Tóxicos reinsertados (VI): Veneno de salchicha

Todos están sentados a la mesa dispuestos a disfrutar de unos suculentos manjares, sin saber que yo, un asesino sin escrúpulos está justo delante de ellos, enmascarado entre las exquisitas viandas. Espero con ansiedad el momento de introducirme en sus estómagos llenos de gula, para desactivar para siempre sus conexiones motoras y convertirlos en flácidas marionetas.

Llevo siglos haciéndolo y aunque el hombre cuente con algún arma defensiva contra mí, sigo siendo poderoso y letal, matando impunemente a todo aquel que se cruce en mi camino.

Soy el Clostridium botulinum, y a pesar de ser una simple bacteria, produzco el veneno soluble más poderoso y mortal que existe, la “toxina botulínica”.

Toxina

Mi aspecto no dice nada bueno de mí. Tengo forma de bastón o como me gusta más, de garrote.

Bacteria

Estoy siempre alerta y mis necesidades son mínimas, de hecho no necesito nutrientes especiales para desarrollarme y los ambientes con oxígeno me repugnan.

Si las cosas se ponen feas para mí, a consecuencia de la falta de humedad, temperaturas extremas o la presencia de algunos compuestos químicos hostiles, me paso enseguida a mi estado vegetativo en forma de esporas. Las esporas contienen mi DNA, los ribosomas y las enzimas necesarias para cuando se den las condiciones adecuadas en mi entorno, volverme operativo otra vez.

Gracias a las esporas mi campo de acción es muy extenso. Puedo viajar largas distancias, llevado por el viento o el agua y situarme justo ahí delante tuya. Cualquier alimento que ahora mismo te lleves a la boca puede estar contaminado por mí. Siento predilección por los ambientes sin oxígeno y un pH por encima de 4,5 aunque tengo que reconocer que mi pH ideal es de 9.

Si quieres dar conmigo, lo tienes muy fácil porque no me escondo. Puedes encontrarme sin dificultad en patatas, ajos, zanahorias, espárragos, judías, champiñones, cerezas, albaricoques, cebollas, nabos, aceitunas, apio, maíz, miel, carnes o pescados crudos conservados mediante procesos de salado o ahumado deficientes, etc.

Tanto en forma de esporas, como con mis toxinas ya formadas, puedo entrar por muchas vías en tu organismo, bien sea con los alimentos que ingieres, por inhalación e incluso a través de una herida abierta.

Si accedo por vía digestiva, mi presencia pasa inadvertida para ti porque no altero el color, el olor ni el sabor de los alimentos que te llevas a la boca, pero entre las 12 a 36 horas de haberme consumido (aunque puedo tardar una semana), empieza la fiesta, la mía y la tuya.

Nuestra primera toma de contacto te genera una sensación de ebriedad. Tus imágenes visuales se tornan borrosas y los párpados se te cierran como si fueras el protagonista de una pesadilla en la que quieres abrir los ojos para ver lo que sucede a tu alrededor y no eres capaz. No paras de vomitar y poco a poco te das cuenta de que la pesadilla es real. Sientes con horror como tus músculos dejan de responder a tus órdenes cerebrales y presientes aterrado que en cuestión de minutos esa onda paralizante que te invade, llegará al diafragma y serás hombre muerto. Mi maestría es tal que no altero lo más mínimo tu tensión arterial, ni tu ritmo cardíaco e incluso no tienes fiebre.

Olas

Mi lugar de acción es la unión neuromuscular, donde rompo sin piedad una proteína, la sinaptobrevina, necesaria para liberar el neurotransmisor acetilcolina de la vesícula sináptica, impidiendo de esta forma la conexión nervio-músculo.

Neurotransmisor

El bloqueo es permanente. Mi toxina paraliza simétrica y progresivamente de arriba a abajo todos los músculos de tu cuerpo, sin afectar la sensibilidad de los mismos, dejando tu organismo flácido y sin fuerza. Se te puede posar un mosquito en tu cara y picarte veinte veces que no eres capaz de levantar el brazo y espantarlo.

Toxina

Sólo es posible sobrevivir si se toman las medidas terapéuticas adecuadas. El tiempo para conseguir una recuperación completa es largo, necesitándose de 2-3 semanas hasta 9 meses, para que se regenere el nervio motor y se forme una nueva placa neural.

Si eres capaz de sobrevivir a mi envite, te esperan de 3 a 4 meses conectado día y noche a un ventilador de respiración asistida. Ten paciencia, te costará mucho recuperarte y probablemente nunca lo harás del todo, quedándote para siempre alguna secuela con mi firma. El pronóstico será peor cuanto más precozmente sientas mis efectos.

Lo único que frena mi avance mortífero es la antitoxina, un arma farmacológica humana que inhabilita mi toxina si la encuentra libre en el torrente sanguíneo pero si ya alcanzó la placa motora, la antitoxina no puede hacer nada. La suerte en ese caso está echada y por supuesto a mi favor.

Me encanta ensañarme especialmente con los más débiles, sobre todo con los bebés. Mis esporas llegan a su boca con la miel o con algún producto agrícola crudo. Los adultos sanos a pesar de que ingieren habitualmente mis esporas, cuentan con una barrera de defensa que impide mi colonización, su microbiota intestinal. Estos gérmenes plebeyos impiden mi asentamiento y abortan mi invasión, pero la débil tropa bacteriana del intestino de los lactantes (niños menores de 1 año) me permiten instalarme a mis anchas en su aparato digestivo, concretamente en el ciego, donde mis esporas comienzan a segregar toxinas. Una vez formadas, estas eficientes y mortíferas toxinas viajan marcha atrás en el tubo digestivo hasta llegar a la válvula ileocecal, normalmente cerrada en ese sentido para evitar reflujo. Las toxinas como expertos delincuentes paralizan la válvula y se absorben en el íleon, incorporándose fácilmente a la circulación sanguínea.

Flacidez

Soy muy peligroso. Unas medidas preventivas adecuadas como la higiene y extremar la precaución en la elaboración de los envasados caseros pueden mantenerme a raya, a no ser que me utilicen como arma biológica.

Un gramo de toxina botulínica dispersada en forma de aerosol podría matar por inhalación a más de 1 millón de personas. Mi LD50 es de tan solo 2,8 x 10-8 g. Si no lo sabes, te diré que la LD50 es la dosis necesaria para matar, inyectando debajo de la piel, al 50% de los sujetos. Este valor se obtiene extrapolando datos de monos y ratones a humanos.

Una vez que se detecta mi presencia, levanto todas las alarmas. Soy una emergencia de Salud Pública aunque tengo la desventaja de que mi toxina es muy frágil. Las manipulaciones pueden romper las dos cadenas polipeptídicas (una pesada H y otra ligera L) unidas por un puente disulfuro.

Arma

Admito ser el responsable de muchas muertes a lo largo de la historia. Todas hechas desde el anonimato, pero fue a principios del siglo XIX cuando empezaron a seguirme la pista más de cerca, concretamente de la mano de Justinus Kerner. Este médico fue capaz de relacionar el cuadro clínico de las personas intoxicadas por mi, con el consumo de salchichas contaminadas. Fue a partir de ahí cuando me empezaron a llamar “veneno de salchicha” o veneno de grasa” (mi nombre botulinum viene de botulus, palabra del latín que significa salchicha o embutido).

Kerner

Kerner nunca llegó a identificarme, aunque fue un osado al arriesgarse al aplicar unas gotas de salchichas contaminadas en su propia boca. Esta práctica muy al uso de los médicos de la época bien pudo haberle costado la vida, ya que el contacto conmigo no respeta sexo, edad, ni condición.

Este avispado médico fue un adelantado a su tiempo. Barajó la posibilidad de utilizarme como tratamiento en casos de sobreactivación muscular e incluso en hiperhidrosis (excesiva sudoración), pero la tecnología que existía en esa época no se prestaba para semejante posibilidad.

Mi verdadera presentación en sociedad fue a finales del siglo XIX cuando el microbiólogo Emile Pierre Van Emergen me identifica como la bacteria causante del botulismo, descubriéndome en alimentos contaminados durante una epidemia que produje en la ciudad de Ellezelles en Bélgica.

Emile

Una vez que se descubrió mi poderío, cualquier persona con un mínimo de conocimientos fisiológicos se daba cuenta de que debidamente encauzado podía ser muy útil en medicina.

Aún así, tuvo que pasar casi un siglo para que pudiera debutar por fin como una gran promesa de la medicina de la mano de Alan Scott, doctor del Instituto de Investigación Ocular Smith-Kettlewell de San Francisco, que me utilizó para tratar el estrabismo en 1980. Poco a poco y gracias a mis buenos resultados clínicos, se fueron ampliando mis indicaciones terapéuticas utilizando siempre mi toxina diluida a concentraciones muy bajas.

Vial

Mi acción bloqueante de músculos hiperactivos hacen de mi un arma estupenda para el tratamiento de distintas patologías como estrabismo, espasmo hemifacial, blefarospamo (contracciones de los músculos oculares), hiperlagrimación, hiperhidrosis (exceso de sudoración), distonía cervical (tortícolis), ptosis palpebral (caída del párpado), retracción palpebral, migrañas y en distintas especialidades médicas incluida la cirugía plástica. Es en esta última disciplina médica donde soy muy popular gracias a la reducción de las líneas de expresión en el rostro asociadas al paso de los años.

Faz

Cada día la lista de mis indicaciones terapéuticas va en aumento alimentada por nuevos ensayos clínicos, pero les puedo decir que con mucha probabilidad lo mejor para ustedes los humanos, si son listos, está por venir. Pertenezco a una gran y vetusta saga de bacterias, concretamente al género Clostridios que producen una gran variedad de toxinas, una mina para futuros investigadores.

¿Quién sabe si en un futuro más o menos próximo se pueden reinsertar para tratar enfermedades como me pasó a mi?

De todas formas les recomiendo que no bajen la guardia. ¿Quién les dice a ustedes que en un mañana no muy lejano, sufra en mi DNA una mutación genética que convierta mi toxina en una versión mejorada, mucho más estable a la manipulación, capaz de atravesar su piel intacta y de llegar a su cerebro sin dificultad? En ese caso, téngalo por seguro, será su… FIN!

Mª Jesús

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