Novena entrega de “Daniela, crónicas de una niña obesa”

8ª Semana:

Otra semana negra para Daniela, en la última visita engordó 200 g. Lo peor de todo es que en casa la están acosando continuamente porque la descubrieron en varias ocasiones comiendo a escondidas, su madre encontró envoltorios de donetes debajo de su colchón y su hermano, que siempre la vigila, la sorprendió asaltando el armario donde estaba el chocolate. Todos los miembros de su familia, uno por uno, le fueron recitando el mismo sermón: “Tú no puedes comer eso, estás a dieta”. El único que le quitó importancia fue el médico, lo que exasperó a la madre de Daniela.

– Todo este esfuerzo es inútil. Daniela nunca será capaz de hacerlo bien, no tiene fuerza de voluntad y no hace el mínimo caso de lo que le dicen los demás… Es inútil, se lo digo yo doctor. ¿Le parece normal que a pesar de estar riñéndole a todas horas ella pase de todo y se atreva a comer a mis espaldas? ¡Me pone de los nervios! – le soltó la mujer, cabreada. Daniela apenas fue capaz de alzar la vista. ¡Era justo lo que le faltaba a su escasa autoestima, escuchar a su madre criticándola y quejándose de lo mal que se portaba!

El médico, que seguramente ya estaría acostumbrado a pelear con este tipo de casos, se armó de paciencia y sin alzar la voz, le dijo:

– Señora, si a un adulto le cuesta hacer la dieta, ¡cuanto más a una niña! Adelgazar supone un gran sacrificio, pero no únicamente para la persona que lo sufre, sino también para el entorno familiar. Lo que su familia debería hacer sería adaptarse a su dieta, apoyarla en todo lo posible, y no juzgarla. En caso de seguir así, podría sufrir problemas psicológicos de angustia o ansiedad.

La madre de Daniela, como si aún siguiera en su histeria y no oyera la perorata del médico, le pidió a éste que le diera algunas pastillas para ayudar a Daniela a perder peso. Pero entonces el doctor fue muy brusco y la cortó en seco.

– No existe ningún producto en el mercado farmacéutico indicado para ella – y aunque no alzó la voz, sus palabras adquirieron un matiz que no admitía réplica.

Cuando se calmaron los ánimos, el médico le preparó una dieta muy chula para esta semana a Daniela, con tortilla de patatas, hamburguesas y yogures de chocolate. Estaba claro que quería animarla.

– Ya verás como lo consigues. – le dijo a mi amiga. – No debes tomar este bache como una derrota Daniela, sino como un aprendizaje.

La madre no salió nada convencida de la consulta y comenzó a barajar la posibilidad de llevarla a otra clínica.

Cuando Daniela me contó todo aquello me quedé un tanto sorprendido. No entendía cómo mi amiga era incapaz de ajustarse al plan de comida que le ponía el médico.

– ¡Tú no lo entiendes! – se defendió ella. – Es complicado. El problema es que sólo consigo quitarme la comida de la cabeza cuando la tengo en la boca. Lo malo es que después me siento fatal. La comida se transforma en un bloque pesado en mi estómago y en mi mente. – Se quedó un rato pensativa y luego, se dirigió a mí, con una sonrisa picaruela pintada en la cara. – ¿Por qué no buscas información sobre hierbas, pastillas o parches de esos que salen en la tele y en las revistas? Tiene que haber algo que me ayude porque yo sola no puedo. Necesito que esta pesadilla acabe pronto. ¡No puedo más!

Y así es como comenzó mi búsqueda.

Productos adelgazantes I

Voy de mal en peor, ya estoy pensando que me metí en un lío y no voy a sacar nada en limpio. ¿Cómo puede ser que abra una página de Internet sobre este tipo de productos y me lleve la sorpresa de que aparecen 50 tipos de pastillas distintas, con nombres que no me atrevo ni a leer y lo único que ponen es que quitan la grasa y la retención de líquidos? No especifican cuando se deben tomar y en que situaciones se tienen que evitar. Me mosquea un montón. ¡Hasta en los chicles que tomo a diario aparece escrito en el envoltorio su composición y la advertencia de que no se deben tomar en caso de fenilcetonuria (una enfermedad que no sé que es, pero me imagino que lo sabría si la tuviera, por no decir que los chicles me sentarían fatal).

En las siguientes páginas que fui abriendo me encuentro cientos de productos que parecen salidos de un mercadillo: fajas, cinturones, cremas, hierbas, papillas e incluso pendientes y plantillas. Todos con la capacidad de adelgazar de una manera cómoda, rápida, sin esfuerzos y a un precio económico. ¡Queman grasas, aceleran el metabolismo, suprimen el apetito y eliminan líquidos! ¿Qué más se puede pedir?

¿Habrá gente tan inculta o tan ciega que se lo crea? No lo sé, me imagino que sí. En caso contrario, no tendría razón de ser que los anunciaran. Me acordé entonces de mi amiga. Realmente parecía convencida de que tenía que haber alguna ayuda para adelgazar. Fue por ella por lo que continué buscando. Sin embargo, cuanto más leía, más me desesperaba. En aquella marabunta de información era imposible para mí diferenciar entre un producto basura de uno realmente útil, además, ¿cómo iba a distinguir cuál era el adecuado para Daniela?

Me fui a cama muy temprano, desanimado y hecho polvo. A eso de las 4 de la madrugada desperté con unas ganas de hacer pis tremendas. Cuando fui al baño me llamó la atención que la luz de la biblioteca estuviera encendida y al abrir la puerta para apagarla, vi a mi padre sentado delante del ordenador. Le dije que me costaba dormir y me senté a su lado.

Mi padre era encantador, bueno, callado. Pasaba días enteros encerrado con sus libros y su ordenador. Era una persona muy inteligente, pero según mi madre, lo aprovechaba poco y mal porque todos pisaban su trabajo. Siempre tuve la impresión de que mi padre vivía y pensaba a otro nivel, me recordaba al sabio de los cuentos que pasaba el día sentado detrás de grandes pilas de libros. Comparándolo con otros padres era muy distinto, no le gustaba la cerveza, no decía palabrotas y no salía de juerga con los amiguetes los sábados al fútbol como hacía el padre de Daniela. Sin embargo, disfrutaba cuando aparecía en la tele un documental sobre ciencias, matemáticas, biología, etc.; en cambio, sufría cuando tenía que comprar ropa o zapatos, por no decir con la compra diaria de comida.

– ¿Qué tal todo, hijo? – me preguntó.

– Pues ya sabes… Como siempre.

Me contó entonces que estaba haciendo un curso sobre seguridad informática y se dispuso a enseñarme lo último que había estado haciendo. Con un movimiento del ratón apareció una imagen en la pantalla que me dejó helado. No sabía si estaba soñando o era real lo que estaban viendo mis ojos. La última página de Internet que yo había abierto aquella tarde, la que anunciaba las pulseras, las fajas y los pendientes mágicos para adelgazar aparecía por arte de magia en la pantalla del ordenador de mi padre. Podía ser casualidad, pero era muy raro, esa página estaba en el número treinta y pico del buscador.

– Jesús, ¿qué pasa? No es normal que un niño se dedique a mirar este tipo de páginas.

Me explicó que desde su ordenador podía saber en todo momento a qué estaban conectados los otros ordenadores de la casa, es decir, que mi padre tenía montada con los ordenadores de la casa, una red local y así controlaba sobre todo las entradas y salidas de nuestros sistemas informáticos para evitar virus, programas espías y páginas no recomendables para niños como yo. Sin decirle nada, fui a mi habitación corriendo y le traje lo que había escrito en el diario en las últimas semanas. Prefería que lo viera por sí mismo que explicárselo yo.

Me miró muy extrañado cuando se lo di y se puso a leerlo. Su cara cambió completamente cuando estaba llegando a la mitad de mis anotaciones, su cuerpo empezó a agitarse y yo no sabía si reía o lloraba, lo que sí sabía era que aquello no me gustaba nada. Era lo que me faltaba para completar el día después del fracaso de mis pesquisas, quedar como el más estúpido idiota de la familia. Le doy la espalda y cuando ya me dirijo a la puerta, mi padre me dice que está muy orgulloso de mí. Según él, era sorprendente que yo tuviera esa curiosidad científica y que la utilizara para ayudar a Daniela. Era una coincidencia verdaderamente increible, hace años él hizo lo mismo para ayudar a su mejor amiga a superar la anorexia nerviosa que padecía. Fue una etapa que recuerda con mucho cariño porque se volcó mucho en buscar, investigar y estudiar todo lo relacionado con el tema y poco a poco se fue involucrando tanto que aquella busqueda se convirtió en una necesidad, una enriquecedora necesidad.

Yo lo miraba emocionado. ¡Es un papá guay!

Me animó a seguir y se ofreció a ayudarme a conseguir toda la información que necesitara, aunque me recomendó que a la hora de buscar ese tipo de datos fuera a las páginas oficiales de Sociedades Científicas de Nutrición y Obesidad o revistas científicas especializadas en el tema, ya que allí encontraría la información más fiable.

Continuará…

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