Medicamento refrescante

Queridos lectores, hoy les voy a hacer reflexionar un poco. Es hora de que rompan ustedes un poco el coco, no me va a tocar a mi siempre hacer el trabajo duro, además de vez en cuando es bueno despertar alguna neurona dormida.
¿Podrían decirme, mirando estos dos prospectos adjuntos, de qué producto estamos hablando? No, no necesitan ser médicos ni químicos ni mucho menos videntes. Sólo quiero que se dejen llevar por su sentido común y que razonen un poquito.
¿A quién pertenece cada prospecto, a un medicamento, a un cosmético, un producto homeopático o , por qué no, a un refresco? Sigue leyendo

El Genio de Addison

Desde pequeña me consideré siempre una exploradora, bajaba todos los días desde mi casa a un campo cercano donde dormían las ruinas abandonadas de una iglesia. Allí pasé muchas horas de mi niñez, cargada con mi pala, mi pincel y mi lupa. Esperaba que las piedras me contaran cosas, historias lejanas, cuentos fantásticos que me transportaran a un mundo de caballeros y princesas, cuevas que escondían tesoros con inmensos dragones escupiendo fuego en su puerta, apestosos sapos que se transformaban en príncipes sólo con un beso y gemas preciosas con poderes mágicos.
Ya pasaron muchos años de todo aquello y ahora en medio de los rascacielos que agujerean el cielo de la ciudad, sigo buscando tesoros. Paso tardes enteras recorriendo barrios antiguos, visitando iglesias y entrando en viejos anticuarios. Siento que hay algo en algún lugar esperando por mi y no cejaré hasta encontrarlo.
Día tras día, invierno tras invierno, al salir de trabajar me dejo llevar por mis piernas con la esperanza de que me conduzcan hacia algo que cambie mi vida de forma espectacular. Tarde tras tarde vuelvo a casa con las manos vacías pero con el deseo de que pasen las horas rápido para seguir buscando. Muchos años se fueron sumando a mi pesado cuerpo así como muchas decepciones, ¡pero un día apareció!
Allí estaba, dorado y reluciente en la estantería de una tienda que habían abierto hace poco. Sólo con verlo supe que aquel objeto tenía que ser mío. Con urgencia entré en la tienda y como si estuviera robando el objeto más valioso del mundo, entré en un estado de ansiedad que hizo que se me empapase todo mi cuerpo de sudor. Estaba deseando llegar a casa y frotarlo contra mi cuerpo para dar rienda suelta a mis deseos. Sigue leyendo