Dr. Homunculus en: La Violación Dormida

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El presagio de los más viejos del pueblo se había cumplido. Sabían con certeza que esa masa celeste que apareció aquella mañana en el firmamento, no iba a traer nada bueno. Multitud de desgracias iban a cubrir el pueblo de llantos y dolor. Prueba de ello eran ya, las 25 mujeres víctimas de abusos y violaciones sexuales.

Primero fueron las jovencitas, pero con el paso del tiempo las violaciones se fueron extendiendo a mujeres de más edad.

La policía estaba desorientada. El violador era un tipo muy hábil que no dejaba huellas.

Las mujeres mancilladas aparecían en sus casas tras largas horas ausentes, con las ropas desgarradas y manchadas, sin recordar nada de lo que les había sucedido, ni donde ni con quien habían estado en las últimas horas. Era como si el violador hubiera borrado de su mente lo que él no quería que rememoraran.

A mi consulta fueron llegando una por una. Las atendí más con cariño y comprensión que con ciencia. El daño orgánico se recuperaba más o menos rápido, pero el daño psíquico perduraba. Depresión, ansiedad, angustia, agorafobia e incluso histeria se hacían cada vez más habituales.

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Una mañana, me estaba despidiendo en la puerta de dos vecinas, madre e hija (esta última violada en los últimos meses), cuando se acerca Tomás un vecino del pueblo que las saluda familiarmente y me dice si puede hablar un momento conmigo. Las mujeres se marchan y nosotros entramos en mi despacho.

Tomás era de mi edad. Fuimos juntos al colegio donde apenas se relacionaba con nadie. Pasaba el día somnoliento y se quedaba dormido en cualquier sitio, en clase, en la iglesia, en la parada del autobús e incluso sentado en el WC.

Aparte de quedarse dormido le pasaban cosas muy extrañas, si se reía con intensidad o le pegaban un susto, se caía al suelo como si se hubiera desinflado, sus músculos perdían toda la fuerza.

Era un tipo raro pero sin embargo y a diferencia mía, lo respetaban. Me imagino que el hecho de que su padre fuera el juez del pueblo influía en el asunto.

Yo intentaba hacerme amigo de él, pero pasaba de mi, de hecho a veces llegué a pensar que era un autómata. Llegaba todos los días a clase y tenía la misma rutina, dejaba sus cosas en la taquilla, se sentaba en la mesa, afilaba su lápiz y pasaba las hojas del libro con los dedos llenos de saliva.

Un día quise comprobar por mí mismo si era un autómata de verdad, así que cambié su lápiz por un bolígrafo, repitiéndose la misma escena, acabando rayada la punta del boli.

El miedo a mis compañeros acosadores no era nada con el miedo que empecé a sentir hacia él, estaba convencido de que estaba poseído por un alma en pena o por un alienígena malvado que iba a someter a toda la humanidad.

Al ir pasando los años, estas ideas se fueron poco a poco desvaneciendo de mi mente. No quedaban apenas rastro de ellas, sobre todo ahora viéndolo frágil e inofensivo delante mía.

Al principio y de forma rápida, charlamos de como nos iba la vida para dar paso con diligencia al asunto en cuestión. El tono de su voz reflejaba angustia, hablaba con voz baja y titubeante.

Se quejaba de que últimamente tenía problemas de convivencia con los demás por su persistente olor a orines. No lo podía evitar, involuntariamente y sin motivo alguno se le escapaba la orina. Necesita poner pañales o compresas para evitar estar continuamente mojado. De día y de noche, aquello era una tortura. En cierto modo, está contento de que su trabajo sea al aire libre ya que, dentro de su quiosco de periódicos, bebidas refrescantes y chucherías pasa desapercibido.

Detrás del mostrador nadie nota el bulto de su pañal en los pantalones.

Le pregunto por sus antecedentes personales para saber si padece alguna enfermedad o toma algún medicamento, así como sus síntomas actuales en busca de alguna pista que me ayude a definir el diagnóstico. Indago también si sigue sufriendo aquellos episodios de somnolencia diurna que tenía de pequeño y él me contesta que no. Desde hace cinco años no se volvieron a repetir las crisis de sueño, gracias a un medicamento buenísimo del que no recuerda el nombre. Sólo fue tomarlo dos meses y quedar completamente curado.

Le indico que se acueste en la camilla y tras una exploración física de rutina no encuentro nada anormal salvo una ligera hipertensión arterial. Me dispongo a hacerle una cistoscopia para ver el estado de su vejiga cuando de repente una sensación de alarma recorre mi cuerpo.

La narcolepsia, el padecimiento que presentaba Tomás de pequeño, es una enfermedad crónica que no se cura, solo remite. Necesita tomar un medicamento de por vida, para disfrutar de una vida normal.

¿Por qué me miente entonces y me oculta que está tomando algo para la somnolencia? ¿Estará tomando alguna droga ilegal?

A vueltas con mis tumultuosos pensamientos realizo de forma automática la prueba exploratoria, cuando una idea horrible asalta mi mente: ¡Oh, Dios mío! ¡El oxibamato sódico! ¡No puede ser, Tomás es el …!

Me demoro un poco de más en la cistoscopia para intentar frenar mi corazón desbocado y aclarar mis ideas. Cuando por fin aplaco mi ansiedad le digo que no veo nada anormal. Sólo me queda hacer una prueba adicional, pero antes tenemos que descansar un poco, tomando algo y hablando del pasado. Tomás, acepta incomodo y delante de él, lleno dos vasos de una bebida alcohólica que hace mi madre totalmente casera. Para distraerlo le cuento el miedo que sentía hacia él cuando yo era pequeño, porque pensaba que era un autómata. Tomás se desternillaba de risa mientras bebía largos tragos sin caer en la cuenta de que estaba ingiriendo alcohol. Así fue, como poco a poco mi compañero de infancia fue entrando en el mundo de los sueños, donde llevó tantas veces a sus víctimas, despertando al día siguiente en los calabozos de la cárcel municipal, sin saber que le había pasado ni como había llegado hasta allí.

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Tomás presentaba narcolepsia, un trastorno que cursa con somnolencia durante el día a pesar de haber dormido bien de noche. Es una patología que afecta a 1 de cada 2.000 personas y tiene un claro componente genético. La única alteración bioquímica detectable en esta enfermedad es la carencia de la hipocretina-1, un neuropéptido excitador situado en un grupo de neuronas circunscritas en el hipotálamo cerebral.

Además del exceso de somnolencia Tomás presentaba episodios cortos y repentinos de debilidad muscular que le hacían caer al suelo. Estos episodios eran desencadenados por estímulos emocionales intensos, como por ejemplo, reírse a carcajada limpia. Esta debilidad muscular se llama cataplejía.

Aparte de la cataplejía, la narcolepsia puede ir asociada a un comportamiento automático como el que presentaba Tomás de pequeño, todas las mañanas al afilar su lápiz de forma mecánica y a la llamada “parálisis del sueño” en la que la persona que la sufre, se despierta totalmente paralizada, lo único que puede hacer es mover los ojos y respirar.

A menudo pensamos que una persona con narcolepsia pasa la mayor parte del día durmiendo, pero no es así. Una persona con narcolepsia no duerme más que una persona normal, lo que pasa es que tiene el sueño desestructurado. Tardan muy poco tiempo en quedarse dormidos y los episodios de sueño REM son más abundantes y precoces, es decir, tienen una latencia menor de lo habitual para iniciar la fase REM. Un adulto normal, habitualmente, no se queda dormido antes de los 10 minutos y no presentan sueño REM en las siestas diurnas como les pasa a los narcolépticos.

La narcolepsia puede iniciarse en cualquier edad aunque lo más frecuente es que lo haga en el 2º decenio de la vida. Eso sí, una vez instaurada la narcolepsia es de por vida, es decir, crónica y sin remisiones.

Existen varios tratamientos indicados para la narcolepsia, uno de ellos es el oxibamato de sodio o sal sódica de gamma hidroxibutirato (GHB), utilizado en los casos más difíciles de narcolepsia con cataplejía.

El oxibamato sódico es un depresor del SNC (Sistema Nervioso Central), disminuye la somnolencia diurna, mejora la arquitectura del sueño disminuyendo su fragmentación y suprime la debilidad muscular que produce la cataplejía.

No se conoce su mecanismo exacto, sin embargo, parece que su acción reside en disminuir la frecuencia del sueño REM y aumentar la fase 3 y 4 del sueño noREM.

Se metaboliza mediante el ciclo de los ácidos tricarboxílicos (ciclo de Krebs) dando lugar a CO2 y H2O, aunque también secundariamente puede sufrir una β-oxidación.

La actividad del oxibamato de sodio se potencia al consumirlo con alcohol, en el que es muy fácil enmascararlo porque el medicamento es incoloro e insípido. Los efectos se perciben al momento, dando lugar a desinhibición y amnesia retrógrada muy útil en la llamada “violación en una cita”. Además de este, el oxibamato tiene otros usos ilícitos, como el de actuar como anabolizante por estimulación de la secreción de la hormona de crecimiento (GH).

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Los efectos secundarios del oxibamato sódico son la anorexia, la hipertensión arterial (el oxibamato contiene 0,82 g de sodio en una dosis de 4,5 g/día), enuresis nocturna e incontinencia urinaria (era de lo que se quejaba Tomás), además de presentar potencial de abuso y dependencia.

Tomás trabajaba en su quiosco situado en una esquina del parque. Aprovechaba la llegada de una mujer en horas de baja afluencia y estudiaba con la mirada si había alguien en el entorno. Chicas y no tan chicas venían a tomar un vaso de sangría que era la especialidad de Tomás. Vendía todo tipo de bebidas pero su sangría hecha con el mejor vino del pueblo tenía una fama reconocida.

Mientras la víctima bebía la sangría con el ingrediente especial que le ponía Tomás (el oxibamato), la amenizaba con su otra especialidad, los chistes de suegras. A los pocos minutos el efecto sedante del cóctel hacía mella en la mente de la chica, momento en el que Tomás aprovechaba para invitarla a pasar al cubículo de la parte de atrás del quiosco donde desahogaba en ella toda su furia sexual. Tras el abominable acto y con mucho cuidado de no ser visto, abandonaba la víctima todavía bajo los efectos del oxibamato y el alcohol en cualquier lugar inhóspito, donde poco a poco, iba despertando con la angustia de no saber donde estaba ni qué hacía allí.

Mª Jesús

Esta entrada es mi segunda participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XXIII Edición del Carnaval de Química que en esta ocasión organiza Moles y Bits y mi segunda aportación al XXII Edición del Carnaval de Biología que en esta ocasión organiza Consultoría y Educación Ambiental.

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