Dieta y medicamentos

“Que tu alimento sea tu medicina y que tu medicina sea tu alimento” nos lo aconsejaba Hipócrates de Cos, el padre de la medicina en el siglo V antes de nuestra era.
Todos los alimentos que ingerimos no existen en la naturaleza para nuestro consumo y deleite exclusivamente, sino que tienen otras funciones. Nosotros los utilizamos por sus valiosas propiedades nutritivas y gustativas, pero dentro de cada alimento que comemos existen más de 200 sustancias diferentes, llamadas aditivos naturales, que a pesar de no ser nutrientes los ingerimos igualmente. Con esta variedad de sustancias alimenticias es muy fácil que alguna de ellas interactúe con algún fármaco. En la vida diaria no llegamos a sospechar nada de esto porque ante cualquier reacción rara que notemos al tomar el medicamento lo desechamos, aún habiéndolo tomado mucho tiempo y considerándolo seguro, sin pararnos a pensar que es inocente y que los realmente culpables somos nosotros por nuestra torpeza y falta de información.
Cuando tomamos algún fármaco, éste sigue una ruta común al resto de los alimentos que ingerimos: el viaje empieza en la boca, sigue por el esófago, a continuación va al estómago y finalmente llega al intestino delgado, donde es absorbido y llevado al torrente sanguíneo para comenzar, por decirlo de alguna manera, su verdadera aventura. Algunos fármacos van directos a hacer su trabajo contactando con los receptores correspondientes, pero otros necesitan pasar por el hígado para activarse antes de realizar su función. Los restos del fármaco se eliminan por riñón o por heces, al igual que pasa con el filete con patatas que comimos al mediodía. En este peregrinaje del medicamento por nuestro cuerpo, un alimento puede interceptarlo entorpeciendo alguno de sus pasos: absorción, distribución, metabolización o excreción; o por el contrario, puede ser el fármaco el que impida la trayectoria normal del alimento y produzca algún déficit nutricional.
Siempre que nuestro médico nos prescriba algún medicamento tiene que quedarnos claro la dosis, el tiempo de duración del tratamiento, cómo debemos tomarlo, si tiene que ir con el estómago vacío o con las comidas y si se puede tomar alcohol o bebidas con cafeína. Con el alcohol generalmente solemos ser muy precavidos porque ya por tradición sabemos que el binomio alcohol-medicamento nos puede dar problemas, pero con el café o con un refresco con cafeína no nos lo planteamos así, salvo en el caso de que se tomen medicamentos ansiolíticos que por lógica deducimos que no podemos combinar ya que relajamos por un lado y excitamos por otro. Nuestra farmacopea contiene otros fármacos que no son ansiolíticos y que sí pueden interferir con la cafeína, como es el caso de la teofilina. La teofilina es un medicamento indicado para casos de bronquitis o asma, cuya función es la de dilatar los bronquios para favorecer la eliminación de secreciones y así conseguir ventilar mejor. Ya de por sí es un medicamento que suele producir nerviosismo, irritabilidad e incluso palpitaciones que se agravan con la ingesta concomitante de bebidas con cafeína. Paradójicamente, a parte de la cafeína, una comida de churrasco asado con carbón puede hacer también que disminuyan los niveles sanguíneos del medicamento, haciéndolo menos efectivo. Llama la atención que la forma de cocinar interfiera con los fármacos y un caso muy representativo son los alimentos salados o sosos con el litio. El litio es un mineral que forma parte habitualmente de nuestro organismo y que se utiliza en medicina como un estabilizador del ánimo en el caso de personas con psicosis maniaco-depresiva o síndrome bipolar. Su estrecho margen terapéutico puede causar serios trastornos y las diferencias mínimas en su concentración sanguínea puede acortar el intervalo entre dosis tóxica y dosis efectiva. Las dietas bajas en sal intensifican la actividad del litio y los alimentos salados la disminuyen, produciendo efectos secundarios como desorientación, cansancio y dificultad para hablar y caminar que llevan a la necesidad de ajustar la dosis del medicamento. Y a parte de la preparación culinaria, la composición de los ingredientes utilizados también puede interferir con las concentraciones sanguíneas de los fármacos. Es el caso de las comidas ricas en grasa y la griseofulvina, la cual se utiliza para el tratamiento de las enfermedades producidas por hongos. La grasa favorece la absorción del medicamento, alcanzándose concentraciones superiores a las previstas. Otra interferencia muy habitual es la ingesta de altas dosis de proteínas con levodopa (un medicamento para el Parkinson) y metildopa (un antihipertensivo).
No pensemos que los consumidores de una dieta mayoritariamente vegetariana se libran de estos problemas, ya que por un lado la cantidad considerable de fibra que nos aportan los vegetales puede obstaculizar la absorción de medicamentos, formando una red que los atrapa y los arrastra por heces; y, por otro lado, un exceso de alimentos ricos en vitamina K – necesaria para que coagule la sangre y cuya inhibición hace que la tengamos más fluida– como las verduras de hoja verde, espinacas, grelos, coles, etc., interfieren con los anticoagulantes. Los anticoagulantes también tienen aliados en los alimentos como es el caso de la cebolla, que potencia su acción. Una empanada con mucha cebolla y un relleno de pescado como el atún es un aperitivo ideal para los anticoagulados, aunque, claro está, sin pasarse.
Los alimentos de nuestra comida diaria también pueden modificar el ritmo de la maquinaria metabólica hepática como es el caso de la soja o del pomelo.
La soja y el pomelo produce una disminución del metabolismo de algunos fármacos como los antiinflamatorios, ansiolíticos, anticoagulantes e incluso la cafeína, potenciando su acción y llegando en algunos casos a producir toxicidad. Por eso se debe evitar tomar en el desayuno zumo de pomelo con cualquier tipo de pastilla.
Un caso muy habitual y peligroso es el consumo de ansiolíticos del grupo de los IMAO (se llaman así porque inhiben la enzima monoaminooxidasa) con una amplia variedad de alimentos que tienen en común un alto contenido en tiramina, como es el caso del vino tinto, los embutidos, el caviar, queso curado, aguacate,… La interacción entre ambos produce aumentos bruscos de tensión arterial que pueden producir cuadros graves como infartos, hemorragias cerebrales o alteraciones del ritmo cardíaco. Las personas afectadas notan a las 2 horas de ingerir dicho alimento, fuertes dolores de cabeza. De todas formas en estos casos el médico siempre avisa al paciente y le insiste que alimentos tomar y cuales no.
En otros casos son los medicamentos los que llevan la voz cantante y pueden comprometer nuestro estado nutricional porque bloquean la absorción de vitaminas, minerales y principios inmediatos, como es el caso de la toma habitual de antiácidos, laxantes y resinas. Los antiácidos a base de aluminio interfieren con la absorción de calcio y vitamina A, pudiendo llegar a producir problemas oculares y óseos. La toma diaria de laxantes produce malabsorción de vitamina D, calcio y otros minerales, llegando a comprometer en alguna ocasión nuestra salud ósea (al igual que las resinas que se utilizan para el tratamiento del exceso de triglicéridos) y afectando negativamente a la absorción de grasas y vitaminas como la A, D y E.
Viéndolo así se nos quitan las ganas de tomar medicamentos, pero no debemos preocuparnos, ya que las interacciones alimentos-medicamentos, aún siendo significativas, no tienen mucha trascendencia, salvo en el caso de algunas poblaciones de riesgo como es el caso de niños, embarazadas, enfermos crónicos y ancianos. Tampoco debemos caer en el error de que la medicina supuestamente natural se libra de estas interacciones. En un fármaco se encuentra aislada la molécula activa responsable de su función y en el caso de una planta existen multitud de sustancias que aún a dosis muy pequeñas pueden producir interferencias con nutrientes y medicamentos, como es el caso del hipérico (hierba de San Juan) y el espino blanco. La hierba de San Juan se usa en estados depresivos o de decaimiento, y su ingestión, por un lado, reduce los niveles en sangre de anticonceptivos orales, antivirales, antiepilépticos, anticoagulantes y cardiotónicos; y, por el otro, también potencia la acción de medicamentos ansiolíticos y antimigrañosos. El espino blanco, por su parte, aumenta el efecto de algunos tratamientos del corazón como los glucósidos cardíacos, lo que resulta muy peligroso porque las personas a tratamiento con estos fármacos son enfermos en los que una descompensación en su pauta terapéutica puede producir consecuencias graves.
No hay alimentos, hierbas o medicamentos que estén libres de interaccionar entre sí, incluso las golosinas pueden hacerlo, como es el caso de la regaliz. Un componente de la regaliz llamado glicirrina produce retención de sodio y agua, pudiendo producir alteraciones de potasio y elevación de la tensión arterial y potenciando así la acción de corticoides o antiinflamatorios. Para nuestra tranquilidad, la regaliz que tomamos como chuchería tiene un porcentaje muy pequeño del zumo de la regaliz original.
Por tanto, ingerir una alimentación equilibrada, estar bien informados y tener una monitorización correcta del fármaco previene los efectos indeseables que nos puedan surgir, aunque seguramente no tardará en llegar el día en que moléculas terapéuticas de diseño vayan al foco de la enfermedad sin alterar ni interferir las rutas metabólicas seguidas por los alimentos o viceversa.

Mª Jesús

Esta entrada es la participación de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ en la XI Edición del Carnaval de Biología que organiza Ciencia y alguna otra cosa

Esta entrada de Vendo mi cuerpo por ser delgad@ también participa en la XIII Edición del Carnaval de la Química que organiza Curiosidades de un químico soñador

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2 pensamientos en “Dieta y medicamentos

  1. buenos dias acabo de enterarme de tu pagina y la verdad es que me parece estupendo no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote quincenalmente.

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