Diario de una guerrera

Héroe

China, siglo II a.C.:

Nací en el año del dragón y me llamo Chuslín. Soy la última descendiente de un apellido que se extinguirá con mi muerte, ya que el cielo no agasajó a mis progenitores con un hijo varón.

Me crié en la granja familiar en un valle fértil, atravesado por dos ríos, con mis padres y mi abuela.

Vivíamos del cultivo de la tierra que solo nos daba para comer. Día tras día bajo el sol intenso o con frío penetrante, mi padre y yo realizábamos las tareas más duras del campo. No me separaba de su lado, lo acompañaba todos los días en sus oraciones matutinas, en sus ejercicios e incluso en sus visitas a la taberna cercana, donde siempre me quedaba fuera haciendo rabiar al perro del dueño, mientras lo esperaba.

El trabajo duro y la compañía de mi progenitor hicieron de mi una mujer atípica. Soy capaz de matar un jabalí pero no de preparar un arroz en condiciones. Puedo lanzar una flecha y atravesar un águila pero soy una patosa enhebrando una aguja.

Mi alma es masculina y no se corresponde con mi odiado cuerpo femenino. Me repugna la sangre que emano cada mes de mis entrañas y el dolor opresivo que siento esos días en los pechos, que me dicen continuamente que mi sueño es imposible y que “yo” soy la culpable de que el linaje de mi familia no se perpetúe.

Llevo a cuestas esa culpabilidad que me quema por dentro. Intento no pensar en ella y para conseguirlo, me agoto físicamente hasta el extremo de concentrar al máximo mi mente en el esfuerzo. Hago diariamente muchas horas de ejercicio y me cargo con unas tareas físicas excesivas para mi estructura corporal. Eso es lo único que me hace feliz. El dolor que siento al final del día, lejos de ser para mi una molestia, es una satisfacción. Los músculos hinchados y sudorosos, la espalda contracturada por el dolor hacen que me sienta uno de ellos.

Siempre anhelé ser un hombre. No solo quería hacer lo mismo que ellos, quería que todo el mundo me viera como a uno de ellos.

Una noche, un fuerte impulso interior me arrastró al jardín y alli ante el “Gran Dragón Dorado” de la familia, inmolé mi melena pidiéndole que me concediese la masculinidad. Estuve toda la noche rezándole y entre sueños sentí un aliento gélido en mi cuello y una voz profunda y cavernosa en mis oídos diciéndome que me concedería mi deseo pero a un precio muy alto: Todo acabaría en un plazo de tres años, tras los cuales mi vida expiraría y él acogería mi alma.

Me desperté con un sobresalto, sacudo la cabeza para despejarme pero me caigo hacia delante dándome un golpe contra la piedra. Una brecha en mi frente se abrió, emanando una sangre muy roja. Mojo mi mano en sangre y dejo impresa la palabra “Acepto” en el pedestal.

Pasaron los días y mi entusiasmo iba en aumento cuando la barba empezó a surgir en las mejillas, en el labio superior y en la barbilla, también poco a poco el pelo fue invadiendo la cara interna de los muslos y parte posterior de la espalda, incluso me nació una mata peluda separando las dos nalgas. El tamaño de los pechos empezó a decrecer, mi voz adquirió tonos graves, y mi masa muscular aumentó significativamente. ¡Era maravilloso!

El “Gran Dragón” había escuchado mis deseos y mi cuerpo poco a poco perdía su contorno femenino.

No cabía de gozo dentro de mi, sobre todo cuando la falta de la menstruación y la aparición de un pequeño pene enmascarado tras grandes rizos de pelo negro, eran la prueba definitiva de que era un varón.

Intenté que mis padres no percibieran mis cambios, pero eran demasiado evidentes. Me miraban asustados y apenas me hablaban. Pasaban muchas horas rezando en el templo familiar para que sus ancestros eliminaran lo que ellos suponían que era una maldición.

Poco a poco comprendí que mi presencia les hacía mucho daño, por lo que decidí marcharme lejos del hogar y alistarme en el ejército. No solo pretendía alejarme de mi familia sino también quería irme lejos, como si al aumentar la distancia alargara el tiempo.

Servir al Emperador era mi aspiración máxima y ansiaba formar parte de una comunidad donde el respeto, el honor, la nobleza y la fidelidad eran la moneda de cambio.

Mi ansiado reclutamiento como miembro del ejército Imperial se demoró unos meses, pero al final lo conseguí.

La vida militar era una aventura diaria sobre todo en lo referente al comportamiento de mis compañeros. Hablaban a gritos, insultándose con comentarios despectivos, se saludaban a golpes y se divertían bebiendo y haciendo bromas de mal gusto. Me costó mucho encajar en aquel ambiente, no se parecían para nada a mi padre. Me gastaron bromas crueles y recibí palizas que no sabía a que venían. Tenían un comportamiento desconcertante que hacía que estuviera alerta en todo momento. Con el paso del tiempo, los fui conociendo mejor y me fui dando cuenta de que eran niños grandes, que a su manera querían llamar la atención y conseguir un estatus superior en el grupo. Yo los intentaba imitar pero al ir cogiendo seguridad en mi misma, empezé a traslucir poco a poco, mi verdadero yo. Ellos eran capaces de orientarse e intuir un peligro acechante, yo en cambio era sensible a su sufrimiento tanto físico como psíquico. Podía ver en sus caras y en sus comportamientos la huella del dolor y yo estaba siempre alli para curarlos, escucharlos y consolarlos. Poco a poco me convertí en un miembro especial del grupo, querido y respetado, demostrándomelo miles de veces cuando nos bañábamos juntos en el río, haciendo la vista gorda cuando me veían sin ropa y apenas se visualizaba mi falo.

Las cosas se fueron torciendo a comienzos del tercer año de mi estancia alli. Mi tripa empezó a hincharse y mis músculos se empezaron a atrofiar. Mi aspecto físico se deterioraba día a día y el dolor proveniente de mis entrañas me atenazaba. El afán de superación de antaño, asi como mi alegría, se fueron desvaneciendo poco a poco. Pasaba la mayoría de las noches sin dormir, merodeando por los bosques vecinos, buscando plantas que me aliviaran el dolor.

Mis remedios medicinales se agotaban enseguida y cada noche tenía que alejarme un poquito más. En mis incursiones nocturnas viví muchas aventuras, algunas horripilantes, como la de aquella noche que me atacó un coyote y casi me deja sin un brazo o cuando me enfrenté cara a cara con una serpiente. Sin embargo, no todas mis experiencias en la penumbra fueron terroríficas, sino al contrario, la mayoría fueron maravillosas. Los sonidos, el cielo estrellado e incluso el olor de la noche, me transmitían sensaciones placenteras que me hacían cerrar los ojos para sumergirme en ellas. La noche era al mismo tiempo mi cielo y mi infierno, en la que gozaba y sufría al mismo tiempo. Encontré viejos senderos de ganado, una cueva cubierta por la maleza y cerca de ella una preciosa cascada con aguas cristalinas cuyas gotas parecían perlas al reflejarse la luna sobre ellas. Cuando las crisis de dolor eran muy intensas me acurrucaba en el fondo de la cueva agarrando las piernas muy fuerte contra el abdomen hasta que el dolor se aliviaba y después entraba en un sueño reparador mecida por el sonido del agua.

Una noche fue justamente el sonido del agua el que me alertó. Unos fuertes chapoteos acompañados de susurros y crujidos de ramas hicieron que aguzara el oido y me aproximara con sigilo a la salida de la cueva. No podía creer lo que veían mis ojos. ¡Bárbaros! Eran oteadores y probablemente ya habían descubierto la posición de nuestro campamento.

Antes de los primeros albores del alba, ya estaba preparada. Las tiendas de campaña parecían espectros con las luces de la mañana que presagiaban lo que iba a pasar.

Lejos de estar nerviosa me invadía una gran paz, había llegado mi hora, pero moriría como siempre quise hacerlo con honor y no llorando de dolor y amargura en un viejo camastro.

Cuando el ruído de los cascos de los caballos bárbaros se hacía progresivamente más aterrador y antes de que la flecha clavada en el pecho me matara, tuve fuerzas para encender el río de dinamita que nos hizo saltar a todos por los aires, al mismo tiempo que gritaba: ¡Va por ti, papá!

Sé que mi padre no pudo oirme en aquel momento o a lo mejor sí. A partir de aquel día aparecí repetidamente en sus sueños. No le dejé descendencia, pero su apellido quedará para siempre en los anales de la historia y mi hazaña será contada generación tras generación a partir de los testimonios de mis compañeros, que fueron testigos desde la cueva del bosque, de la fuerza interior de la que todos sabían que era “una fuerte y noble guerrera”.

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Chuslín tenía un cáncer de ovario que le causaba virilización por aumento de las concentraciones de testosterona producidas mayoritariamente por el tumor de ovario.

La clínica que desarrolla esta elevación de hormonas sexuales es muy llamativa. La mujer, a ojos vista, se va transformando físicamente en un varón.

Empieza a perder su contorno femenino con disminución de las mamas y aumento de masa muscular. La voz pierde su timbre femenino haciéndose más grave, comienza a desarrollar calvicie y aparece vello grueso en múltiples zonas como las mejillas, barbilla, el labio superior, en la cara interna de los muslos, en la espalda y en la zona interglútea.

Un método sencillo utilizado para valorar el exceso de vello corporal o hirsutismo es “la escala de Ferriman y Gallwey modificada” en la que cada una de las 9 zonas sensibles a los andrógenos se le asigna un valor de cero a cuatro. Puntuaciones superiores a 8 sugieren un exceso de crecimiento de pelo mediado por andrógenos, necesitando una valoración médica urgente.

Escala Ferrimann-Gallway

Un síntoma llamativo y la mayoría de las veces ocultado en las patologías que cursan con exceso de andrógenos es la clitoromegalia o lo que es lo mismo el aumento del tamaño del clítoris.

Una longitud de clítoris mayor de 10 mm o un diametro del mismo mayor de 7 mm, medido por su base, es diagnóstico de clitoromegalia aunque la medida que se considera más fiable es el “índice clitórico” que se calcula multiplicando la anchura por la longitud del clítoris. Un índice superior a 35 mm² se correlaciona estadísticamente con un nivel de andrógenos elevado.

Da la sensación al leer lo anterior, que las mujeres solo tienen testosterona (hormona sexual masculina) cuando padecen alguna enfermedad, pero no es así. En condiciones normales, el ovario y las glándulas suprarrenales de la mujer producen 2 tipos principales de andrógenos: La testosterona y la androstendiona, esta última acaba transformándose en testosterona en la piel y en la grasa.

Una vez formada la testosterona se transforma gracias a la enzima “5-alfa-reductasa” en dihidrotestosterona, un esteroide más potente que va a ejercer los efectos androgénicos o si queréis para que nos entendamos mejor, los efectos masculinizantes en los folículos pilosos y en los genitales.

Siempre que notemos un aumento de vello corporal (hirsutismo) o una virilización debemos consultarlo a nuestro médico porque a lo mejor no presentamos ninguna patología que eleve los andrógenos sino que la causa de esta elevación pueden ser unos medicamentos o preparados para uso deportivo que estamos tomando.

Medicamentos que aumentan andrógenos:

  • Danazol

  • Testosterona

  • Agentes anabolizantes

Fármacos no androgénicos que estimulan el crecimiento generalizado del pelo:

  • Fenitoína

  • Ciclosporina

  • Minoxidil

  • Diazóxido

  • Eritropoyetina

Si excluímos la toma de medicamentos, el dopaje o el cáncer de ovario, existen otros padecimientos que pueden elevar la testosterona, como los ovarios poliquísticos o el fallo ovárico precoz, pero difícilmente se alcanzan en estos, los niveles de andrógenos tan elevados ni se desarrolla el cuadro clínico con la rapidez y agresividad con que lo hace, el cáncer de ovario.

Mª Jesús

Esta entrada es la cuarta participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XX Edición del Carnaval de Química que en esta ocasión organiza La Ciencia de Amara y la tercera aportación al XIX Edición del Carnaval de Biología que en esta ocasión organiza La Fila de Atrás.

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