El Doctor Homúnculus en: “La muerte ebria”

Me llaman el Doctor Homúnculus. Los que no saben el significado de esta palabra se reirán al leerla y no comprenderán como puedo llamarme así, los que la conocéis ya os imagináis como soy. Una cabeza gigante y repulsiva, insertada en un cuerpo raquítico, con unos pies enormes como base.

Odio con todo mi alma mi aspecto físico, solo me dio sufrimientos. Mis vecinos se mofaban de mi cuando me cruzaba con ellos por la calle y para los compañeros de colegio era el objetivo perfecto de sus salvajes ataques. Así es que tras varios años de insultos, vejaciones y lesiones, dejé de ir a clase y me encerré en casa.

Gracias al apoyo incondicional de mi madre y su amistad con la bibliotecaria del pueblo, tuve siempre a mi disposición libros y revistas de todo tipo de temas. Leía de todo, pero poco a poco mis gustos se fueron decantando por las ciencias, sobre todo por la medicina. Pasé los mejores momentos de mi vida intentando buscar los diagnósticos correctos para cientos de historias clínicas inventadas por mi e inspiradas en un viejo cuaderno que alguien había dejado olvidado en las páginas raídas de un viejo tomo de Fisiopatología.

Todas las noches escuchaba atentamente los cotilleos y comentarios de mi madre al llegar de su trabajo y poco a poco fui dirigiendo mis preguntas hacia los males que sufrían los animales de nuestros vecinos. Mi madre sorprendida al no tener que dar rienda suelta a sus monólogos habituales y al ver que me interesaba el tema, traía a diario novedades sobre el estado de salud de la cabaña vecinal. Así fue, como mi curiosidad y mis ganas de llevar a la práctica mis conocimientos me hicieron salir de mi voluntaria reclusión. Me convertí en un veterinario furtivo, camuflado en la oscuridad de la noche. Una capa y un maletín de utensilios, fabricados por mis propias manos, fueron mis primeros útiles de trabajo, que poco a poco fui completando con unos frascos con pócimas y ungüentos que yo mismo preparaba en mi habitación gracias a la amorosa participación de mi progenitora que me traía los productos químicos necesarios de la botica del pueblo.

Mis aventuras nocturnas eran cada vez más habituales y sabía que de un momento a otro iba a ser descubierto porque era consciente de que mi concentración en el caso clínico que me ocupaba, bajaba mi estado de alerta. Pero para mi sorpresa, eso nunca llegó a pasar, y, lo más paradójico es que empezaron a llegar a casa personas enfermas o heridas que reclamaban mi ayuda bajo la mirada cómplice de mi madre.

Me encantaba poder aplicar mis conocimientos en vivo y en directo, pero sabía que como médico me faltaba algo. No era capaz de empatizar con mis pacientes, oía sus penas y sufrimientos como quien escucha un telediario. No sentía nada, no les transmitía nada. Yo sólo me limitaba a arreglar los desperfectos.

Tantos años de vejaciones y sufrimientos recibidos de esas mismas personas me hicieron de todo menos sensible, por eso, a mi manera iban a recibir su castigo aunque eso sí, siempre bajo la premisa del “Primum non nocere”.

Tras organizar mis ideas, me puse manos a la obra y con la suerte a mi favor, la primera víctima se presentó ante mi puerta a primera hora de la mañana, llamando insistentemente al timbre. Cual sería mi sorpresa cuando al abrir la puerta me encuentro ante mi, a mi verdugo más cruel, el chico que aparecía insistentemente en mis pesadillas y me sometía a las peores torturas, el chico que casi me mata cuando entre él y su cuadrilla me ataron por los pies y me colgaron boca abajo en el interior de un pozo de una mina cercana donde pasé horas terroríficas hasta que vinieron a rescatarme. A pesar de todo el sufrimiento, nunca les di a mis acosadores el placer de ver en mi cara miedo ni humillación, pero eso si, toda esa rabia contenida durante tanto años iba a salir de un momento a otro, como oro negro a presión en forma de…¡Vendetta!

Allí estaba delante de mi, llorando como un niño pequeño sujetando la barriga por el dolor y tropezando contra las paredes. ¡Lo tenía en mis manos!

Al verlo, pensé que sufría una simple borrachera, pero al explorarlo detenidamente me di cuenta de que había algo más. Estaba demacrado, frio y sudoroso, con la piel y los labios azulados y con una tensión arterial baja; respiraba con dificultad y había perdido parcialmente la visión. La pista decisiva para definir el diagnóstico me lo confirmó el olor de su aliento similar al del limpiacristales y la pérdida de visión que presentaba, acompañada de una progresiva y peligrosa dilatación pupilar.

Doña Fortuna era mi aliada, tenía que actuar con rapidez, los minutos eran decisivos, así es que preparo el material necesario, lo ato a la camilla con las correas de seguridad, sin resistencia alguna por su parte y me dispongo a ponerle el suero en vena. Le dirijo palabras tranquilizadoras que lo van relajando poco a poco mientras el contenido de la botella va infiltrándose en su torrente circulatorio como una serpiente sigilosa en busca de su presa. Sus músculos progresivamente se van relajando de la tensión de las últimas horas y empieza a balbucear palabras sin sentido. Mientras le aplico mis conocimientos, contengo mi ira tantos años atrapada en el rincón más oscuro de mi conciencia, pero estallo sin control, en el momento en que la palabra “perdón” sale de su boca. Fuera de mi, arranco con furia la botella del suero terapéutico y se la pongo delante de sus ojos. No entiende al principio mi reacción pero al centrar sus pupilas y leer la composición escrita en la etiqueta: “Alcohol: Etanol”, sus ojos se desorbitan y un grito aterrador queda abortado en su garganta a medida que se va sumiendo en un profundo, oscuro y laaaaaargo sueño.

Mi venganza se había consumado.

Gotero

Desde el primer momento supe cual era la dolencia que presentaba. Su color de piel, el dolor abdominal, la visión borrosa y sus antecedentes de borracho empedernido me habían dado la pista definitiva para el diagnóstico: “Intoxicación por metanol”

El metanol (CH4O) o alcohol metílico, llamado también alcohol o espíritu de la madera se produce tras la destilación en seco de la madera. Tiene muchos usos, tanto domésticos como industriales: Tintes, resinas, pegamentos, anticongelantes, limpiacristales, en aditivos para mejorar el octanaje de las gasolinas, barnices, disolventes, etc. Además es un componente habitual en dosis pequeñas en vino y licores debido a que este alcohol se produce por la desmetilación enzimática de las pectinas del pellejo de la uva. Los vinos tintos son los que más metanol contienen seguidos en orden decreciente por el vino blanco, brandy, whisky y ron.

La intoxicación habitual se produce por el consumo de bebidas alcohólicas adulteradas con metanol, aunque hace años era habitual diagnosticarlo en niños sometidos a friegas con este alcohol (más barato que el habitual) para curar sus dolencias, ya que aparte de absorberse por vía digestiva también lo hace por la piel. Una vez absorbido tarda de 8 a 24 horas en notarse sus perversos efectos y si se consume al mismo tiempo con etanol (el alcohol presente en las bebidas habituales), tarda más.

Los daños que produce el metanol son, en muchos casos, irreversibles. El formaldehído y el ácido fórmico, productos de la metabolización del metanol en nuestro organismo, son muy tóxicos para el Sistema Nervioso, concretamente la afectación del nervio óptico que puede llegar a producir ceguera irreversible dependiendo del tiempo que se tarde en instaurar el tratamiento.

Si la intoxicación es crónica en dosis pequeñas, pero constantes, da lugar a cirrosis hepática. Si por el contrario la intoxicación es aguda, la clínica es más florida con mareos, náuseas y vómitos, dolor abdominal, dificultad respiratoria, color azulado de piel y mucosas, tensión arterial baja, calambres, debilidad y afectación ocular.

 Metanol

Ya pasaron 12 horas y la camilla sigue ocupada, vino mi madre varias veces a llamarme y saber si me pasaba algo, pero yo le gritaba desde el otro lado de la puerta que me dejara tranquilo.

Repaso lo sucedido en las últimas horas. A pesar de todo me encuentro feliz y muy satisfecho conmigo mismo. Estoy tan contento que preparo una larga lista de futuros aspirantes a estar en esa camilla dispuestos a recibir mi venganza.

Voy recogiendo y limpiando mi sala de trabajo, cuando por el rabillo del ojo veo los ojos abiertos de mi víctima fijos en mi. El susto me deja petrificado, mi cuerpo empieza a sentir los efectos del miedo de antaño, en el momento que mis compañeros se fijaban en mi, sabía que no me esperaba nada bueno. Empiezo a retroceder instintivamente y mantengo agarradas unas tijeras en el bolsillo de mi bata, cuando de repente oigo su voz que me dice:

¡Tío, pensé que me ibas a matar metiéndome alcohol puro en vena! ¡La próxima vez me pones dos rondas más!

Nos echamos a reír al unísono y le explico que el alcohol que le suministré por vía intravenosa (el etanol) es uno de los tratamientos indicados para la intoxicación por metanol. El metanol y el etanol (componente habitual de las bebidas) compiten por la misma enzima (alcohol deshidrogenasa) para metabolizarse, igual que dos chicos peleando por la misma chica para aparearse. En este caso fue mi alcohol, el etanol, el que se llevó a la enzima alcohol deshidrogenasa al huerto dejando plantado al malvado y ruín metanol, que no tiene más remedio que ir desapareciendo del cuerpo lentamente sin metabolizarse y sin hacer daño.

Al charlar animadamente, me sentí por un momento otra persona, libre de la maldición de mi físico y libre del odio que sentía hacia él, pero sabía que todo era un espejismo fruto de la emoción del momento. Mis deseos de revancha estaban ahí ocultos en algún lugar de mi mente esperando darle una lección al siguiente que llamara a mi puerta.

Mª Jesús

Esta entrada es mi segunda participación de Vendo mi cuerpo por ser delgada en la XXII Edición del Carnaval de Química que organiza Roskiencia.
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2 pensamientos en “El Doctor Homúnculus en: “La muerte ebria”

  1. Genial, increíble. Me ha asombrado este post, quizás algo más que el otro. Me ha llegado esta entrada tan literaria y a la vez científica. Felicidades, muy bueno.

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