Regulación del apetito

Vitrubio

Nuestro organismo es como una efervescente ciudad cargada de vida y actividad. Miles de células en armonía realizan su trabajo afanosamente para que todas las funciones corporales se lleven a cabo con presteza y efectividad.
El intercambio de información es constante a través de señales eléctricas o mensajeros químicos para que el ritmo no cese nunca, ni cuando ésta, nuestra ciudad, aparentemente duerme.
Todos los días nuestro cuerpo despierta con nuevos retos y posibilidades. Nacen diariamente muchas células, se forman conexiones cerebrales nuevas, se crean, se discuten proyectos y se toman decisiones.
Consideramos que nuestro cuerpo es perfecto pero a veces nos cuesta verlo así. No entendemos por qué de repente nos duele, sin motivo aparente, una pierna; por qué algunos recuerdos desaparecen para siempre de nuestra mente o por qué a veces somos incapaces de controlar nuestro apetito.
Probablemente a veces se habrán hecho alguna de estas preguntas:

  • ¿Por qué acabo de comer y sin embargo sigo teniendo hambre?
  • ¿Por qué cuando me pongo triste o me enfado, vacío la nevera?
  • ¿Por qué si me propongo comer poco, es cuando más como?
  • ¿Por qué cuando me aburro o estoy viendo una película necesito tomar algo?

Todas estas situaciones bajan irremediablemente nuestra autoestima, al considerar que no controlamos nuestros actos voluntarios y son nuestros instintos más básicos los que llevan las riendas de nuestras acciones.
¿Qué les pasa en estos casos a los mecanismos de regulación del apetito de nuestro cuerpo? ¿Funcionan mal por algún motivo o somos nosotros quienes los estropeamos?

Les invito a que lo valoren en primera persona.
Vamos a viajar a una de las zonas cerebrales claves en la regulación del apetito, el Núcleo Arqueado del Hipotálamo, centro integrador de señales procedentes tanto del Sistema Nervioso Central (SNC) como del Sistema Nervioso Periférico (SNP).
Van a ser testigos de una discusión entre varios mensajeros químicos para decidir si se debe activar en este momento, la señal del hambre o la de la saciedad en el hipotálamo cerebral.
Como ustedes probablemente no los conocen, decirles que los mensajeros químicos con su nombre en rojo están a favor de estimular la sensación de hambre y los de color azul a favor de la saciedad.

– Neuropéptido Y: Ante todo dar la bienvenida a nuestros invitados.
Mi nombre es Neuropéptido Y, conocido familiarmente como el “defensor de la desnutrición”.
Soy una molécula que intervengo en procesos fisiológicos cerebrales como la memoria y el aprendizaje, además de formar parte de los mecanismos que regulan el apetito.
Soy partidario del ahorro y debo decir que nuestro potencial energético es bueno, pero, debemos utilizar nuestros recursos cerebrales de forma más efectiva, administrándoles más combustible. Llevamos toda la noche sin suministro energético exterior y necesitamos que el sistema nervioso funcione al 100%, ya que en caso contrario ponemos en riesgo nuestra integridad física y mental.
Desde mi punto de vista y basándome en datos reales considero que debemos aumentar la ingesta de alimentos sobre todo a base de hidratos de carbono, especialmente glucosa.

– Leptina: Soy una proteína muy antigua evolutivamente como lo demuestra mi presencia en animales como aves, peces y ratones.
Nazco en el tejido adiposo y conozco como nadie el estado de nuestros depósitos grasos.
Mis compañeros me llaman de broma “la guardiana de la grasa”.
No sé si son conscientes de la importancia de mi trabajo pero si mí, nadie daría la voz de alarma en el caso de que se agotasen nuestras reservas grasas. Si esto llegase a ocurrir sería incompatible con la vida a menos que estuviéramos conectados a un aparato que nos suministrara nutrientes continuamente.
En la situación en que nos encontramos, los depósitos de grasa desbordan y acabarán invadiendo y entorpeciendo la función de todos los órganos vitales, poniendo en peligro nuestra salud.
¿Por qué tenemos que llenarlos más?

– Hormona concentradora de melanina: ¡Qué más dará que estén los depósitos de grasa llenos, también están los bancos y sin embargo la gente está sin un euro en el bolsillo!
¡Necesitamos ingerir nutrientes! ¡Ya! Son las 12 horas de la mañana. Llevamos 20 horas sin ingerir nada y la actividad física es constante. No podemos consentir la pérdida de más activos a costa de nuestros depósitos grasos.
¡Debemos aumentar la ingesta y disminuir el gasto energético, ya!

– Hormona liberadora de corticotropina (CRH): ¡Nada de eso!
¡No debemos perder tiempo ni energía en el proceso de la digestión!
¿No se dan cuenta que tenemos disparado el nivel de estrés?
Llevamos una temporada con problemas laborales, contando además que nuestra pareja sentimental amenaza con matarnos si lo abandonamos.
Nos encontramos en un estado de máxima alerta y los órganos que tienen que estar preparados para defender nuestra integridad corporal son los músculos y el cerebro. Los primeros para huir rápido en caso de necesidad y el segundo para que piense y procese rápido la información que le llega.
La digestión tiene que pasar a un segundo plano, ya tendremos ocasión, si podemos contarlo, de tomar algo.

– Ghrelina: Sinceramente no sé que tiene que ver una cosa con otra.
Yo como nadie conozco la cantidad y calidad de los alimentos que estamos ingiriendo. Estoy en primera línea en el aparato digestivo y tengo información directa de todo lo que entra en él.
Tienen que ser conscientes de que nuestro organismo nunca tuvo una alimentación equilibrada pero últimamente las excentricidades dietéticas se han disparado y llevamos varias horas en cetosis. Los alimentos que ingerimos son nutricionalmente deficientes y los intervalos entre comidas muy largos.
Intento ahorrar aumentando la ingesta, disminuyendo el gasto energético y el catabolismo de las grasas, pero ya no sé si lo que estoy haciendo, es correcto o no. Mis señales de aviso son ignoradas y cuando pienso que al final mis súplicas son oídas, bajan por el esófago a toda velocidad, cantidades descomunales de comida. Parece que todo lo que hago no vale para nada.

– Endocannabinoides endógenos: ¡Paz y amor, compañeros!
Somos dos moléculas lipídicas, la anandamina y la 2-arquidonilglicerol, que estamos en el hipotálamo y en otras regiones cerebrales como el núcleo estriado, el hipocampo, la corteza cerebral e incluso en el mesencéfalo.
Queremos que sientan armonía con su entorno. Relájense, no deben agobiarse ni preocuparse tanto compañeros.
¿No se dan cuenta que al ir pasando las horas, vamos a hacer que el acto de comer sea extremadamente delicioso, rondando lo orgásmico?
El impulso va a ser irresistible y un torrente de deseo y placer recorrerá nuestro cuerpo, pidiendo más y más comida.
Nos convertiremos en potentes hiperfágicos llenando nuestras células corporales de nutrientes y felicidad. Dejemos de preocuparnos por el futuro, vivamos el momento con intensidad.

– Orexinas: ¡Qué paz y amor ni que leches!
Debemos ser disciplinados e ir alternando las sensaciones de hambre, el balance energético y la temperatura corporal según la hora del día y las necesidades energéticas. El cuerpo necesita orden. No podemos ingerir la misma cantidad de alimentos a las 7 horas de la mañana que a las 10 horas de la noche.
¡Debemos comer ya! y repartir nuestra ingesta diaria en cinco comidas al día, con una cantidad moderada y nada de incursiones a la nevera.
Parece que nuestro aparato digestivo solo tiene dos modos de estar en este cuerpo, o demasiado lleno o demasiado vacío.

– Péptido semejante al glucagón: Desde mi punto de vista solo puedo decir unas cosa ¡Estoy harto!
No tardaremos mucho en comer y se repetirá la misma historia de todos los días.
Empezaremos y no pararemos hasta la noche porque durante toda la tarde se continuará picando dulce.
No sé ni para que me molesto en hablar. Hace tiempo que en este cuerpo soy un don nadie, mis señales de saciedad son traspapeladas, mi intento de frenar el ritmo digestivo fracasan y nadie me escucha. Estoy tan deprimido que intento provocar aversión a la comida pero ya lo veis, sin éxito.
Y al final ¿para qué? Cuando no se pueda más, este nuestro cuerpo se hinchará a tomar pastillas, probará todas las dietas de las revistas y a lo mejor acabaremos en un quirófano para una reducción de estómago, como si eso fuera tan sencillo.

Un tenso silencio invade el ambiente…

¿Qué piensan ustedes?
¿Creen que podríamos ayudarles a nuestros mensajeros químicos de algún modo en su difícil tarea?

Mª Jesús

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