Décimo novena entrega de “Daniela, crónicas de una niña obesa”

Daniela está muy triste.

Su padre lleva varios días encerrado en su habitación con las persianas bajas, no quiere comer, no quiere hacer nada y menos ver a nadie. Cuando se anima un poco y se sientan todos juntos a comer, ya no hay risas ni anécdotas. Lo único que hace, en el tiempo que dura la comida, es revolver el contenido del plato cabizbajo y llevar a la boca pequeños bocados espaciados. Si por un momento levanta la cabeza y lo miras a los ojos, descubres una mirada apagada que parece que te mira pero que no te ve, como si estuviera atrapado en la negrura de su mente y no pudiese, ni quisiese salir.

A Daniela se le parte el corazón. Se lo achaca más a las decepciones causadas por ella que al problema de su trabajo en sí.

Se culpa de haber sido egoísta y caprichosa. Considera que hizo sufrir sin necesidad a sus padres. Es consciente de que a veces no cumplía la dieta porque no era capaz y otras veces era sólo por llevarle la contraria a su madre. En ocasiones, lo hacía de forma inconsciente, pero otras veces buscaba el enfrentamiento directo para no coger el toro por los cuernos.

Su único deseo es que todo fuera como antes. No quiere volver a sentirse culpable cuando mira a los ojos de su padre ni a la defensiva cuando se acerca a su madre.

Tras unos días especialmente duros para ella y para su familia, Daniela aparece una mañana en mi habitación llena de alegría y vitalidad, con un libro bajo el brazo y una pelota en el otro. Al verla se me iluminó la cara, era como revivir el pasado. Salimos corriendo escaleras abajo en dirección al jardín y empezamos a jugar felices y despreocupados. No me atreví a preguntarle que le había pasado, no quería de ningún modo, romper la magia del momento. Quería pensar que todo había sido un mal sueño y que por fin habíamos despertado los dos de una larga pesadilla.

Tras dos horas jugando, nos tumbamos en la hierba y Daniela pone en mis manos el libro que había traído con ella.

Mi primera sorpresa fue que no era un libro, sino un diario, “su diario”.

Al principio me encontraba desconcertado, no era capaz de comprender lo que pretendía, pero al ir avanzando en la lectura, una oleada de alivio y satisfacción recorrió mi cuerpo. Había llegado el momento del relevo.

Mi diario, “Daniela: Crónicas de una niña obesa” iba a dar paso al “Diario de Daniela” escrito en primera persona por su protagonista.

Deseo con toda mi alma que consiga el objetivo que se propone y ella sabe que yo siempre estaré a su lado para apoyarla.

FIN

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