Las cenizas de las algas

Lunes 30 Abril. Querido diario:
Mi último día de trabajo ha llegado. Voy a dar un giro de 360 º a mi vida. Me marcho, dejo todo, mi trabajo, mi casa, mi coche, mi teléfono. Necesito aislarme del mundo para encontrarme a mi misma. Siento que si sigo en mi situación actual mucho tiempo voy  a acabar enferma a causa del stress, la contaminación, los productos químicos y muchas otras cosas más que no quiero ni pensar. Todo lo que me rodea es una amenaza para mi integridad física y psíquica. Necesito tornar al hogar de mis ancestros, vivir como ellos, notar el influjo de la naturaleza en mi piel. No tener horarios, no tener obligaciones. Voy a intentar recuperar mi equilibrio en la pequeña aldea donde mis genes heredados encontraron un lugar idóneo para perpetuarse.

Viernes 5 Mayo. Querido diario:
Estoy instalada en mi nueva casa en medio de un precioso valle entre montañas. Se mantiene en muy buen estado, a pesar de los temores que tenía que estuviera en ruinas. No tiene luz eléctrica ni agua corriente, aunque para conseguir esta última no tengo que ir muy lejos ya que en una esquina del jardín tengo una fuente preciosa que emana agua verano e invierno. Lo de la luz no es problema porque estoy dispuesta a adaptar mi biorritmo al de la naturaleza que me rodea.
La primera noche la pasaré en mi saco de dormir pero tan pronto amanezca voy a conseguir lo indispensable para estar cómoda.

Sábado 6 Mayo. Querido diario:
Fue un día muy duro. Me levanté con el alba y fui en bicicleta hasta la tienda más cercana a 5 kilómetros. Una superárea comercial de apenas 100 m2 donde tiene cabida un bar, un supermercado, un agro, una droguería y una mercería. Atendidos al mismo tiempo, por un matrimonio muy amable pero algo cotillas, ya que entre producto y producto no pararon de hacerme preguntas. Compré todo lo que necesitaba y me volví  a casa cargada y muy bien acompañada de una preciosa cabra y una docena de gallinas que iban a ser mi fuente de lácteos, huevos, abono y mi única compañía.

Domingo 7 mayo. Querido diario:
Ya pasaron 3 meses y en este intervalo no tuve tiempo ni ganas de escribir. Los primeros días fueron muy laboriosos, poniendo todo a punto y preparando el huerto. Tanto esfuerzo me costó más de una contractura lumbar, pero a pesar de todo estoy muy satisfecha. Tengo una parcela llena de tomates, pimientos, lechuga, repollo y muchos frutales.
Aparte de todo ese trabajo, estoy preparando la casa para el invierno. Recojo leña procedente de unos nogales situados a un lado del jardin, donde la cabra pasa horas enteras a la sombra y las gallinas comen gusanos. Además, estoy preparando una plantación de grelos muy grande que me abastecerá de verduras todo el invierno y también voy a probar a plantar soja.
¡Me siento feliz, soy libre! Aire limpio, alimentos sanos, una vida sin horarios, ¿qué más puedo pedir?

Sabado 13 Mayo. Querido diario:
Llevo aquí casi un año y me encuentro físicamente mal. Al principio lo achacaba a la melancolía que me produjo pasar el invierno entre estas 4 paredes, pero ahora estoy convencida de que algo va mal. Estoy cada vez más cansada, no tengo fuerzas, me siento lenta y pesada. Mi mente va despacio como si fuera un tren que se acerca pero que nunca da llegado. Subir la cuesta del último tramo de mi jardin se me hace interminable y cuando vuelvo la vista atrás me veo a mi misma moviéndome en un fotograma lento, muy lento.
Mi cara y mi cuerpo cambiaron mucho en este último año. Siento mucho frio a pesar de estar la mayor parte del tiempo al lado de la chimenea, como muy poco y no adelgazo, al contrario me siento muy hinchada, llegando incluso a desabrochar los botones del cuello del jersey y de los pantalones y usar los zapatos como chanclas. El pelo de las puntas de las cejas me desapareció y al peinarme noto que me caen mechones de mi preciosa melena. Lo más incómodo de todo es que hace más de una semana que no voy al baño, a pesar de pasar horas enteras sentada en el WC. Me levanto con los ojos hinchados y cuando llamo a Tira, mi cabra, la voz me sale muy grave. No entiendo que me está pasando. Estoy muy preocupada, noto que la vida se me va de las manos y no sé como remediarlo.
En las noches de insomnio interminables repaso mi vida en este último año y no encuentro que pude hacer mal. Doy largos paseos, como sano y descanso mucho.Todo tan maravillosamente idílico que no entiendo como pude llegar a esta situación.

Querido diario:
Mi situación empeora. Al mirarme en el espejo tengo unas bolsas enormes debajo de los ojos y una papada inmensa. No puedo más y decido coger el toro por los cuernos. Me voy al médico del pueblo. Si me faltan pocos días para mi fin necesito saberlo.

Querido diario:
Tras unas preguntas minuciosas y una exploración exhaustiva, el doctor me manda hacer una analítica de sangre. Al verme tan nerviosa, me tranquiliza y me dice que me recuperaré muy pronto ya que si sus sospechas son ciertas, la patología que presento se debe a mi alimentación.
¿Mi alimentación? No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Mi comida diaria es leche de cabra al desayuno, manzanas, peras y naranjas de mis árboles a media mañana y merienda; riquísimas verduras a la comida acompañadas de nueces de mi huerto y nutritivos huevos de mis gallinas. Las cenas son livianas con un poco de leche o un puré de verduras. ¡Es imposible comer más sano! Estos doctores de pueblo no tienen ni idea.

Querido diario:
El doctor tenía toda la razón. Mi problema de salud era debido a una carencia de yodo en mi dieta. El diagnóstico fue claro: Bocio hipotiroideo por déficit de yodo.
Hoy en día en los países desarrollados es muy raro padecer hipotiroidismo por déficit de yodo ya que habitualmente se ingresa en nuestro organismo formando parte de alimentos como pescados, mariscos, sal yodada, suplementos de vitaminas y minerales e incluso productos de pastelería que contienen eritrosina, un aditivo utilizado como acondicionador de pastas y masas que contiene yodo.
El yodo es un mineral imprescindible para la fabricación de hormonas tiroideas. Estas hormonas son las T3 y T4, llamadas tiroxina y triyodotironina respectivamente. Son segregadas por la mayor glándula de nuestro cuerpo, el tiroides, que marca el ritmo de toda nuestra maquinaria metabólica. Una carencia de yodo produce enlentecimiento de todas las funciones corporales: Estreñimiento por disminución del peristaltismo intestinal, lentitud mental, fatiga, gasto cardíaco disminuido, enlentecimiento del crecimiento del pelo con caída precoz del mismo, aumento de peso corporal, aumento de colesterol, etc.
Aparte de todos estos síntomas el déficit de yodo cursa con bocio, debido a que el tiroides está sobreestimulado por la hormona hipofisaria (TSH) que regula su función, instándolo a que fabrique más hormonas tiroideas llegándose a desarrollar un incremento del volumen del tiroides de hasta 20 veces su superficie.
Sólo con 1 mg de yodo a la semana hubiera sido suficiente para evitar todo este calvario.
Mi alimentación era claramente deficitaria en yodo pero todo el cuadro se desarrolló tan rápido gracias al efecto añadido de los alimentos bociógenos que agilizaron el proceso:

  • La col, la coliflor, el repollo y los grelos, que cultivé con mucho cariño y tesón en mi huerto, son vegetales del género Brassica que contienen glucosilatos, que ellas mismas utilizan como mecanismo de defensa. Cuando digerimos la planta se libera la enzima mirosinasa presente en sus mismas células vegetales que se encarga de transformar los glucosilatos en glucosa, ácido sulfúrico y compuestos volátiles como los tiocianatos e isotiocianatos que impiden la captación de yodo por el tiroides, así como su organificación.
    Esto no hubiera pasado si al cocer las verduras las hubiera echado en agua hirviendo (así se desactivaría la mirosinasa) y no como hice yo, en agua fría.
  • Las nueces de mis nogales aumentan la eliminación fecal del yodo.
  • La soja que cultivé en plan experimental también tuvo algo que ver en mi patología ya que aumenta la eliminación del yodo por heces.
  • El agua de la fuente no era potable y estaba contaminada por nitratos de los cultivos vecinos así como con Escherichia Colli, actuando ambos como bociógenos.

Querido diario:
Estoy en deuda contigo, fuiste mi amigo y mi desahogo. Cuando te leía sentía que no era yo la que escribía sino una amiga muy lejana que me contaba sus penas. Fuiste el sostén de mi mano temblorosa acorralada por el miedo.
Ahora y gracias a la ciencia estoy completamente recuperada. Estoy tomando el tratamiento que me recetó el doctor a base de hormona tiroidea sintética, además de una alimentación más variada y con un aporte correcto de yodo. Aunque parezca mentira, esto no me hubiera pasado si no hubiera perdido el contacto con la civilización ya que el yodo es un mineral muy abundante y se encuentra de forma natural en pescados y mariscos además de extraerse de las cenizas de las algas.

Mª Jesús

Esta entrada es la segunda participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XVII Edición del Carnaval de Química que en esta ocasión organiza Un geólogo en apuros y la primera aportación a la XV Edición del Carnaval de Biología organizado por Hablando de ciencia.

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