Décimo tercera entrega de “Daniela, crónicas de una niña obesa”

10ª Semana:

Estoy esperando a Daniela. Llevo días sin verla y no sé como le irán las cosas, aunque me imagino que lo más probable es que lo abandone todo. En cierto modo, siento pena y alivio al mismo tiempo, deseo tanto como ella que vuelva a ser todo como antes, pero dudo que lo sea.

Oigo el timbre y bajo las escaleras para abrir la puerta. Para mi decepción es la madre de Daniela, que viene a tomar café con la mía. Le pregunto donde está mi amiga y me dice que me espera en su casa para jugar a la play, ya que tiene un juego nuevo por haber aceptado ir a la consulta.

Subo las escaleras para quitarme las zapatillas y ponerme los zapatos. Mientras bajo las escaleras en dirección a la puerta, las escucho a las dos hablando de Daniela y, a pesar de que sé que está muy mal escuchar a escondidas, me siento en uno de los escalones y agudizo el oído. La mamá de Daniela le contaba a mi madre que ya no podía más, que estaba harta. Desde el principio se había volcado en cuerpo y alma en su hija, pasaba muchísimas horas en la cocina porque tenía que hacer varios platos. Todo aquello era muy duro porque suponía una carga a mayores a parte de su trabajo. Lo iba llevando a trancas y barrancas por el bien de la niña, pero cuando la descubrió comiendo a escondidas explotó. Tuvo una discusión muy fuerte con Daniela y para ella se marcó un antes y un después, no comprendía que su hija le mintiera, y ésta, a su vez, empezó a ponerse a la defensiva ante cualquier comentario sobre dieta y comida. Reconocía que era muy difícil hacer dieta en una casa donde se comían más bolsas de patatas fritas y chocolatinas que fruta, pero era imposible llevar una dieta sana con su marido y su hijo que, por encima, tenían la suerte de no engordar comiendo de esa manera. Aún así reconocía el esfuerzo de su hija durante todo este tiempo. Ni Daniela ni ella misma eran ya capaces de soportar las indirectas del resto de la familia. Su hermano parecía el guardián de la despensa, tenía contabilizado todo el pan, el chocolate, las chucherías e incluso le ponía marcas a la botella de refresco. Estaba entre la espada y la pared, o se hacía la sueca o pasaba el día discutiendo. Por eso, ella también influyó en la decisión de Daniela para que lo dejara todo. Con el doctor también tuvo una pataleta porque consideraba que no le estaba dando la dieta adecuada, ya que seguro que había algún alimento que a la niña le engordaba y a los demás de la casa no. No comprendía por qué no le daba algún producto a base de hierbas totalmente natural o le mandaba hacer algún análisis específico, porque engordar así no era normal. De todas formas estaba pensando en llevar a Daniela a otro centro en cuanto se tranquilizaran los ánimos, dado que éste había sido un rotundo fracaso.

Mi madre la escuchó detenidamente y reconocía que lo que parecía un problema liviano se podía transformar en uno grave si no se llevaba con tacto.

Le empezó a contar lo que le había pasado a ella hace unos años, no lo solía contar a nadie porque fue una etapa muy dolorosa de su vida que le dejó secuelas imborrables.

– Al oír esto, no se me pasaba por la cabeza moverme de aquella escalera.

Mi madre empezó a relatar que hace años, cuando ella tenía l8, tuvo una depresión grave producida por un desengaño amoroso.

– Anda, ¿cómo sería?, ¿lo sabría mi padre? Creo que siempre acabamos pensando que nuestras madres tuvieron un único hombre en su vida, nuestro padre.

A raíz de ese abandono, se encerró en casa a comer y a dormir. Al comer se sentía un poco más feliz, es como si le ayudara a olvidar. Una tableta de chocolate era como una balsa de placer, placer que solo duraba los momentos en que tenía la boca llena, porque al rato se echaba a llorar, llorar por su amor perdido y llorar por la basura en que se estaba convirtiendo. No era capaz de controlarse y cada vez se sentía peor. Acabó engordando 15 Kg.

– ¡No me lo podía imaginar, mi madre estuvo gorda! ¡Increíble!

Se sentía horrible con ropa ajustada y pasaba días enteros en chandal. Evitaba salir para no tener que enfrentarse al armario y más traumático todavía era ir de compras, porque acababa siempre llorando.

Decidió pedir ayuda y fue a un centro de adelgazamiento. Le daban dietas muy estrictas, cantidades muy pequeñas de comida, mucha agua e incluso a veces tenía que estar días enteros a un solo tipo de comida como fruta, sopa o pollo. Pasó mucha hambre, pero lo hizo al 100%.

Lo paradójico era que estaba adelgazando pero no era consciente de ello, en el espejo se seguía viendo gorda, los 20 kg que consiguió bajar no los percibía. Estaba estupenda para todos menos para ella.

La frustración, poco a poco, dió paso a la obsesión. Estaba todo el día intentando sentir cómo los kilos se iban de su cuerpo, se pesaba y se medía continuamente. Lo que adelgazaba siempre le parecía poco y pasó a tenerle verdadero pavor a la comida. Sólo con pensar en tomar 1 plato de patatas fritas le daban arcadas.

Al ver su deterioro progresivo, su familia la obligó a dejarlo todo. Recibió ayuda psicológica y tratamiento psiquiátrico durante varios años. Una vez dada de alta no volvió a tener recaídas, pero aún hoy en día cuando se nota nerviosa nota un nudo en la garganta que le dificulta tragar. Come de todo porque se obliga a sí misma para dar ejemplo pero no porque le apetezca, la comida perdió para ella todo el interés. Salió de aquel bache gracias a la ayuda de su familia y de un amigo, que con paciencia, cariño y alegría fue sacándola de ese agujero negro mental que no le dejaba ver más allá de su cuerpo.

Justo en ese momento suena el teléfono. ¡Qué fastidio! La conversación se termina ahí y yo hago virguerías para escabullirme sin que ellas lo noten.

La confesión de mi madre me dejó como lastimado por dentro, me dolía tanto que ella hubiera pasado una situación así. Siento mucha pena por ella. Siempre consideré a mi madre como un todoterreno en todos lo sentidos y ahora la veo como una muñequita frágil y sensible.

De repente una luz se encendió en mi cabeza y me hizo parar en seco:

– ¡Era ella! ¡Mi madre era la amiga a la que mi padre estuvo ayudando a superar una anorexia nerviosa!

Todo encajaba, tenía que ser ella, siempre comentan que su amor nació sobre una amistad muy antigua, se conocían desde pequeños y mi padre según ella siempre estuvo apoyándola en los peores momentos de su vida. ¡No me lo puedo creer, la historia se repite como en las películas!

Todo esto se me hace más complejo cada vez, me voy dando cuenta que adelgazar no es dejar de comer, es mucho más complicado. Todos esos cambios que venía notando últimamente en Daniela, ¿no serán a lo mejor el reflejo de que algo psicológicamente va mal?

Ahora entiendo por qué algunos productos adelgazantes llevan sedantes: para mantenerte atontado y que no te obsesiones ni sufras al perder peso.

Al ir analizando todo esto, no paraba de preguntarme por qué Daniela tenía esa gran tendencia a engordar. Está bien alimentada, no presenta retención de líquidos, hace deporte y según el doctor no hay ninguna alteración hormonal. Entonces tiene que haber algo más que la diferencie del resto de la familia, pero ¿qué es?.

¿No será que el problema está en la alimentación? ¿Será verdad que el doctor no le dio la dieta adecuada a Daniela o ésta es demasiado estricta como le pasó a mi madre que no la soportó psicológicamente?

Me voy a poner manos a la obra con el tema.

 

Dietas adelgazantes

  • Dieta de la Clínica Mayo: De la clínica sólo tiene el nombre. Tiene poquísimas calorías entre 600-800 diarias, como para morirse de hambre. Tomas muchos huevos al día y no puedes tomar ningún lácteo, justo lo que necesita una niña en edad de crecimiento, ja, ja.
  • Dieta disociada de Hay: No se pueden mezclar proteínas e hidratos de carbono en la misma comida. No sé como quiere que hagamos esta dieta porque es casi imposible encontrar alimentos que sólo tengan hidratos de carbono o que sólo tengan proteínas. La mayoría de los alimentos suelen presentar combinaciones de ambos
  • Dieta del ejercito israelí: Consiste en tomar durante 2 días seguidos sólo un tipo de alimento, ejemplo carne, fruta, etc.. Es una dieta muy desequilibrada que no creo que la utilicen los soldados israelíes los días anteriores a un combate.
  • Dieta Alcat: Según esta dieta la intolerancia a una serie de alimentos puede producir un montón de patologías como ansiedad, cansancio, retención de líquidos, dolores de cabeza y aumento de peso. No tiene base científica y no vale siquiera para detectar alergias alimentarias reales. Las personas que adelgazan lo hacen gracias a que le eliminan un montón de alimentos de su dieta diaria con la excusa de que son intolerantes a ellos
  • Dieta de Montignac:Evitar alimentos con mezclas de azúcares y grasas, como por ejemplo: leche, galletas, etc… Nada de arroz, pastas, patatas ni pan.Según esta dieta sólo se debe tomar fruta antes de la comida o sola porque se evita su fermentación en el intestino al combinarla con otros alimentos.

    ¡No sabía que fermentaban las frutas en el intestino! Si al final vamos a ser una fábrica de licores, ahora va a ser que si tomo uvas con otros alimentos fermentan y forman alcohol. ¡ja, já! Me voy a emborrachar con unas cuantas frutas en la cena.

  • Dieta de Rafaella Carra:Me imaginaba esta dieta con poca comida y mucho baile, pero no es así.No se pueden mezclar hidratos de carbono y proteínas, como en la disociada, pero lo más simpático es que dice que antes de las 8 de la mañana puedes comer lo que te apetece porque no te engorda, ¿no será que estamos dormidos y no nos entra nada?
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