Epidemia por realimentación

La guerra se está alargando y ya quedamos pocos.

Las tropas enemigas destruyeron todo a su paso. La ciudad natal del jefe de la rebelión, mi marido, no podía quedar sin castigo. Nuestras casas fueron arrasadas y quemadas, dejando en nuestras almas una impronta de rabia y desolación.

Caminamos varios días, montaña arriba, mientras que atrás quedaban nuestras vidas. El fuego que ardía por doquier, calcinó todas nuestras esperanzas de sobrevivir.

Incendio

Va para dos meses que llevamos en esta cueva camuflada en un mar de maleza. Los más fuertes salimos a cazar y a recolectar frutas y semillas. Tenemos que conseguir comida como sea, en caso contrario, el duro invierno acabará con nosotros.

Hace meses que no tenemos noticias de lo que está pasando fuera, aunque me imagino lo peor. El ansia de libertad y de una vida igual para todos, que proclamaba mi marido, probablemente se haya estrellado contra las metralletas del poder. La mayoría del grupo pide a Dios una muerte rápida y sin sufrimiento. Es lo único que nos queda por soñar. Sigue leyendo

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