Décimo octava entrega de “Daniela, crónicas de una niña obesa”

Además del gen de la leptina se están estudiando pequeñas variaciones en el código genético de las personas obesas con resultados prometedores, pero no determinantes, es decir, una persona puede tener un grupo de genes que la predisponen a padecer obesidad pero sin un entorno ambiental que lo favorezca, esta nunca llegará a manifestarse. Todo esto da pie a que no solo se estudien los genes en sí, sino también las modificaciones que produce el entorno en los mismos.

Estas modificaciones se llaman “cambios epigenéticos”.

Estudios epigenéticos:

El plano genético de nuestro sistema corporal contiene las instrucciones para la construcción de toda nuestra maquinaria corporal. Cada parte de este plano tiene una serie de interruptores (realmente no son interruptores, son marcas químicas) que se activan o se desactivan según los necesitemos al recibir las señales correspondientes. Si yo, por ejemplo, me fuera a vivir a África, las condiciones de vida de mi nuevo hogar supondrían un esfuerzo extra para mi organismo que tendría que adaptarse al nuevo ambiente. Una adaptación vital para mantenerme con vida sería que determinados genes ahorradores que hasta ahora estuvieron más o menos tranquilos y calladitos, se pusieran a trabajar para aprovechar al máximo, lo poco que me pudiera llevar a la boca.

Nuestro organismo lo hace de forma automática pero imaginaros que yo lo pudiera hacer de forma manual. Buscaría en mi lista de genes aquellos que potenciaran el ahorro de energía y apagaría aquellos que fueran más despilfarradores, ya que el cuerpo tiene que adaptarse a la privación de comida.

Si pudiera hacer esta manipulación manual de mi genoma otro gallo cantaría, ya que, seguro que tengo apagados algunos genes que me harían más guapo, más alto, más listo y más gracioso.

Estudios de la microbiota intestinal:

Aparte de nuestros propios genes, tenemos muchos más dentro de nuestro cuerpo, que son los genes de todos los microbios que nos acompañan diariamente. A este conjunto de genes los científicos les llaman “metagenoma” y al conjunto de microbios corporales, “microbiota”.

Hace años los científicos descubrieron que trasplantando el conjunto de microbios intestinales de un ratón perfectamente sano, a otro totalmente estéril, este último engordaba. Parece raro pero es muy sencillo, los microbios están en simbiosis con nosotros y nos ayudan a hacer la digestión, absorbiendo mejor los alimentos, aparte de otras funciones como la de defendernos de determinados microbios que nos pudieran hacer daño.

El ratón trasplantado comía igual que cuando era estéril pero engordaba más.

Los estudios actuales se centran en encontrar alguna diferencia entre la flora bacteriana de un individuo obeso y la de otro que no lo es.

Los grupos de bacterias más frecuentes en nuestro cuerpo son los Firmicutes, los Bacteroidetes y las Actinobacterias.

Los primeros resultados de los estudios de investigación determinaron la existencia de más Firmicutes y menos Bacteroidetes en personas obesas.

Mirando todo esto, va a ser que Daniela tiene unos microbios intestinales supertrabajadores y yo supervagos, porque los de ella le deben ayudar a aprovechar mejor la comida que ingiere, mientras que los míos no.

¡Vamos a tener que hacer un trasvase de microbios intestinales desde las tripas de Daniela a las mías y viceversa!

Investigaciones en el Sistema Endocannabinoide:

El nombre parece complicado pero al repetirlo varias veces, enseguida caigo en la cuenta que debe ser un derivado del cannabis, la planta de donde procede la marihuana y el hachís.

De las muchas sorpresas que me dio el estudio del cuerpo humano, ésta se lleva la palma. ¿Cómo es posible que tengamos receptores específicos al cannabis en nuestro cerebro, a la espera de que le llegue la ración diaria de marihuana para activarse y sentir sus psicodélicos efectos?

Solo se me ocurren dos posibilidades, o nuestros tatarabuelos echaban la droga a la sopa o tenemos sustancias muy parecidas en el organismo.

Tras hojear un par de libros y unas cuantas consultas en internet: ¡Bingo! ¡Estaba en lo cierto! Dentro de nuestro cuerpo tenemos sustancias químicas muy similares al cannabis, los endocannabinoides que el organismo produce como mecanismo de defensa ante el dolor y situaciones estresantes. Estas sustancias son derivados de los ácidos grasos con efectos alucinantes como euforia, disminución del dolor, relajación muscular y aumento de apetito (ya sé que algunas personas no consideran el hambre como un efecto alucinante, yo sí porque es raro que la tenga). Me vendría de maravilla de vez en cuando un subidón de endocannabinoides si no fuera porque producen ansiedad, boca seca, bajada de temperatura y pérdida de memoria a corto plazo.

El sistema cannabinoide juega un papel muy importante en la regulación del apetito. Un trastorno a este nivel generaría una alteración en el mantenimiento del peso corporal. Es en este punto, donde se están desarrollando muchas líneas de investigación a la búsqueda de sustancias específicas que frenen el apetito sin afectar al estado de ánimo ni a otras facetas corporales.

Está claro que Daniela tenía muy desarrollado el sistema endocannabinoide porque siempre estaba contenta y con mucha hambre (eso sí, hasta que se puso a dieta ya que sigue con mucha hambre pero con muy mal humor).

Estudios sobre el tejido adiposo marrón:

Dentro de nuestro cuerpo tenemos dos tipos de grasas, igual que en casa tenemos aceite para quemar y cocinar, el cuerpo tiene grasa blanca que utiliza cuando necesita aporte de energía y grasa marrón que es la que quema para calentarse.

Si las vemos al microscopio se diferencian en que las células grasas del tejido adiposo marrón son pequeñas, con gotitas de grasa minúsculas y con muchas mitocondrias (el horno celular donde se queman las grasas) en cambio, las células del tejido adiposo blanco son grandes con una única y enorme gota de grasa y con pocas mitocondrias.

Este tipo de grasa marrón se encuentra en roedores y mamíferos teniendo un papel clave en la hibernación. En el hombre su localización principal es alrededor del corazón y de los grandes vasos sanguíneos para mantener su temperatura estable.

Los bebés suelen tener más tejido adiposo marrón que los adultos. Esta grasa se concentra en el tórax, a lo largo de la columna vertebral y alrededor de los riñones y de las glándulas suprarrenales.

Lo que hace especial a la grasa marrón es una proteína llamada “termogenina” o “proteína desacopladora UCP-1” que a manera de interruptor cambia el modo de acción de la mitocondria y quema la energía almacenada en la célula en vez de utilizarla como energía aprovechable para otras funciones.

Los estudios de investigación se centran en conseguir la forma de convertir la grasa blanca en grasa parda o marrón o en acumular cualquier exceso de calorías en grasa parda.

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Multitud de moléculas se están investigando en la actualidad, muchas de ellas con resultados prometedores y otras abocadas al fracaso. El tratamiento ideal sería aquel que estimulara la saciedad o/y el quemado de las grasas, sin interacciones ni efectos secundarios.

Esto es muy difícil porque en nuestro cuerpo la misma sustancia ejerce muchas y variadas funciones, estando siempre su actividad controlada por moléculas que la estimulan o inhiben según el caso.

Todas estas interacciones son las que hacen difícil encontrar la píldora mágica contra la obesidad.

Probablemente dentro de unos años, alguna investigación pionera eche por tierra nuestros conocimientos actuales y se adopten nuevas posturas sobre el tema.

¡Mientras tanto creo que Daniela no tiene más remedio que comer menos si quiere adelgazar!

 Continuará…

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