El michelín de la impotencia

Todos las mañanas al levantarme de cama pienso: “Debo estar soñando, yo no soy así”.

En el universo de mis noches me veo ligero, alto, guapo, pero al despertarme toda esa imagen se rompe y vuelvo a ser “el gordo” del que todo el mundo se ríe.

Me siento atrás de todo en clase para no taparle la visión del encerado a nadie porque, según ellos, parezco una columna enorme de ruedas de camión atravesada delante.

No sólo por esa razón me siento al fondo, allí en la esquina izquierda veo la clase en toda su panorámica y también la veo a ella, preciosa, delgada, sensual… A veces me sorprende mirándola y me sonríe picaruela, marcando los oyuelos de sus mejillas. Yo me ruborizo y noto que un calambre me recorre todo el cuerpo y va a parar a mi entrepierna donde noto calor y presión a la vez. No sé como logra siempre detectar mi turbación mi compañero de delante que suelta un comentario grosero y me lanza su goma directa al ojo.

Ya estoy acostumbrado, aunque no cabe duda de que no me gustan los insultos ni las bromas de mal gusto de las que soy objeto. Yo vivo en mi mundo, en el mundo de la fantasía donde con solo levantar la mano todos se mean por los pantalones. Esta coraza defensiva es fuerte porque estoy enamorado.

Ella es la única que me sonríe, no me insulta ni me mira con asco. Puede ser que sienta compasión por mí, pero no quiero ni pensarlo. Mi mente y mi cuerpo sólo acepta que ella me ve tal y como soy en mi interior.

Paso las tardes enteras sin salir de casa, el ordenador es mi única actividad. Navego en la red sintiéndome un ejemplar anónimo y libre. No hay límites para mi imaginación ni para mis búsquedas.

Últimamente entro en muchas páginas de sexo, tras varias visitas cierro los ojos y me acaricio pensando en ella, por un momento mi alma se evade del cuerpo y me sumo en un in crescendo éxtasis de amor, que electriza todo mi interior acabando en un súbito colapso de placer.

Una vez resucitado de mi pequeña muerte sigo mirando las páginas de sexo sin interés y empiezo a comparar anatómicamente los órganos sexuales de los protagonistas masculinos con los míos. Al verlos tan grandes me da la sensación de que eligen a actores que deben tener algún problema de gigantismo peneano, pero cuando miro mi entrepierna no soy capaz de ver mi pene, aún estando erecto.

Hago poses desnudo delante del espejo. Me pongo de perfil y lo estiro hasta sentir dolor. ¡Sí, está ahí, pero es minúsculo!

Obeso

Me tiro en cama y lloro desconsoladamente. Soy como el “Jorobado de Notre Dame”, o peor, gordo, feo, seboso e impotente. La naturaleza hizo conmigo una carambola, no lo pudo hacer peor y de una forma muy cruel. Seré deforme e incompleto pero con un cerebro que siente todo y clama por escapar de este cuerpo. ¡Quiero transmutarme, quiero ser otro!

Desesperado me atiborro de chocolate, ostras, fresas, aguacates, alimentos que dicen que son afrodisíacos, pero lo único que logro es sumarle 2 kilos más a mi asqueroso cuerpo.

También probé al pie de la letra los consejos del jeque Nefzawi en su “Jardín Perfumado”:

“Aquel que se sienta débil para el coito debería beber antes de ir a la cama un vaso de miel espesa y comer 20 almendras y 100 piñones. Deberá observarse este régimen durante 3 días”.

Lo único que conseguí es quedarme casi bizco al tener que contar tantos piñones.

Ante estos fracasos y cada vez con mayor desesperación, decido dar el siguiente paso que es especialmente duro para mí.

Nunca me gustaron los comprimidos ni las cápsulas, mejor dicho, nunca fui capaz de tragar ninguna. Lo intentaba, pero era incapaz de que pasara de mi boca a la faringe, la sentía como un ladrillo enorme que me bloqueaba tanto que incluso empezaba a sudar frío. Mis padres, en una ocasión, ya hartos según ellos de mis tonterías, llegaron a introducirme una aspirina en la garganta, igual que a nuestro perro. Casi me muero del susto y del atrangantamiento que me produjo. A pesar de todo, estoy decidido a tomarla, tengo que conseguir sentirme una persona normal.

Hago el pedido por internet y con mucho esfuerzo y stress (2 horas dándole vueltas para ingerir el pastillón) ya está circulando por mi aparato circulatorio.

Pasa el tiempo y la ansiedad puede conmigo, empiezo a notar la cara colorada y un leve dolor de cabeza, pero nada más.

De repente, me doy cuenta, ¿cómo puedo ser tan tonto? La pastilla me hará efecto si me pongo manos a la obra, sin mi intervención mecánica y mi imaginación, no me va llevar ella sola al país de las mil y una noches.

Empiezo a preparar mi noche loca, un ambiente caldeado, música suave y una película erótica que me pondrá los pelos y otras cosas de punta. ¡Ja, já! ¡Qué nervios!

No sé si fue mi ansiedad por sentirme distinto o es que la pastilla no funcionó, pero mi velada X fue una decepción. Estaba tan centrado en notarme más viril que me costó mucho llegar al clímax. Enfadado conmigo y con el mundo empiezo a romper todo lo que se me pone por delante: tiro las sillas contra las ventanas, las pastillas contra el ordenador, rompo cuadros, destrozo libros… La rabia y la decepción es tan grande que lleno la bañera del baño de agua hasta arriba y meto la cabeza hasta al fondo. Quiero ahogarme, quiero olvidarme de mi mismo. Soy un borrón de tinta asquerosa que lo único que merece es que se borre del mapa.

Van pasando los días y me sumo en una tristeza que me inmoviliza todos mis órganos, no soy capaz de levantarme e incluso se me han ido las ganas de comer.

Tengo la vista clavada en la ventana pero no veo nada, todo a mi alrededor está vacio. Mis padres me llaman por teléfono y yo les corto bruscamente diciéndoles que me dejen estudiar. Estudiar, pienso yo, estudiar la forma de no dejarme morir.

Fueron pasando los días en este estado, pero como si mi inconsciente se revelara, en la madrugada del tercer día, una chispa saltó en mi cerebro. ¡Lo tenía! Unas cuantas incisiones, otros tantos estiramientos y una buena prótesis y problema solucionado.

¡Manos a la obra!

Los días previos a la cita médica se me hicieron eternos. Estaba tan ansioso que no me daba llegado el momento, pero como todo en esta vida, llegó.

Si tuviera que describir lo que paso aquel día en aquella consulta no sería capaz. Estaba en un estado catatónico, sentía que no era a mí a quien estaban examinando. Mi cuerpo no me pertenecía, yo era un simple espectador. Desde mi nube no sentía ni pudor ni dolor. Me imagino que sería el estado nervioso en que me encontraba o el miedo, no lo sé. Lo único que me quedó claro de aquella visita fue el diagnóstico: “Enmascaramiento peneano por grasa abdominal”.

¡No me lo puedo creer, tengo micropene causado por la obesidad! ¡Sólo tengo que adelgazar y seré una persona completamente normal!

Salgo de la clínica dando saltos en el aire y tapándome la boca para no gritar: ¡Tengo micropene! ¡Tengo micropene!

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La obesidad en sí misma no produce disfunción erectil, pero se pueden dar niveles bajos de testosterona en algunos sujetos con obesidad mórbida.

La testosterona es la hormona sexual masculina y se trata de un esteroide de 19 carbonos que se forma a partir del colesterol. Unos niveles adecuados de testosterona en sangre son necesarios para un buen desarrollo sexual y para el ejercicio de la actividad sexual normal en el varón. Su secreción es mayor a primeras horas de la mañana, declinando a primera hora de la tarde y al final del día.

Existen muchas causas de disminución de testosterona corporal y la obesidad se puede incluir en una de ellas. Aumentan las concentraciones de estradiol (hormona sexual femenina) debido a la transformación de testosterona en estradiol dentro de las células grasas. Al bajar de peso se invierten estos efectos.

En la obesidad, los niveles de testosterona total disminuyen proporcionalmente al aumento del índice de masa corporal (IMC), pero no llegan a producir disfunción sexual, es decir, no hay pérdida de deseo sexual ni dificultades en la erección, a menos que vaya acompañado de patologías como diabetes o hipertensión o que estén tomando algún medicamento como ansiolíticos, antihipertensivos u otros.

En ocasiones, la obesidad también va acompañada de una serie de trastornos psicológicos que pueden afectar a la esfera sexual, como baja autoestima, que hace que se sientan inhibidos y avergonzados al verse desnudos. Además, en algunos casos, los pliegues de grasa abdominal son tan prominentes que cubren el miembro viril cual mesa camilla, dando lugar al micropene.

Si nuestro protagonista tuviera una disminución significativa de testosterona, su clínica sería otra totalmente distinta:

  • No tendría actividad ni deseos sexuales.

  • Notaría cansancio por pérdida de masa muscular.

  • No tendría vello corporal y se afeitaría a intervalos cada vez más largos de tiempo.

  • Podría notar crecimiento o dolor en las mamas.

  • No sería fértil.

¿Qué pasará con nuestro amigo? ¿Será capaz de ser un chico completamente normal y conquistar a la chica de sus sueños?

Paciencia, queridos lectores, vamos a esperar que adelgace un poco y después ¿quién sabe? A lo mejor investigo y les cuento como le va su nueva vida.

¡No le pierdan la pista!

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XX Edición del Carnaval de Química que en esta ocasión organiza La Ciencia de Amara.

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2 pensamientos en “El michelín de la impotencia

  1. Me ha encantado el relato. Su ritmo, a veces muy lento y pausado, otras, rápido, es muy efectivo para conseguir que el lector sienta empatía por el protagonista. Especialmente bello es el momento de furia de nuestro amigo.

    Enhorabuena por tu entrada, es maravillosa.

  2. Gran entrada Mª Jesús. Podría ser ficticio pero creo que tiene bastante de realidad. Esperamos la continuación
    Un saludo!

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