Epidemia por realimentación

La guerra se está alargando y ya quedamos pocos.

Las tropas enemigas destruyeron todo a su paso. La ciudad natal del jefe de la rebelión, mi marido, no podía quedar sin castigo. Nuestras casas fueron arrasadas y quemadas, dejando en nuestras almas una impronta de rabia y desolación.

Caminamos varios días, montaña arriba, mientras que atrás quedaban nuestras vidas. El fuego que ardía por doquier, calcinó todas nuestras esperanzas de sobrevivir.

Incendio

Va para dos meses que llevamos en esta cueva camuflada en un mar de maleza. Los más fuertes salimos a cazar y a recolectar frutas y semillas. Tenemos que conseguir comida como sea, en caso contrario, el duro invierno acabará con nosotros.

Hace meses que no tenemos noticias de lo que está pasando fuera, aunque me imagino lo peor. El ansia de libertad y de una vida igual para todos, que proclamaba mi marido, probablemente se haya estrellado contra las metralletas del poder. La mayoría del grupo pide a Dios una muerte rápida y sin sufrimiento. Es lo único que nos queda por soñar.

Las mujeres no se alejan mucho de la cueva por miedo a las alimañas, yo en cambio voy cada día más lejos. No tengo miedo. La compañía de mi perrita mastín Hera, me da seguridad y protege de una forma admirable a todo el grupo. Gracias a ella pudimos salvarnos de una manada de lobos hambrientos, que se aproximaron una noche sigilosamente mientras dormíamos, otro día nos alertó de una víbora que estaba escondida debajo de una piedra dentro de la cueva y todos los días nos ayuda en la búsqueda de comida para subsistir. El noble animal nos protege como si fuéramos su camada, con ella a mi lado, vivir sigue teniendo algún sentido.

Hera

El invierno y la muerte se aproximan al unísono. Mi desesperación va en aumento y mis nervios no me dejan dormir. Empiezo a alejarme cada vez más de la cueva y Hera viene conmigo. Le regaño para que se quede cuidando al grupo pero ella hace oídos sordos y nunca se separa de mi. En el fondo de mi ser, es lo que más deseo, su presencia me tranquiliza mucho. Somos dos cuerpos con una misma mente. Tal es nuestra compenetración, que un gesto, un sonido o un movimiento, es detectado al unísono por la otra parte.

Recorremos largos trayectos y habitualmente regresamos al anochecer con alguna presa para la cena. Es raro que volvamos de vacío, de hecho si no logramos cazar nada, conseguimos casi siempre, alguna raíz comestible que Hera me ayuda a desenterrar con sus grandes zarpas.

Un día, cerca de un camino, la faz de Hera me alertó. Presa de una descarga de adrenalina me escondo detrás de un árbol mientras ella mira sin parpadear, a un par de soldados que empujan cuesta abajo una vieja furgoneta, cuyo viejo motor posiblemente los había dejado tirados.

No tuvimos que mirarnos siquiera, sabíamos cual era nuestro papel en este juego. Me erguí muy despacio con la honda en una mano y la piedra en la otra, mientras Hera se aproximaba lentamente a la parte de atrás del vehículo. Fallé el primer tiro. La piedra dio de lleno en el cristal del parabrisas, volando miles de pequeños cristales por los aires, ante la mirada perpleja y aterrada de los soldados. Antes de que pudieran desenfundar sus pistolas, una piedra certera dio de lleno en la frente del soldado más alto, mientras que Hera se encargaba del otro. En esos momentos, la dulce y tranquila perrita se transformaba en una fiera, rápida, sagaz y sanguinaria.

Paso al lado de los soldados sin mirarlos porque sabía que lo que acababa de hacer, me iba a pasar factura en forma de remordimientos y pesadillas aquella noche, cuando de repente noto una mano agarrándome el tobillo. ¡Dios mio no estaba muerto! Pensé que el impacto de la piedra en la cabeza lo dejaría fuera de juego para siempre, como hizo David con el gigante Goliat. Al instante y emergiendo como un resplandor blanquecino a mis espaldas, veo a Hera saltando encima del soldado, pero él ya la esta esperando con una navaja en la mano. La daga atravesó certeramente su corazón. La pobre perrita cayó a mi lado como un peluche desgarrado y sin vida. En ese momento, la rabia, la furia y las lágrimas me obnubilaron. No recuerdo como fui capaz de quitarle la navaja de la mano al soldado, pero nunca olvidare los cientos de cuchilladas que le metí al desdichado. Una tras otra, no era capaz de parar, parecía una loca, una posesa.

La soledad y el miedo atenaza mi alma, ¿Qué va a ser de mí sin tí, Hera?

Histérica y desesperada, agarro el cuchillo y rasgo la piel de mi muñeca.

– ¡No te dejaré sola, siempre estaremos juntas, Hera!

Quiero romper de una vez por todas el hilo que me agarra a la vida. Llorosa y dolorida, me desplomo en el suelo y pierdo el sentido.

No sé cuanto tiempo estuve inconsciente. Cuando desperté tenía la boca seca y un gran vacío en mi interior. Como un autómata abro la puerta trasera del coche en busca de armas y de alguna prueba que me diga que está pasando ahí fuera, un periódico, una carta, no sé cualquier cosa. Cual sería mi sorpresa cuando veo que el coche está cargado de víveres: Latas de conservas, patatas, cebollas, fruta, leche… Era un milagro, aquello bien racionado nos mantendría con vida todo el invierno.

La alegría se instauró en la cueva, mujeres y niños recibieron con euforia y alegría la comida que les llevé. Hicimos varios viajes para transportar toda la mercancía. En el grupo se respiraba optimismo y aquel día se hizo un pequeño banquete para celebrarlo.

¡Como cambia el ánimo de una persona cuando un tenue rayo de esperanza se asoma en su vida! Las fuerzas y el optimismo reaparecen e incluso se habla de planes de futuro, cuando hace pocas horas todo estaba cubierto de negras sombras.

La noche fue maravillosa para todos excepto para mi. No quería probar bocado, estaba destrozada. Me hicieron tomar a la fuerza un plátano del que solo pude comer la mitad. Solo quería morir, pero no era valiente para consumarlo.

De madrugada, como si fuera una pesadilla, empecé a oír un coro de quejidos y llantos procedentes del interior de la cueva. Como una bala corro hacia el interior y el espectáculo que contemplo es dantesco. Tres mujeres que eran las que tenían más edad estaban muertas y los demás, ancianos, mujeres y cuatro niños estaban hinchados, respiraban con dificultad y se fatigaban con un mínimo esfuerzo.

¡Dios mío! La comida estaba envenenada. Tenía que hacer algo, no podía quedar de brazos cruzados, veinte personas moribundas necesitaban ayuda y no podía abandonarlas.

Corrí durante horas colina abajo hasta que noté como resbalaban mis pies. Todo a mi alrededor empezó a darme vueltas y de repente mi vida al completo pasó por delante de mis ojos. Una mínima parte consciente sabía lo que me estaba pasando, me moría.

Desperté en un camastro frío de un hospital de campaña, rodeada de multitud de heridos. Me imaginé que estaba con los nuestros ya que en caso contrario, estaría en un calabozo. Al verme consciente, una enfermera me pregunta como me encuentro y me pone al día con las últimas noticias: Los rebeldes se habían hecho con todas las provincias estratégicas y el gobierno dictatorial tarde o temprano no tardaría en rendirse. No faltaría mucho para que fuéramos un país libre. El general, así era como le llamaban a mi marido sería recibido en la capital con honores de jefe de estado.

Mi convalecencia  fue muy corta sobre todo al darme cuenta que en el mismo barracón estaban todos mis compañeros de la cueva, camino de estar completamente recuperados. Respiré aliviada cuando me dijeron que no fue un envenenamiento aunque bien podíamos decir que sí lo fue. Se trataba de una patología con un curioso nombre, “Síndrome por Realimentación”. Tras varios días sin apenas probar bocado, la ingestión de una cantidad considerable de comida, aunque no excesiva (en condiciones normales probablemente hubieran comido mucho más), tuvo efectos nefastos en sus delicados organismos.

Bueno, un final feliz o mejor dicho un sueño feliz porque estoy segura de que estoy soñando. La navaja en mí muñeca llegó a cortar mis venas. Soy en realidad un espíritu errante que recorre los bosques en medio de la niebla, acompañada por mi dulce y querida perrita Hera,  hasta el final de los tiempos.

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El Síndrome de Realimentación consiste en una serie de trastornos bioquímicos que se dan durante los primeros días de ingesta alimenticia en personas con ayuno prolongado (enfermedades, falta de recursos, etc.), en alcohólicos crónicos y en anorexia nerviosa.

El Síndrome de Realimentación presenta desajustes analíticos importantes como hiposfosfatemia, hipopotasemia, hipomagnesemia y déficit de tiamina, además de alteraciones en el metabolismo de la glucosa e intoxicación hídrica.

Esta patología se manifiesta tanto si la alimentación es por vía oral, enteral (sonda colocada en alguna parte del aparato digestivo) o parenteral (vía intravenosa).

El ingreso de alimentos tras un período de ayuno es el pistoletazo de salida para que toda la maquinaria celular que estaba ralentizada, recupere poco a poco su ritmo. La insulina se eleva, y como buen ama de casa que es, distribuye y envía los nutrientes al interior de la célula para comenzar a fabricar todos aquellos componentes corporales que se desgastaron y no se repusieron durante el ayuno.

Este flujo de sustancias hacia el interior de la célula produce un desequilibrio electrolítico entre el ambiente intracelular y extracelular. El caso más representativo de este hecho es la hipofosfatemia que se desarrolla cuando el anabolismo proteico intracelular demanda gran cantidad de fósforo quedando este deficitario en sangre.

El fósforo es un anión eminentemente intracelular, con muchas e importantes funciones. Es necesario para formar enlaces de alta energía como el ATP, interviene en una gran variedad de reacciones químicas dentro de nuestro organismo, forma parte de las membranas intracelulares y regula los niveles de calcio dentro de la célula así como la afinidad de la hemoglobina intraeritrocitaria por el oxígeno.

Fósforo

El fosfato lo aportamos a nuestra dieta con la ingesta de carne, pescados, huevos y legumbres. La ingesta diaria recomendada es de 800 mg/día fácilmente cubierta con una dieta equilibrada. Se absorbe en el intestino delgado, concretamente en el duodeno y en el yeyuno, dependiendo de la vitamina D para absorberse.

En nuestro organismo la mayor parte del fósforo está localizado en hueso, aunque en menor cantidad lo encontramos en músculos sobre un 10%, en otros tejidos un 5% y un 1% en el compartimento extracelular.

La hipofosfatemia es muy peligrosa pudiendo llegar a ser letal. Se manifiesta con valores de fósforo por debajo de 1,0 mg/dl (0,32 mmol/l). Va acompañada de una serie de patologías que pueden llevar a la muerte.

Igual que si fueran perdiendo chispa, uno por uno los órganos corporales van perdiendo efectividad. La musculatura del corazón se debilita; aparecen episodios de destrucción muscular; se desarrolla una encefalopatía metabólica que puede acabar en convulsiones y coma; los músculos respiratorios claudican, llegando a producir una insuficiencia respiratoria y en la sangre, se dan fenómenos de destrucción de eritrocitos y alteración de las defensas inmunitarias. Un cuadro muy grave que puede ser fácilmente prevenible.

El proceso de realimentación tras de un período de malnutrición, debe ser lento, sobre todo las primeras 72 horas. La dieta en estos días debe contener, justo la mitad de las necesidades calóricas que necesita el individuo e ir progresivamente aumentando en cantidad. Es necesario también suplementar con vitaminas y controlar puntualmente los niveles de electrolitos en sangre y orina para evitar una descompensación metabólica. Asimismo es de vital importancia la prudencia y la monitorización rigurosa de este tipo de personas.

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XXV Edición del Carnaval de Química que organiza ISQCH-Moléculas a reacción.

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