Estómago engaña a cerebro

La obesidad es un problema de salud pública a nivel mundial. La búsqueda de una solución satisfactoria que ponga freno a su aumento exponencial, ha sido hasta ahora un camino infructuoso.

Somos metabólicamente ahorradores y lo demostramos ya en el momento de nacer. El bebé humano ocupa el nº 1 del ránking de reservas grasas, seguido muy de cerca por la cría de foca.

El establecimiento de sistemas complejos de señales químicas intra y extracelulares a lo largo de nuestra historia evolutiva permitieron el aprovechamiento y la utilización de nutrientes de forma ágil y eficiente. Todos los procesos digestivos, absortivos y metabólicos están bajo control milimétrico para que el combustible que ingerimos se aproveche de manera óptima y eficaz.

El problema surge cuando hay un desequilibrio entre la ingesta y el gasto, a favor de la primera. Este exceso energético se acumula en forma de grasa que invade e infiltra tejidos, minando poco a poco, el normal funcionamiento de los distinto órganos de nuestra economía.

Quizás la evolución, tras varias generaciones, sea capaz de potenciar las señales de saciedad con el fin de limitar la ingesta, de forma proporcional al incremento de los depósitos grasos. Pero este futuro está todavía muy lejano, a no ser que… Utilicemos algún pícaro ardid, digno del pequeño Lazarillo de Tormes:

Lazarillo

El hambre o la sensación de apetito se genera en el hipotálamo cerebral, pero paradójicamente no se percibe en esta localización, sino que la notamos en nuestro estómago, como si una mano invisible lo estuviera apretando y retorciendo para sacar su última gota de jugo nutritivo.

Si el cerebro nos engaña haciéndonos creer que es el estómago, el que nos pide comida, ¿por qué nosotros no entramos en el mismo juego y engañamos al cerebro, haciéndole creer que nuestro reservorio gástrico está lleno o que tiene poca capacidad?

Parece imposible, sobre todo partiendo del hecho de que es el cerebro, el que elabora las tácticas y no es tan tonto para engañarse a sí mismo. A no ser que, le atemos un cinturón al estómago para que no le quepa tanta comida; se cosa para hacerlo más estrecho y pequeño; se le aplique una descarga eléctrica para confundirlo o incluso se rellene con algún material.

Esto último es lo que parece a simple vista lo más práctico, ya que no necesitamos acceder al estómago por cirugía. Sería ideal, tragar una pastilla que al llegar a la cavidad gástrica, se hinchara como un globo y ocupara parte de su luz. Pero, aún en el caso de que existiera esta píldora mágica, no puede obstruir la salida del estómago, debe ser resistente al ambiente ácido, no puede tener bordes ni ángulos que lesionen la pared gástrica, debe degradarse con el tiempo y es necesario que sea radiopaca, para que en caso de tener complicaciones, la podamos visualizar con una radiografía.

Hoy en día, lo que más se asemeja a esta estratagema es el balón gástrico, un dispositivo que ocupa parcialmente la luz gástrica y reduce, por compromiso de espacio, la ingesta de alimentos. Se introduce en el estómago por vía endoscópica y una vez allí se hincha, flotando en el mismo durante un período de 6 meses a 1 año, hasta que se retira.

Existen en el mercado distintas variedades de balón: Esféricos, cilíndricos, ovales, de silicona, de elastómero, rellenos de aire o de líquidos, etc.

La elección de uno u otro depende de la experiencia del cirujano.

La forma de implantarlo es sencilla. Se introduce deshinchado en el estómago del paciente sedado, mediante endoscopia digestiva. Una vez allí, se puede rellenar con aire, pero la mayoría de las veces se hace con un líquido azul compuesto por suero fisiológico y un colorante, el azul de metileno.

El motivo de teñir su contenido, no es más que un sistema de aviso en caso de rotura del mismo, así una orina con un alarmante color azul nos alertará de que el balón se ha roto.

La tolerancia es buena a largo plazo, pero en los primeros días son frecuentes las náuseas y los vómitos repetidos. Para minimizar este efecto indeseable, se rellena el balón de forma progresiva y se acompaña de medicamentos como inhibidores de la secreción de ácida y procinéticos que disminuyen las náuseas y la sensación de pesadez.

Este tipo de dispositivos deben evitarse en pacientes con patología gastrointestinal previa, en personas a tratamiento con fármacos gastrolesivos como antiinflamatorios no esteroideos, corticoides y aspirina; en pacientes psiquiátricos y en aquellos en los que su Indice de Masa Corporal (IMC = Peso / Talla2) sea menor de 30 kg/m².

El balón es una buena técnica para bajar de peso durante 6-12 meses. Se utiliza como paso previo a una cirugía de obesidad u otra cirugía de cualquier órgano, con el fin de que el abordaje quirúrgico se haga en mejores condiciones.

Si queremos utilizar el balón gástrico como método de adelgazamiento único, no es buena opción. No debemos olvidar que con él engañaremos al cerebro durante el tiempo que esté insertado en nuestro estómago, pero una vez extraído, volvemos a estar en la situación de partida. Corregimos un síntoma durante una secuencia temporal sin abordar la causa que originó nuestro desajuste ponderal.

Balón_intra

Si queremos que la bajada de peso sea algo más permanente, podemos recurrir a un pequeño arreglo de modista y con un par de costuras o unos cuantos grapados le hacemos un apaño al estómago, dejándolo más pequeño. Esta técnica se denomina “gastroplastia” y consiste en crear dos cavidades estomacales comunicadas entre sí por un orificio de más o menos 1 cm, para permitir el paso del bolo alimenticio.

Gastro_h

En sus comienzos, esta técnica se realizaba cosiendo o mejor dicho, suturando el estómago en horizontal, dejando un pequeño agujero que comunicaba las dos bolsas gástricas creadas. El problema surgía cuando las potentes contracciones del estómago conseguían dilatar el primer reservorio y/o el orificio de comunicación. Esta dificultad se solucionó, suturando la pared del estómago en vertical, paralelo a su curvatura menor, insertándose además un anillo de silástic en el orificio de salida.

Gastro_v

Es una técnica sencilla que puede ser fácilmente reversible, pero no está exenta de riesgos. La rotura de las líneas de sutura, la obstrucción o el estrechamiento del orificio o estoma y la aparición de intolerancias alimentarias múltiples, pueden ser algunos de los efectos adversos que pueden surgir.

Una técnica similar que no necesita costuras es el bandaje gástrico que bien podíamos llamarlo “cinturón de saciedad”. Es una banda de silicona rellenable con suero fisiológico que aprieta literalmente el estómago, dividiéndolo en dos cámaras gástricas comunicadas entre sí. El paso entre estas dos cámaras está regulado por el grado de presión que apliquemos al cinturón.

Aunque es una técnica relativamente simple que se hace por vía laparoscópica, puede presentar complicaciones, como infecciones, hernias, dilataciones y roturas estomacales, además de inclusiones de la banda en la pared gástrica.

Bandaje

Todas estas técnicas descritas hasta ahora, son restrictivas, es decir, tienen como función reducir el volumen de la cavidad gástrica de una forma mecánica. El estómago se llena con menos cantidad de comida, activándose antes la sensación de saciedad.

Si, por el contrario, somos de los apasionados por las nuevas tecnologías y queremos engañar a nuestro cerebro de forma más sofisticada, al estilo del agente 007, podemos interferir las señales eléctricas del estómago, tomando nosotros las riendas de su funcionamiento y así manipular a nuestro gusto el apetito. El estómago, en su pared, tiene una capa muscular encargada de los movimientos de batido y de vaciado del mismo. Igual que el resto de músculos de nuestro cuerpo, este tejido muscular gástrico responde con una contracción, ante una estimulación eléctrica generada por los nervios que lo inervan. Un electrodo externo implantado en esta capa muscular puede alterar el ritmo y el vaciado gástrico, haciendo que la digestión se enlentezca y tardemos más tiempo en tener apetito. Es lo que se llama el “marcapasos gástrico”.

Marcapasos

Este electrodo no puede situarse en cualquier zona del estómago, ya que los efectos pueden ser totalmente opuestos. Si situamos el electrodo en la parte superior del estómago en lo que se llama marcapasos anterógrado, aumentamos el vaciado gástrico, es decir, el estómago queda libre de su carga y pide más comida. La implantación en esta zona es útil para patologías como la gastroparesia, es decir, ausencia de contracciones gástricas, pero no para tratar la obesidad.

Si en lugar de implantar el electrodo en la parte superior, lo implantamos en su parte inferior o distal, retrasamos su vaciamiento, prolongándose en el tiempo la sensación de saciedad, siendo útil en este caso como tratamiento de la obesidad.

El marcapasos gástrico está contraindicado en personas con arritmias cardíacas, embarazo y lactancia, en padecimientos gástricos como úlceras y gastritis o con la toma de medicamentos, como la aspirina o los antiinflamatorios.

Todas estas técnicas existen y se practican en la actualidad. Son los procedimientos quirúrgicos “mínimamente invasivos” para el tratamiento de la obesidad realizados por cirujanos experimentados.

No existen técnicas mejores ni peores. Es el médico especialista el que tiene que decidir el tratamiento adecuado de forma individualizada y acompañarlo siempre de un abordaje multidisciplinar.

Mª Jesús

 

“Este post participa en el XXIII Carnaval de Biología edición especial micro-BioCarnaval, que hospeda @ManoloSanchezA en su blog Curiosidades de la Microbiología

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