Diario de Daniela: Un posible agujero menos en mi cinturón

Esta noche dormí fatal. No paraba de revolverme inquieta en mi cama mientras miles de hormigas corrían a sus anchas por mi estómago produciéndome una sensación nauseosa, mientras mi cabeza no paraba de dar vueltas.

No tenía motivos para estar nerviosa y sin embargo lo estaba. No sabía si mi inquietud se debía al hecho de empezar la dieta de nuevo o el tener que enfrentarme cara a cara con el doctor.

Mi ansiedad no desapareció con el nuevo día, sino al contrario, fue en aumento. Toda la mañana anduve descentrada por casa. Lo único que me tranquilizaba un poco, era la idea de que sería mi padre quien me acompañara a la consulta. Sabía que él no iba a intervenir en la conversación salvo que fuera estrictamente necesario. De esa forma me obligaría a llevar la voz cantante y cargar yo con el peso de la entrevista, sin las interrupciones y los comentarios habituales de mi madre.

Una vez en la consulta, cuando llegó nuestro turno, entramos en el despacho del médico, sorprendiéndome gratamente, la alegría y la familiaridad con que nos recibió. Me hizo sentir como si hubiera recuperado una hija pródiga.

Nos preguntó que tal estábamos y me invitó a hablar.

Al principio me temblaba la voz, pero poco a poco fui cogiendo seguridad, ayudada por los comentarios graciosos, con los que me interrumpía el doctor para relajar la conversación. Mis palabras, progresivamente, fueron adquiriendo un ritmo sereno y maduro que sorprendió a todos, incluso a mi misma. Le solté todo aquello que llevaba tiempo acumulando y que debí habérselo contado en su momento.

Mi discurso no fue muy largo, pero dije todo lo que quería y necesitaba decirle y lo más importante era que ahora me encontraba con fuerzas para hacer dieta.

El médico, sorprendido ante mi espontaneidad, me sonríe paternalmente y me invita a que nos pongamos manos a la obra.

El primer paso sería poner al día mi historia clínica en la que, por supuesto, no podía faltar el peso.

Subí a la balanza, con los ojos cerrados y le pedí que no me dijera cuanto había engordado. Lo único que quería saber era la variación que iba experimentando cada semana, aunque yo la notaría antes en el agujero de mi cinturón.

Empezó a teclear la dieta, mientras yo no paraba de hablar, fruto de la adrenalina desbocada y de la euforia del momento.

Cuando acabó de redactarla, empieza a explicármela, pero yo lo interrumpo continuamente con preguntas que me vienen a la mente. Mi padre estupefacto se queda pasmado con una cara muy graciosa, pero yo ni caso:

– ¿Por qué no me pones pan normal en la dieta, en vez del pan tostado?

– Todo a su tiempo, Daniela. Vas a comer de todo, pero no todo a la vez. Concretamente en esta dieta, te pauté el pan tostado porque es más saciante y en algunos casos, como el tuyo, menos apetecible que el pan de panadería. Es una forma de educarte para que no sopetees ni hagas bocadillos con las viandas del plato.

– ¿Puedo beber refrescos light?

– La bebida ideal es el agua. El agua es el medio donde se realizan todas las reacciones químicas que tienen lugar en nuestro cuerpo. Es necesario un aporte fluido de la misma para reponer sus pérdidas así como para renovarla periódicamente. De todas formas, en el caso de que notes ansiedad de dulce o un apetito exagerado entre horas, puedes beber un refresco acalórico, siempre que no caigas en el abuso.

– Y… ¿tú haces dieta?

(Mi padre me regañó por impertinente, pero al doctor le hizo mucha gracia).

– Daniela, la dieta no es simplemente un menú para bajar de peso. Estar a dieta es un estilo, una forma de vida. Mi misión es corregir aquellos aspectos de tu actividad y de tu alimentación que dieron lugar a tu desajuste ponderal. Vas a aprender a comer bien y ser capaz de reconocer cuando estás saciada. Sólo necesitas un orden y estimular comportamientos adecuados, ya verás como, cada vez te va costar menos llegar al peso recomendado para ti.

Traía más preguntas en el tintero pero no recordaba ninguna más.

El doctor, aunque ya lo sabía, me preguntó cuales eran mis comidas preferidas. Le negué con la cabeza. Quería que me pusiese lo que él creyera conveniente. Me asusta pensar que a lo mejor me incluye algún antojo de los míos y después no sea capaz de controlarme.

Dieta

Me despido muy contenta, aunque me iba con la sensación de que me quedaba alguna cuestión en el tintero. Voy a tener que apuntarlas para preguntárselas en la próxima cita.

Salgo de la consulta exultante, estaba deseando llegar a casa y ponerme manos a la obra.

Cinturón

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