Tóxicos reinsertados (V): El curare

En lo más profundo de la selva, donde los peligros acechan por doquier, vuelo como un espíritu etéreo hacia mi presa, impulsado por la fuerza de unos pulmones aborígenes.

Viajo directo hacia mi víctima transportado en el filo de pequeñas y barbadas flechas lanzadas por cazadores de tribus sudamericanas autóctonas.

IndioSoy considerado mágico y peligroso, ya que pueden manipularme e incluso ingerirme pero si entro en contacto con una pequeña cantidad de sangre humana o animal soy capaz de matar.

Tengo muchos nombres, pero los habitantes del Viejo Continente prefieren llamarme Curare.

Mi preparación está rodeada de un halo de magia y misterio en donde mis ingredientes y elaboración son secretos inviolables, protegidos por ritos y tabúes, transmitidos de generación en generación. Me extraen de plantas como la Chondrodendon Tormentosum y el Strychnos Guanensis (liana o arbusto trepador de tallo grueso), aunque otras variedades vegetales incluso frutos y raíces de la cuenca del Amazonas también me contienen.

PlantaLos chamanes de las tribus cuecen hojas de plantas curarizantes con hormigas, venenos de serpientes y otras ponzoñas en una olla y las hierven durante dos días, dejando evaporar después la mezcla. El producto final es una masa viscosa y marrón en la que me encuentro yo altamente concentrado o eso creen, por eso antes de utilizarlo lo someten a un ingenioso control de calidad. Utilizan como conejillo de indias a un sapo del género Dendrobates, altamente venenoso, al que le lanzan una flecha impregnada en esa masa. Si mi concentración en ella, se encuentra en niveles óptimos, el animal muere en menos de 30 segundos. Si tarda más tiempo en morir o no se muere, lógicamente se descarta el preparado y se elabora otro.

Emponzoño flechas, dardos y lanzas que usan los indígenas para cazar pájaros, monos y otras pequeñas presas y que comen después sin ocasionarles ningún problema a su salud. Me llaman “el veneno que mata bajito” porque los animales caen desplomados de los árboles sin hacer ruido.

Las primeras noticias que tuvieron de mí en Europa, fue la muerte de Juan de la Cosa, oceanógrafo de Colón, conocido por ser el autor del primer mapamundi. Lo maté limpia y silenciosamente, ni siquiera pudo gritar, a pesar de estar totalmente consciente y sentir como todos sus músculos se iban paralizando progresivamente hasta que dejó de respirar.

Los testigos de mis acciones describen la muerte que ocasiono como horrible y terrorífica. La víctima percibe en todo momento como su cuerpo hace oídos sordos a las órdenes y deseos cerebrales hasta que es incapaz de respirar. Se paralizan el diafragma y los músculos intercostales, a pesar de que su corazón continúa latiendo.

El cerebro desea, el cerebro ordena, pero los músculos no responden.

Mi estratagema es bloquear las comunicaciones entre nervios y músculos. Voy apagando progresivamente las conexiones nerviosas comenzando por tobillos, orejas, ojos, para pasar después a cuello, brazos y piernas… y finalmente paralizar los músculos respiratorios.

No afecto al corazón, ni al aparato digestivo ni al sistema nervioso, solo inhibo la respuesta de los músculos que se controlan voluntariamente. La muerte sobreviene entre los 2-20 minutos, dependiendo la complexión de la víctima y su peso, matándola por asfixia. Parece magia, pero solo es química.

Los nervios motores transmiten las órdenes cerebrales voluntarias a los músculos para que éstos se contraigan. Podríamos imaginarnos a los nervios como cables eléctricos acabados en simples enchufes que ponen en marcha el aparato muscular, pero no es así, su unión es más mística, se podría decir que hasta sensual.

El nervio en toda su longitud presenta una envoltura de mielina que va perdiendo conforme se acerca al músculo, igual que si fuera desnudándose. Cuando ya se encuentran cerca, muy cerca, podemos ver las tímidas y suaves invaginaciones del nervio entre los pliegues de la membrana muscular, quedando entre ellos un espacio de apenas 20-30 nanómetros llamado hendidura sináptica. Esta distancia que los separa es muy pequeña pero infranqueable para ellos. Cuando la excitación llega a su culmen, el nervio como si de una eyaculación se tratara, expulsa la acetilcolina, un neurotransmisor químico que atraviesa la hendidura sináptica y encaja, como una llave en su cerradura, en los receptores musculares nicotínicos que la esperan ansiosamente. Esta conexión acetilcolina-receptor activa la contracción muscular.

Placa motoraYo, el curare, igual que un amante celoso rompo esa unión mística, fijándome a los Receptores musculares. Como un malvado intruso evito de esa forma que la acetilcolina pueda hacerlo y tenga lugar la contracción muscular. No daño ni al nervio ni al músculo. Una vez que desaparezco de la circulación, todo vuelve a la normalidad sin secuelas.

Mi perverso mecanismo de acción se mantuvo en secreto durante siglos y fue en el siglo XIX cuando se desentrañaron mis arpías artimañas en la unión neuromuscular de la mano del famoso fisiólogo francés Claude Bernard. Fue a partir de ahí cuando se comenzó a valorar mi reinserción, aunque no fue hasta el siglo XX, concretamente en 1940 cuando empezaron a utilizarme en patologías que cursaban con contracciones musculares muy intensas, como el tétanos, la espasticidad muscular o para prevenir lesiones esqueléticas en el tratamiento por electroschock. Eso sí, cualquier maniobra terapéutica en que me utilizaran tenía que ir acompañada de una ventilación externa porque en caso contrario el paciente se muere por mis efectos paralizantes de los músculos respiratorios.

La D-tubocurarina, mi principio activo, tiene la característica especial de que contiene dos estructuras de amonio cuaternario con una separación entre ellas de 1.4 nm, que se anclan perfectamente al Receptor nicotínico de la acetilcolina, bloqueándolo. Mi acción revierte más o menos entre los 60 y 120 minutos.

Conmigo se revolucionó la anestesiología y las operaciones quirúrgicas se hicieron más seguras y cómodas. Antes de utilizarme los riesgos quirúrgicos eran muy grandes ya que se necesitaban dosis muy altas de anestésicos para conseguir una relajación muscular adecuada, lo que ocasionaba alteraciones hemodinámicas e incluso depresión respiratoria. El primer catedrático de Anestesiología de Europa, Robert Macintosh, me consideró el avance más espectacular de la especialidad, decía que “El curare convirtió la intubación endotraqueal en un juego de niños”.

Así es que tomándome a mi como referencia, se sintetizaron moléculas mucho más potentes, seguras y con menos efectos secundarios. Esto no quita que dejara atrás mi instinto asesino.

Soy un arma relativamente fácil de elaborar y sencilla de manipular para fines homicidas, concretamente en 1917 el Servicio Secreto inglés abortó un atentado contra el primer ministro David Lloyd George en el que iban a lanzarle dardos impregnados por mi.

Mi espíritu salvaje sigue vivo en mi, de hecho algunas tribus amazónicas me siguen utilizando para cazar e incluso me ingieren para patologías leves. Continúo siendo para ellos, a pesar del implacable paso del tiempo, “el veneno que mata bajito”, símbolo de magia y poder. Así es que, tras innumerables aventuras en el Viejo Mundo y aunque haya saltado de la Selva al laboratorio, nunca abandoné aquella.

Mª Jesús