Vivir sin grasa

La búsqueda del cuerpo diez es una constante en los últimos años que se ha convertido para algunas personas en algo más que una obsesión. Cuerpos con músculos, tendones y huesos tan marcados que parecen sacados de las fotos de los atlas de anatomía.

¿Qué pasa con la grasa? ¿Sólo la consideramos un abominable estorbo? Si no vale para nada, ¿por qué la evolución no se encargó de eliminarla durante los miles de años que llevamos habitando este planeta? Y, ¿Por qué los seres humanos, junto con los cerdos, poseemos el mayor número de adipocitos por superficie corporal (más o menos 40.000 millones de células adiposas)? ¿Es que la grasa se comporta como los espías de los servicios secretos con funciones de vital importancia para nuestro organismo que nosotros desconocemos?

Como hoy estoy inspirada, voy a hacer de Víctor Frankestein y diseñar mi modelo humano sin gota de grasa, que es justo lo que anuncian como reclamo algunos centros de estética, herboristerías y gimnasios que tienen a la venta productos quemagrasas.

En mi laboratorio secreto revivo todos los pasos del Doctor Frankestein y preparo mi monstruo particular, al que daré vida en el medio de una tormenta gracias a la descarga de un solo rayo cuya energía me servirá para darle vida.

Estoy tan emocionada que paso los días viendo el tiempo en la tele para saber si hay predicción de tormenta en mi zona. Estoy que no puedo más con mi impaciencia, voy a dar vida en mi laboratorio al chico más cachas nunca visto y sólo para mi, su creadora. ¡Ja, ja, ja!

¡Un espécimen 100% músculo y 0% grasa!, casi nada. ¡Hagan apuestas señores! ¿Haber quién supera esto?

Llega el día X, se acerca una tormenta y cuando escucho el primer trueno le inyecto en vena, a mi recién construido pupilo, un producto quemagrasas diseñado por mi, con el fin de disolver y eliminar todas sus grasas corporales y dar vida a la persona más bella nunca vista, libre de michelines y totalmente magra.

Con una puntualidad tenebrosa, en el momento en que el reloj marca las 00:00, los 15 millones de voltios de un rayo recorren mi circuito eléctrico como una serpiente dispuesta a cambiar mi destino para siempre.

Tras el tremendo estruendo, noté un fuerte impacto en todo el cuerpo que me tuvo inconsciente no sé cuanto tiempo, tras el cual me despierta un olor nauseabundo a huevos quemados y un intenso dolor de cabeza. Me levanto un poco renqueante, con los pelos de punta, la ropa hecha jirones y palpitándome el corazón a mil por hora. Voy directa a la camilla para disfrutar de la visión de mi gran creación, con los ojos llorosos por el humo y con un intenso temblor, intento enfocar, pero no soy capaz de ver nada, sólo escucho un goteo continuo que no sé de donde sale.

Espero unos minutos y poco a poco voy percibiendo más nítidamente todo lo que me rodea hasta que vuelvo a mirar para la camilla y sólo veo una asquerosa masa fluida que se extiende por toda la habitación inundándolo todo. Una masa parda y gelatinosa que no se aproxima ni lo más mínimo al resultado soñado por mi. ¡Qué decepción! Todas mis ilusiones se vinieron abajo del mismo modo que esa enorme baba que acababa de crear.

¿Qué hice mal? ¿Por qué mis sueños no se hicieron realidad?

El camino evolutivo de nuestra especie facilitó que determinadas moléculas orgánicas formaran parte de nuestro organismo por su gran versatilidad y fácil disponibilidad en el entorno.

Los alimentos son fuente de placer y nos aportan energía para mantener nuestras funciones corporales, pero no debemos olvidar que los nutrientes que ingerimos son piezas activas dispuestas a desempeñar su trabajo tan pronto como entran en nuestro torrente sanguíneo.

Glúcidos, grasas y proteínas se incorporan a nuestro cuerpo para ponerse al cargo de una serie de funciones necesarias e imprescindibles para nuestra viabilidad como seres vivos, y en el caso particular de la grasa, no hay célula corporal que no la contenga y que no la utilice con un fin.

Voy hacer una clasificación un poco peculiar de las grasas para que usted, querido lector, entienda mejor su función (aunque si la ven mis profesores, sobre todo los más puristas, se echarían las manos a la cabeza). Vamos a cerrar los ojos a las miradas inquisitivas y sigamos adelante:

  • Grasa de depósito: Nuestra odiosa y antiestética maleta de grasa que va con nosotros a todos los sitios y que nos humilla en los momentos más decisivos. Esta grasa es totalmente necesaria porque nos da independencia, aislamiento térmico y amortiguación. Si no tuvieramos este depósito tendríamos que estar comiendo continuamente, ya que nuestro cuerpo se moriría si tardamos más de 5 horas en darle comida (tiempo que tardan en agotarse nuestros depósitos de glucógeno celular situados sobre todo en músculo e hígado). Además, esta maleta la utilizamos como airbag y capa aislante, ya que nuestros órganos vitales están rodeados de grasa y es ésta la que amortigua todos los impactos mecánicos a los que estamos sometidos, además de evitar la pérdida excesiva de calor corporal.

  • Grasa estructural: La grasa es constituyente de las membranas celulares, aislando su contenido y regulando el paso de sustancias a través de ella. Sin la grasa nuestras células serían como huevos cascados en un plato. Donde más claramente vemos el papel importante de estas grasas es en la piel y en el sistema nervioso. La capa córnea de nuestra piel (que es la capa más externa de la epidermis) tiene un gran porcentaje de grasas que impide la pérdida de agua excesiva por evaporación y evita la absorción de cualquier sustancia con la que estemos en contacto. No me puedo imaginar que el jabón de manos de mi lavabo pasara a mis venas, y menos la lejía que uso cuando hago limpieza general. En el sistema nervioso, la grasa forma parte de la mielina, una lipoproteína que actúa como un aislante de todo el cableado nervioso (evitando cortocircuitos), y a su vez facilitando la transmisión del impulso nervioso, ya que un nervio no está totalmente envuelto por su capa aislante como pasa con los cables, un nervio tiene zonas con mielina y otras sin mielina. El impulso va a saltos entre las zonas sin mielina, ganando en velocidad de conducción.

  • Grasa hormonal: La grasa es componente de hormonas corticosuprarrenales y sexuales como la progesterona, estrógenos y testosterona. La carencia de las primeras sería incompatible con la vida, y si nos faltan las otras igual, porque si comprometemos la reproducción, comprometemos nuestra perpetuación como especie.

  • Grasa digestiva: La grasa de nuestro cuerpo parece que tiene vida propia y se cuida de sí misma. Forma parte de los ácidos biliares que se encargan a su vez de facilitar la disolución y absorción de más grasa en el intestino delgado.

  • Grasa eicosanoide: Ésta la podíamos haber introducido en la grasa hormonal, pero como tiene sus peculiaridades propias, le hicimos un grupo aparte. Los icosanoides son hormonas paracrinas, es decir, tienen poco radio de acción porque sólo actúan en las células más cercanas. En este tipo de grasa encontramos a su vez 3 tipos: prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos. Estos eicosanoides intervienen en los procesos inflamatorios, en la coagulación, en la regulación de la tensión arterial, en el ciclo sueño-vigilia como mediadores del dolor e incluso en la reproducción. ¡Casi nada!

Ahora comprendemos porque mi “personal monster” no fue viable, aunque no me importa. A partir de hoy veo mis michelines con otra cara, de hecho, hasta me parece más mona la chica gordita de la portada de mi libro “Vendo mi cuerpo por ser delgad@”, aunque eso sí, sin pasarse, ya lo sentenció Tales de Mileto: “Sea tu oráculo la mesura”.

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XV Edición del Carnaval de Química que en esta ocasión organiza El cuaderno de Calpurnia Tate y la primera participación en el XIII Carnaval de Biología que tiene como anfitrión a Caja de Ciencia.

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