Preliminar del “Diario de Daniela”

Diario

Hace meses cuando empezó mi pesadilla, me parecía una chorrada que Jesús investigara y recopilara información sobre la obesidad para ayudarme.

Me parecía un bicho raro cuando se ponía a buscar en los libros de su padre cosas como metabolismo, proteínas, tiroides, etc. y lo que más me llamaba la atención era que se divertía.

Yo para nada voy a hacer lo mismo, pero creo que me va a ser muy útil escribir lo que hago y lo que pienso, para no caer otra vez en el comportamiento egoísta y caprichoso de antes.

No fui consciente de que tenía un problema con la comida, hasta que el médico me dijo que tenía que bajar de peso. No lo vi difícil al principio, de hecho, hasta me ilusioné pensando en que me iba a convertir en una chica delgada y espectacular. La alegría duró muy poco.

Los días iban pasando y yo perdía fuelle a medida que la idea de comer se fijaba en mi mente como una obsesión. Tenía una lucha interior continua que me cambió el carácter. Los libros y los juegos que antes me fascinaban los dejaba de lado. Empecé a odiar el momento de la comida en que estamos todos juntos e incluso la compañía de Jesús me llegó a molestar. Solo quería estar sola.

Viendo la primera dieta del médico reconozco que no es tan mala, basta que piense que sólo puedo comer lo que está escrito para que me entren ganas de otras cosas y lo peor de todo, es que cuanto más me riñen por tomar algo prohibido, peor me siento, ya que en esos momentos de enfado, el hambre aprieta mas fuerte. Siento como si mi cuerpo buscara la comida como una necesidad, una emergencia. Se revela por mí y contra mí y me impulsa a comer. Si no logro mi objetivo, la obsesión en mi mente crece, crece como una bola de nieve, hasta que no aguanto más y reviento. Tengo que comer, necesito urgentemente calmar ese malestar.

Mirando atrás me doy cuenta que la comida fue siempre una buena amiga. Recuerdo que cuando mi abuela me iba a buscar al parvulario la chantajeaba o camelaba, según estuviera yo de humor, para que me comprara un huevo de chocolate o unas patatas fritas, y eso justo antes de comer. La pobre mujer no tenía paciencia ninguna y estaba visto que yo con la boca llena no la incordiaba.

Al ir creciendo, la comida y sobre todo las chucherías iban siempre conmigo: en el recreo, en el cine, en las tardes de estudio, en la playa y hasta en la cama. Ahora entiendo porque me cuesta tanto estar a dieta, la dependencia que tengo de mi amiga “la comida”, no es tan fácil de eliminar. Me siento como si ella más que mi colega, fuera mi hermana gemela, al faltarme siento un gran vacío que ocupa mi mente y mi estómago en todo momento.

Las primeras semanas a dieta las fui llevando más o menos bien, pero al ir pasando los días, buscaba la forma de salirme del plan de comidas estipulado, primero a hurtadillas y después a ojos vista, protegiéndome tras un escudo de agresividad.

No fui consciente de como había cambiado mi carácter hasta que mi padre enfermó.

Ya no era el foco de atención, estaba sola. Sola y humillada. Me sentía fatal por el comportamiento tan egoísta y caprichoso de las últimas semanas y también me sentía fatal por mis padres, verlos sufrir de ese modo me partía el alma. Era consciente del dolor que les producía esta nueva situación, en cambio, no supe ni quise ver el dolor que les causé yo.

Hablé seriamente con mi madre y le pedí que me diera otra oportunidad. Le dije que no sabía si sería capaz de conseguirlo, pero lo iba a intentar con todas mis fuerzas. Solo necesitaba que ella confiara en mi.

Mi madre no rechistó como yo esperaba ni tampoco me dijo que sí. No hicieron falta las palabras. Lo único que hizo fue darme un abrazo muy fuerte que me llenó de alegría.

Así es, que a partir de hoy, voy a anotar en este diario las dietas que me prescriba el doctor, las dudas que me van surgiendo, mi evolución y como no, mis percepciones interiores.

De sobra sé que el camino no va a ser fácil pero me siento fuerte, y estoy segura de que lo voy a lograr.

Continuará…

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