamos mas tiempo juntos, porque yo era su balsa de tranquilidad y desahogo. Yo estaba al lado de Daniela y me sentía en la necesidad de hacer algo más que escucharla y apoyarla, tenía que saber más, poder ayudarla de verdad con argumentos sólidos. Así empezó mi odisea por los libros de Medicina de mi padre, que solo los utilizó 2 años porque decidió que aquello no era para él, pese al disgusto de los abuelos cuya ilusión era tener un hijo médico.
Toda la información que a mí me parecía útil la iba anotando en un diario para después comentársela a Daniela, así la distraía y la animaba los días anteriores y posteriores a su examen bascular.

Continuará…

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