Estómago engaña a cerebro

La obesidad es un problema de salud pública a nivel mundial. La búsqueda de una solución satisfactoria que ponga freno a su aumento exponencial, ha sido hasta ahora un camino infructuoso.

Somos metabólicamente ahorradores y lo demostramos ya en el momento de nacer. El bebé humano ocupa el nº 1 del ránking de reservas grasas, seguido muy de cerca por la cría de foca.

El establecimiento de sistemas complejos de señales químicas intra y extracelulares a lo largo de nuestra historia evolutiva permitieron el aprovechamiento y la utilización de nutrientes de forma ágil y eficiente. Todos los procesos digestivos, absortivos y metabólicos están bajo control milimétrico para que el combustible que ingerimos se aproveche de manera óptima y eficaz.

El problema surge cuando hay un desequilibrio entre la ingesta y el gasto, a favor de la primera. Este exceso energético se acumula en forma de grasa que invade e infiltra tejidos, minando poco a poco, el normal funcionamiento de los distinto órganos de nuestra economía.

Quizás la evolución, tras varias generaciones, sea capaz de potenciar las señales de saciedad con el fin de limitar la ingesta, de forma proporcional al incremento de los depósitos grasos. Pero este futuro está todavía muy lejano, a no ser que… Utilicemos algún pícaro ardid, digno del pequeño Lazarillo de Tormes: Sigue leyendo

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