Hambre debilitante

El aspecto físico de una persona constituye en la mayoría de los casos, su tarjeta de presentación.

Como si fuéramos magos o pitonisas, somos capaces con una simple inspección visual de determinar si la persona en cuestión nos cae bien o mal por la manera que tiene de saludarnos, si es ordenada por la forma en que va vestida, si es nerviosa o introvertida por sus gestos y maneras e incluso podemos llegar a deducir si es feliz o está amargada por el entusiasmo con que nos habla. Damos por bueno que la primera impresión es la que cuenta, aunque somos conscientes de que no nos gustaría que nos catalogaran con el mismo rasero.

¿A qué viene esto, me dirán ustedes? Viene a que a veces nos vemos con la autoridad de juzgar a otras personas sin darnos cuenta del daño que podemos llegar a causar.

Si no me creen, entren conmigo en la peluquería de la esquina. En ella encontramos a una chica, ayudante de la peluquera, con un precioso semblante, pero con una dura carga de 120 kg en su joven y sufrido cuerpo.

La vemos de un lado para otro trabajando ágilmente. Es muy atenta y amable con toda la clientela. Hace con diligencia su trabajo y solo tiene palabras agradables para todo el mundo.

De repente, nuestra chica, desaparece del salón por una puerta situada detrás de un biombo. Todo el mundo sabe adonde va, y ya se empiezan a oír las críticas a su espalda, mientras demora el cierre de la puerta para escucharlas con tristeza.

Una por una, las clientas, van soltando una retahíla de crueles comentarios:

– ¿Cómo va a adelgazar si se escapa para cebarse? Esa chica no va a conseguir nunca nada en la vida actuando de esta forma.

– Pobrecita, seguro que tiene algún problema psicológico. Debe tener mucha ansiedad y la desahoga en la comida.

– ¡De eso nada, es puro vicio! Lo que necesita es una buena disciplina, “mano dura”, como decía mi abuelo. La culpa es de los padres que no se sentaron un rato para hablar con ella y no le explicaron que estar gorda es muy malo para su salud. Cualquiera puede tener un hijo, pero hay que criarlo bien, no como un cerdo.

– Pues ella dice que no está acomplejada, que es feliz así.

– Menuda mentirosa está hecha ¿a quién cree que va a engañar?¿quién se va a fijar en ella con ese cuerpo deformado que parece un camión de 5 ejes?

Cierra la puerta tras ella, no soporta oír nada más. Unas lágrimas furtivas descienden por sus mejillas mientras come un trozo de chocolate a toda velocidad. Lo mastica poco y mal y apenas lo saborea. Tras acabarlo, llena la palma de la mano con gominolas que introduce en la boca a presión. Apenas es capaz de masticar, pero se encuentra mejor. Conforme la comida va llenando su estómago, va recuperando progresivamente las fuerzas.

Con el paso del tiempo consigue controlar mejor estas crisis de debilidad y puede llegar a predecir cuando van a manifestarse. Empiezan más o menos dos horas después de la última comida con un ligero temblor que recorre todo su cuerpo, al mismo tiempo que su mente pierde agilidad. Siente que se va a desmayar si en ese momento no come algo dulce.

Fue a su médico de cabecera y le diagnosticó trastorno obsesivo-compulsivo, remitiéndola al psiquiatra. Quizás fue culpa de ella que no supo explicarle bien lo que le pasaba o tal vez el doctor estaba muy estresado aquel día y no profundizó lo suficiente en el caso. De lo que sí estaba segura, era de que ella no estaba obsesionada con la comida, la necesitaba realmente como una medicina. ¿Es que nadie la entiende? ¿Tiene que chillar para dejarse oír, tiene que morir para que todos se den cuenta de lo mucho que sufre? ¿No comprenden que en determinados momentos siente un hambre debilitante que le atenaza todo el cuerpo mientras su cerebro se va apagando poco a poco?

Tiene que volver al trabajo. Limpia los dientes y lava la cara en el baño. Ya se encuentra mejor, sabe que el resto de la jornada está bajo control. Faltan 90 minutos para marcharse a casa y allí podrá picar todo lo que quiera sentada en el sofá.

Aquel día fue distinto, las brujas de la peluquería, no se callaron cuando ella volvió a entrar al salón, como hacían normalmente. Al contrario, una por una empezó a soltarle una marabunta de consejos:

– Tienes que comer menos y hacer ejercicio, ¿No ves que te estás poniendo como una foca?

– ¿Por qué no haces la dieta de ese doctor tan famoso? Mi vecina tenía tu mismo problema y adelgazó un montón y ahora está guapísima. ¿No ves que con ese cuerpo no va haber ni un chico que se fije en ti?

– ¿Por qué no vas a la herboristería o a la farmacia y les pides unas hierbas para adelgazar y que te quemen toda esa grasa?

– ¿Por qué…?

Una por una fueron soltando por su boca, advertencias y consejos gratuitos, acompañados de referencias despectivas a su cuerpo. No podía más, cogió su bolso colgado en el perchero y salió de aquel lugar para no volver más.

Antes de contarles que fue de Rita, que así se llama nuestra desdichada peluquera, les voy a preguntar a ustedes, queridos lectores: ¿Qué creen que le está pasando a esta chica? Ya sé que la mayoría me dirán que no son médicos, ni especialistas en dietética y nutrición, pero estoy segura que en este tema no les costará mucho quedarse callados. No quiero decir con esto que vayan a ser tan mordaces y crueles como las clientas de la peluquería, pero a nuestra manera, todos somos un poco cotillas y a veces metemos las narices en los asuntos ajenos.

¿Cuál es el problema de Rita?

  • Ansiedad
  • Vicio o gula
  • Falta de voluntad
  • Depresión, trastorno obsesivo-compulsivo u otro problema psiquiátrico
  • Hipotiroidismo u otra alteración hormonal
  • Mala educación.
  • Genética
  • Falta de ejercicio

Díganme si me equivoco, pero seguro que acerté con la mayoría, ¿o no?

Pues bien, no les voy a dar la solución todavía, antes tenemos que seguir con la historia de Rita:

Corrió calle abajo como si la persiguieran. Su casa estaba lejos pero le daba igual. ¿No querían que hiciera ejercicio? Pues ahora lo estaba haciendo. ¡Ojalá reviente con el esfuerzo!

Llegó al portal de su casa, sin fuerzas. El corazón le latía a toda velocidad, siente que de un momento a otro se le va a escapar dando saltos de la caja torácica. No soporta el zumbido de los oídos y la cabeza le estalla. Parece un atleta de maratón llegando medio moribunda a la meta, sintiéndose cada vez más lenta, cada vez más torpe, cada vez más muerta.

fractal

Lleva ya varios días en observación en el hospital. Si por ella fuera se quedaría allí para siempre, no necesita comer. Hacía tiempo que no recordaba sentirse tan bien si no fuera por la cantidad de pruebas a que la someten: Analíticas, radiografías, ecografías, electrocardiograma, electroencefalograma, TAC (Tomografía Axial Computerizada), resonancia magnética…

Los días pasan y los médicos ya tienen claro el diagnóstico y en este momento Rita está firmando un consentimiento informado para someterse a la extirpación de un insulinoma, un tumor en el páncreas, causante de todas sus desgracias.

¡Suerte, Rita!

Los insulinomas son tumores pequeños localizados habitualmente en el páncreas. La mayoría no sobrepasan los 2 cm y su detección es relativamente difícil. La tomografía computerizada (TAC) puede detectar alrededor de un 70-80% de los insulinomas y la resonancia magnética (RM) hasta el 85%.

La mayoría de los insulinomas son benignos, solamente de un 10 a un 15 % muestran signos de malignidad con metástasis diseminadas por todo el organismo.

¿Por qué un tumor tan insignificante puede producir una obesidad mórbida si generalmente un tumor cancerígeno, lo normal es que produzca pérdida de peso?

Por una sencilla razón, fabrica insulina.

La insulina está formada por dos cadenas peptídicas unidas por un puente disulfuro. Su lugar de síntesis es el retículo endoplasmático rugoso de las células β-pancreáticas. Es una hormona anabolizante que se eleva en los momentos de abundancia energética. Se encarga de almacenar los hidratos de carbono y las grasas que se absorben en la digestión, además de promover la síntesis de proteínas. Sus lugares de acción principales para el desempeño de su función son: el hígado, el músculo y la grasa.

insulina

La insulina es muy rápida y diligente, se une a sus receptores específicos anclados en las membranas de las células, aumentando la permeabilidad de las mismas a los distintos nutrientes.

El acoplamiento de la insulina con su receptor produce un incremento celular de la captación de glucosa, sobre todo en las adipocitos y células musculares, al mismo tiempo que aumenta el paso de aminoácidos y de los iones de sodio y potasio hacia el espacio intracelular.

Una vez dentro de la célula, los nutrientes se utilizan como combustible, como piezas de recambio o pasan a formar parte de la reserva energética. Cuando la insulina termina su función, comienzan a descender sus niveles en sangre, manteniéndose un nivel de glucosa sanguínea más o menos constante de 4,0–6,0 mmol/l o 72-109 mg/dl.

Consideramos que existe hipoglucemia cuando la concentración de glucosa en sangre desciende por debajo de 4 mmol/l (72 mg/dl). En este caso se inicia una respuesta de estrés, con elevación de las hormonas contrarreguladoras (adrenalina y glucagón) que intentan por todos los medios aumentar los niveles de glucosa en sangre. Los síntomas que reflejan esta lucha por mantener una glucemia en su rango normal es el aumento de la frecuencia cardíaca, temblores y hambre.

Si los valores de glucosa caen por debajo de 2,5 mmol (45 mg/dl), la función cerebral empieza a resentirse (neuroglucopenia) pudiendo llegar a producir coma e incluso llevar a la muerte.

La hipoglucemia puede ser debida a una disminución del aporte de glucosa, a su mayor utilización por los tejidos corporales o por un aumento en la producción de insulina. Esto último se da en el insulinoma, un tumor que segrega insulina continuamente, produciendo un descenso de la glucemia a valores menores de 45 mg/dl con una insulina con niveles superiores a 3 μU/ml.

Este descenso acentuado de la glucosa da lugar a una serie de síntomas clínicos, potencialmente graves, que podríamos esquematizar en lo que se llama la tríada de Whipple, caracterizada por:

  1. Crisis de hipoglucemia con concentraciones de glucosa sanguínea por debajo de 50 mg/dl. Puede llegar a bajar tanto la glucosa que en algunos casos de insulinomas es necesario administrar más de 1 kg de azúcar para contrarrestar la hipoglucemia.
  2. Alteraciones del sistema nervioso central con confusión, estupor, convulsiones y coma. Si no se administra glucosa inmediatamente puede dar lugar a un daño cerebral irreversible.
  3. Los síntomas están desencadenados por el ayuno o el ejercicio y se alivian rápidamente con la ingesta o la administración parenteral de glucosa.

Como vemos el cerebro es uno de los órganos más afectados ya que depende mayoritariamente de la glucosa como combustible aunque puede utilizar en algunos casos los cuerpos cetónicos, fruto del metabolismo de las grasas en ausencia de glucosa. La difusión de la glucosa desde la sangre hacia el cerebro no depende de la insulina, sino que está en función directa de la concentración de glucosa en sangre arterial, por eso es tan peligroso el descenso de la glucemia sanguínea.

La obesidad se va instaurando en las personas con insulinoma debido a la necesidad de tomar regularmente alimentos mayoritariamente dulces con el fin de amortiguar los síntomas de hipoglucemia, teniendo en cuenta que además la insulina es una hormona energéticamente anabolizante que promueve el ahorro y disminuye el derroche energético.

Esta historia me recuerda una frase de Zenón que decía: “Recordad que la naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola boca, para enseñarnos que vale más oír que hablar”.

Mª Jesús

 

CarnavalQuímica26

Esta entrada es una participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@  en la XXVI Edición del Carnaval de Química que organiza El cuaderno de Calpurnia Tate.

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