Tóxicos reinsertados (I)

¿Podemos reinsertar sustancias tóxicas, causantes de la muerte de cientos de personas y darles una segunda oportunidad como moléculas “de bien” con efectos terapéuticos para nuestro organismo?

En Tóxicos reinsertados, a modo de miniserie, vamos a hablar en primera persona con estas moléculas que estuvieron durante años en el banquillo, acusadas de producir daños corporales y fallecimientos en un gran porcentaje de la población.

Tras varios años proscritos y sufrir la repulsa y el exilio de la sociedad, vuelven totalmente transformados y con ganas de enmendar su daño. Todos ellos confesarán sus culpas y nos intentarán demostrar y convencer que también saben y pueden hacer el bien.

Comencemos:

“Cornezuelo del centeno”

Me llamo Claviceps purpurea aunque soy más conocido como Cornezuelo del centeno. Si ustedes no lo saben, debo decirles que soy un hongo ascomiceto que parasito un buen número de plantas monocotiledóneas incluyendo trigo, cebada, arroz y centeno.

Cornezuelo3dMe pueden ver a simple vista en los frutos de los cereales cultivados en tierras donde la humedad fomenta mi desarrollo. Intoxico a las personas mezclado en la harina de la molienda, causando epidemias masivas por comer pan contaminado por mí. Generalmente es el hambre la que empuja a mis víctimas a no tener escrúpulos a la hora de llevarme a su boca.

Es fácil verme a simple vista. Parezco un cuerno, un cuerno negro y feo, incrustado en la espiga del cereal con unas medidas de 1-4 cm de largo y 4 mm de ancho.

A pesar de mi tamaño puedo llegar a ser muy letal, intoxicando a personas y animales, causando epidemias masivas. De todas formas, no me limito únicamente a segar vidas como un vulgar veneno, mis intoxicaciones son una verdadera obra de arte.

Causo dos tipos de patologías realmente grandiosas y dignas de un genio como yo: “El ergotismo gangrenoso y el convulsivo”.

Cuando produzco el ergotismo gangrenoso puedo hacer que se desprendan los brazos y las piernas de una persona sin que caiga una sola gota de sangre, obra que incluso hoy en día no tiene parangón en la cirugía moderna. Voy cortando progresivamente la circulación de las extremidades de humanos y animales dejándolas sin riego, dando lugar a grandes extensiones de zonas gangrenadas.

En el ergotismo convulsivo, la persona afectada empieza a presentar cambios de comportamiento, alucinaciones, espasmos y convulsiones. Aunque lo más espectacular es que, varias veces al día, estos enfermos se encartan formando una bola, rodando al tiempo que sus gritos de dolor laceran el aire.

Mis actos vandálicos no se circunscribieron a un área local sino que operé en varios países.

Las epidemias eran masivas y solían coincidir con épocas de hambruna donde la gente era menos selectiva con los alimentos, ingiriendo pan de peor calidad infectado por mí.

Como ejemplo de mi poderío deciros que en el año 945, la mitad de la población de Aquitania, unas 20.000 personas murieron y en el 994 otras 40.000 personas perecieron en otra epidemia de esta misma región francesa.

Tenía a la población atemorizada con el Fuego Sagrado, que así era como llamaban a la enfermedad, debido al ardor semejante a una quemazón que se extendía por las extremidades de las personas afectadas.

Ergotismo3d

Gracias a mi gran contribución se crearon 370 centros sanitarios por la orden de los “Hermanos Hospitalarios de San Antonio”, fundada en 1903, pasando a llamarse la afección Fuego de San Antonio. A la entrada de estos hospitales como si de un escaparate se tratara, se apilaban los miembros desmembrados de mis víctimas. ¡Todo un trofeo para mí!

Mis maniobras de acción no se circunscribieron a épocas antiguas sino que en pleno siglo XX sin ir más lejos, enfermaron 11.319 personas cerca de los Urales y en 1951, 230 personas de la ciudad turística de Pont Saint-Esprit se vieron afectados al consumir alimentos contaminados por mi, en una panadería local.

Les puedo describir centenares de situaciones donde yo fui el protagonista. Una de ellas fue la del monje francés llamado Huges Capet de la catedral de Nôtre Dame. Este religioso albergaba personas enfermas en el recinto sagrado y allí con el paso de los días se curaban “milagrosamente” porque comían pan limpio de mi presencia.

Como se pueden imaginar, mis actos malvados a lo largo de la historia fomentaron el fanatismo y el fervor religioso, dando lugar a verdaderas cazas de brujas a los enfermos con ergotismo, acabando injustamente muchos de ellos quemados en la hoguera.

Los recuerdos de mis fechorías son capaces de herir al más fuerte solo con contarlos, pero paradójicamente el que más me enorgullece no es el más cruel sino el más pícaro. Soy uno de los protagonistas de las Cantigas de Escarnio y Maldecir del rey Alfonso X (siglo XIII) donde el Deán de la catedral curaba a las mujeres afectadas por el fuego de San Antonio a través del “coito”. Creo que el señor Deán malinterpretaba a su gusto el término “fuego”.

Con el paso de los años me fui reinsertando, pasando de mutilar y matar, a favorecer el nacimiento de nuevos seres humanos y curar o aliviar algunos de sus padecimientos.

En mi composición se llegaron a identificar 20 compuestos químicos muy activos debido a su similitud con neurotransmisores corporales.

Entre mis compuestos de naturaleza alcaloide con actividad terapéutica están la ergotamina utilizada en migrañas resistentes a la medicación; la ergometrina que estimula la contracción uterina en el parto, evitando hemorragias posteriores que pueden llegar a ser fatales para la madre; la ergocriptina que inhibe la liberación y producción de prolactina y por último el archiconocido y peligroso estupefaciente LSD (dietilamida del ácido lisérgico) donde sigue latente mi espíritu indómito y salvaje trasportando a las personas que lo ingieren a un viaje alucinante y peligroso sin salir de su salón. (Si es que no se puede ser bueno de todo…)

Mª Jesús

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