JENNER Y LA VACA BLOSSON: Mi particular homenaje a un héroe del pasado.

Eduard Jenner
Fuente: Wikimedia-Commons

Siento frío, me explota la cabeza y tengo el ánimo por los suelos. Pasaron 15 años y otra vez me enfrento con la ignorancia, la incomprensión y el desprecio de personas que no valoran el hecho de ser yo, la persona que venció a uno de los males más devastadores de la humanidad: “El más temido de los ministros de la muerte” según los egipcios.
Una enfermedad que a lo largo de los siglos mató a más personas que todas las otras enfermedades juntas, sin embargo, el Real Colegio de Médicos de Londres no me acepta como miembro, ya que según ellos no tengo los conocimientos suficientes sobre Hipócrates ni Galeno.
– ¿Qué sabrán ellos? No necesito su reconocimiento. Tengo la satisfacción de haber sido yo el que venció a la viruela, el temible mal que se remonta desde tiempos muy antiguos, tan mortífero que en algunas tribus no le ponían nombre a los niños hasta que la sufrieran y sobrevivieran a ella.
Recuerdo nítidamente aquellos años en los que mi consulta se abarrotaba con enfermos de todas las edades llenos de llagas. Enfermos que me agarraban la mano y me suplicaban mirándome a los ojos que los ayudara, que no les dejara morir; enfermos que veían en mí a la mano amiga que los iba a sujetar al borde del precipicio para no dejarlos caer al abismo de la muerte.


La visión de aquellos ojos no me abandonaba ni de día ni de noche, trabajaba mucho y dormía poco. Mi gran consuelo era mi esposa Catalina que, a pesar de su enfermedad, estuvo siempre a mi lado, ayudándome, apoyándome y consolándome de mis enormes frustraciones como médico rural.
Fueron años terribles, la población temerosa se refugiaba en la religión, en las supersticiones o en la brujería para no padecer o librarse del mal. Cada nuevo día tenía una gran pelea interior, replanteándome continuamente mi vocación. Estaba dedicando mi vida a intentar aliviar y curar a los demás, pero ante una enfermedad así, me sentía impotente e inútil. A menudo pensaba que debía haber aceptado el puesto de naturalista que me ofrecieran en la expedición del Capitán Cook, seguro que me hubiera sentido más satisfecho conmigo mismo y a lo mejor hubiera descubierto alguna sustancia curalotodo, aunque con que curara la viruela me conformaba.
No fue así y tenía que aceptarlo. Lo mejor en estos casos, según mi padre, es tirar para delante y no mirar hacia atrás.
Así fueron pasando los años hasta que un día por casualidad oigo la conversación de Alice, la lechera que me traía la leche todas las mañanas, con otra vecina. Alice le estaba diciendo ante las risas de su acompañante que ella estaba a salvo de la viruela porque ya se había infectado con la viruela de su vaca. De repente, un recuerdo saltó en una de mis  neuronas. Años atrás había leído que en países de Oriente utilizaban una técnica llamada “variolización” que consistía en extraer pus de una persona enferma y se aplicaba con una pequeña incisión a la persona sana. Si había suerte aparecería una viruela atenuada o benigna y, si no había suerte, el resultado era la muerte. Esto era similar a lo que les estaba pasando a los granjeros de Berkeley, se infectaban con el virus de la viruela de la vaca que sólo producía pústulas en las manos dejándolos a salvo de la viruela humana. Así fue como empecé a elaborar mi plan, inocularía virus de la viruela de la vaca como preventivo de la infección por virus de la viruela humana. Fui reticente a la hora de contárselo a los demás. Al final sucumbí a mi desazón y se lo conté a mis amigos que me miraron como a un bicho raro y hasta llegaron a preguntarle a mi mujer si me había vuelto loco de tanto trabajar.
Todos esos comentarios no me hicieron mella, tenía la certeza de haber encontrado la solución al terrible mal. Pero, ¿quién iba a ser el voluntario? A mi consulta llegaba gente enferma que suplicaba incluso de rodillas que los curara, pero no contaba con gente sana que se prestara a mi experimento. Pasaron muchos meses y, cuando casi me doy por vencido apareció Philip.
Philip era el hijo de un vecino cuya madre como otras muchas, estaba obsesionada con la enfermedad. Siempre me decía que no sería capaz de sobrevivir al hecho de su que hijo cayera enfermo por la viruela y haría cualquier cosa para que no la padeciese, estaba tan desesperada que sólo le faltaba vender su alma al diablo.
Tres días antes de mi 47 cumpleaños extraje pus de la mano de la granjera Sara Nelmes que se había infectado al ordeñar a su vaca Blossom. Con mucho cuidado hice una herida superficial en el brazo de Philip y la impregné con el pus de Sara. A los pocos días apareció una pequeña herida en su brazo que curó rápidamente. Siguiendo con mi experimento, a las 3 semanas volví a repetir el mismo proceso pero esta vez con pus de una persona enferma de viruela y sorprendentemente para todos, excepto para mí, el niño no sufrió mal alguno. Su madre me abrazó y lloró agradecida. A partir de ese momento hice lo mismo con 23 personas de mi pueblo con resultados satisfactorios.
Estaba tan eufórico que mandé un informe detallado a la Real Sociedad de Londres. Mis vecinos me vinieron a felicitar y a dar las gracias. Fueron días de gloria, ir por la calle y que la gente me saludara feliz y me señalara como a un héroe, era muy gratificante.
No todo fueron alegrías sino todo lo contrario, la victoria fue muy amarga, el informe que mandé fue rechazado y devuelto. A partir de ese momento me empezaron a insultar y atacar, diciéndome incluso que transformaba a la gente en vacas. No sólo lo decían los charlatanes y los ignorantes, sino que lo hacían también mis compañeros de profesión que era lo que más me dolía. Sufrí todas aquellas vejaciones con la convicción de que yo estaba en lo cierto y ellos no, eso me animaba a seguir adelante y no necesitaba su aprobación porque los resultados se iban a encargar de darme la razón.
Cada vez que aparecían nuevos brotes de la enfermedad en alguna población cercana, más se llenaba mi consulta de gente para que los tratara para no caer enfermos.
Poco a poco todos los habitantes de mi pequeño pueblo fueron solicitando mi intervención, incluso personalidades como el cura del pueblo vecino que fue el que más me había atacado, acabó recomendando en el púlpito a sus feligreses que se vacunaran.
Como siempre el tiempo acaba dando la razón a quien la tiene y el Parlamento Británico reconoció mi trabajo y en agradecimiento por mi aportación a la prevención de la viruela, me adjudicó una paga para vivir holgadamente el resto de mi vida, aunque no cabe duda que mi mayor premio fue el de haber descubierto el punto débil de este gran mal. La única frustración fue el hecho de que el procedimiento llevara nombre de vaca (vacuna). Me hubiese llenado de satisfacción que quedara como “técnica de Jenner” así el apellido de mi familia quedaría en los anales de la ciencia, pero bueno me consuelo al pensar que no le quedó el nombre de Blosson en honor a la vaca que donó sin saberlo el primer virus para la prevención de tan terrible mal.

Epílogo:

  • Edward Jenner nació en Berkeley, el 17 de mayo de 1749 y murió el 26 de Enero de 1823, víctima de una apoplejía.
  • La OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró oficialmente erradicada a la viruela en 1980.

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la II Edición del Carnaval de Humanidades que en esta ocasión organiza LEET MI Explain.

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